Ni castigo ni estrategia
Y el lenguaje y los debates son importantes, como demuestra el éxito de la campañita de años que ha buscado criminalizarlos. A fuerza de insistir (y sí, de gastar dinero en colocar esos mensajes por tierra, mar y aire), la extrema derecha globalista, la internacional organizada del odio, ha impuesto su agenda desinformada más allá de sus propias filas. Es un fracaso que secunden esos debates quienes no los impulsaron.
Porque no, un centro de jóvenes migrantes no es un castigo. Es muy posible que