ANÁLISIS

Un 8 de marzo donde preocupan los posibles retrocesos en derechos de las mujeres y con una mirada especial sobre Gaza

Día de reivindicaciones en la calle que van en muchas direcciones, desde la visión social que defiende la corresponsabilidad y que los cuidados no recaigan siempre sobre los mismos hombros, hasta la solidaridad con mujeres de muchos lugares que sufren violencias variadas de manera permanente
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Llegamos a un nuevo día internacional de la mujer. Aunque este tiene un paisaje un tanto diferente. El año pasado, tras las elecciones municipales y autonómicas, se configuraron gobiernos en los que no se reconoce que sigue habiendo desigualdades que afectan a mujeres, aunque no sólo.

Al llegar a una fecha como esta, nos encontramos con instituciones que prefieren no hacer ninguna declaración oficial por el 8 de marzo, o que reducen al mínimo los reconocimientos, cuando no directamente se ponen a escudriñar el callejero y proponen retirar nombres de calles que son de mujeres.

Cuando a una calle se le otorga el nombre de una persona, la intención que se hace patente es la de ensalzar a alguien. Lo habitual es ver muchos nombres de hombres, pero en algunos lugares se ha pretendido alterar un poco ese paisaje y tender a equilibrar la balanza. Pero estamos en ese momento donde puede caber un retroceso en cualquier momento. Hay mujeres que también lo están advirtiendo. La experiencia les alumbra el camino. Los avances no tienen la garantía de ser perennes.

Incluso cabe pensar que, aunque en el marco legislativo se han venido aprobando normas que quieren blindar mejor los derechos de las mujeres, nos seguimos encontrando, insistentemente, con comportamientos violentos hacia ellas. Y en numerosas ocasiones, contra menores de edad.

Pese a eso, nos seguimos encontrando el argumento de que un hombre no puede ser machista si tiene madre, esposa, hermanas o hijas. Especialistas en estos asuntos no dudan en señalar que la violencia sexual es mucho más frecuente dentro del ámbito familiar. Es más fácil escoger a alguien que está cerca. También es más fácil extorsionar en esos casos. Imponer el silencio.

Quizá sea un 8 de marzo donde se apunte un poco más de lo normal al ámbito internacional. Se buscan muchas cosas que suceden en nuestra sociedad como actitudes que son machistas, aunque lleven sucediendo toda la vida. Pero muchas miradas apuntan cada día, en los últimos cinco meses, hacia Gaza.

Se ha convertido en muy habitual, tanto que se está normalizando, ver imágenes de mujeres que tratan desesperadamente de proteger a sus hijos. Y también conseguirles alimentos.

La masacre diaria y el estrangulamiento de una región tan densamente poblada es algo que afecta a todos los que viven allí, pero las mujeres vuelven a ese papel de tener que proteger a los más débiles. En muchos casos, tienen que ejercerlo en exclusiva. Los cuidados, pero en un sitio que se está convirtiendo en inhabitable. Y sin saber en qué zona se estará más seguras.

De nuevo, se repite una constante ya muy vieja, y es el no tener en cuenta a las mujeres y las situaciones a las que se enfrentan. Invisibilizar sus especificidades, sus vulnerabilidades o las violencias que sufren.

En este caso, podemos recordar ese documental de Ana Alba y Beatriz Lecumberri titulado ‘Condenadas en Gaza’ y en el que se plasma lo que supone para una mujer gazatí ser diagnosticada de cáncer. El tratamiento tienen que recibirlo en Israel, pero cruzar la frontera se convierte en una lotería. Eso en un clima de tensión latente. Imaginemos cómo debe ser esa situación de octubre para acá. Unos meses en que se escucha o se lee a menudo que es mejor la muerte que soportar las condiciones en que están sufriendo las personas que viven allí y no pueden salir.

Pueden venir a la mente muchas situaciones más. Las mujeres afganas, por ejemplo, víctimas de un retroceso que las ha llevado desde una época oscura a otra medieval de nuevo. O mujeres que viven en clara desigualdad y en contextos de conflictos alargados en el tiempo como las sirias y las yemeníes.

En Irán se ha tratado de avanzar socialmente mediante las protestas iniciadas a raíz del asesinato de Mahsa Amini, pero el tiempo va pasando y la represión no ha parado. Quizás se haga de una forma más velada, pero ese Estado sigue siendo peligroso y violento para las mujeres, un riesgo vital porque exige obediencia a unas costumbres muy alejadas de los conceptos de libertad y de igualdad.

Sin embargo, cuando un gobierno occidental se refiere a sus relaciones con un país de esas latitudes, es casi de ciencia ficción que se incluya en la valoración la situación que viven las mujeres. Mejor pensar y hablar de acuerdos comerciales, pero no tanto de derechos humanos.

De hecho, el cordón sanitario que Europa ha querido aplicar a Vladimir Putin no tenía en cuenta una cuestión de derechos humanos, ni la igualdad de mujeres o del colectivo LGTBI. En ese aspecto no tienen mucho que decir, ni se apela a la Agenda 2030, que también habla de estas cosas.

Si nos fijamos en África, las problemáticas también son múltiples. Desde zonas que también están en conflicto hasta las costumbres que son de obligado cumplimiento, como la ablación o los casamientos de mujeres que todavía son niñas. O también las mujeres que se suben a un cayuco, con o sin hijos, para tratar de huir de muchas cosas que no les permiten desarrollar una vida digna. Y a esto hay que añadir a las mujeres que son traídas de otros países para ejercer aquí la prostitución.

Activismo y cansancio

Al final, hay mujeres que se encuentran cansadas. Cansadas de siempre lo mismo. Por tener que esforzarse más para obtener lo mismo, o menos. Tal como está evolucionando el precio de la vivienda, cabe preguntarse cómo lo hace una redera, o una enfermera, una camarera, una limpiadora, una asistenta o una mujer que tiene que cuidar de personas dependientes, con la responsabilidad que eso conlleva. Todos esos son sectores precarizados y feminizados. A veces, hasta sin contrato se trabaja, para que el empresario pueda ahorrar un poco más. Si luego fallas pagando la letra o el alquiler, habrá especialistas buscando las vueltas para intentar echarte.

Hay mujeres cansadas de que su discurso sea examinado con lupa, buscando el más mínimo error para hacer caer toda una argumentación. En cuanto que se pretende cambiar algo, surge reacción para desacreditar. Falta de experiencia, escasa preparación, datos incorrectos, sectarismo o directamente un «no sabe lo que dice», un «está loca» o un «qué exagerada eres, mujer».

Las hay que también se han cansado de soportar violencia y que ese hecho se minimice. O que se ponga en cuestión su versión de los hechos, mientras no se hace lo mismo con la otra parte. Las leyes y la justicia van con cierto retraso, pero lo peor es quien se siente con el derecho o la impunidad como para cometer delitos como el maltrato físico, el psicológico o una violación. Ahora se denomina agresión sexual, como tratando de edulcorar algo que puede marcar a una persona de por vida.

Hay mujeres cansadas de que el uso del lenguaje se vuelva a menudo contra ellas. Porque se intenta incluir con la forma de hablar y eso también acaba siendo criticado sin el menor recato. Valorar el que una persona tenga capacidad de expresarse de diferentes formas. Debería ser considerado una ventaja, no un defecto.

Mujeres que ya se han cansado de que los roles asignados sean invariables con el paso del tiempo. Él ingeniero, abogado o médico. Ella ama de casa, canguro o enfermera. Él arregla el grifo, ella plancha la ropa. Él lleva el dinero, ella lo gestiona haciendo la compra. Él gana una votación y ella permanece a la sombra apoyándolo.

También hay mujeres que llevan mucho tiempo escuchando el discurso adecuado, pero que luego no se corresponde con las políticas que se practican. Y lo que pretenden es pasar de pantalla, porque creen que ya es hora. Porque se hace tarde y también tienen derecho a vivir un poco para ellas mismas, sin la presión del escrutinio por si son todo lo buenas que podían, por si se les pasa el arroz o si se dedican a gastar un poco de tiempo en contar lo que les pasa y reclamar una vida mejor.

En Cantabria hemos tenido la polémica de la Gala de la Mujer de ayer, porque el grupo invitado para cantar estaba compuesto sólo por hombres. Nada que objetar al grupo en cuestión, que no tiene la culpa. En alguna mente estaba bien hacer las cosas así. Afortunadamente, se incluyó también la actuación de SaludArte, formado por profesionales de Valdecilla, y así dar el toque de mujeres que tienen cosas que decir. No era tan difícil darles la voz a ellas en un evento como ese.

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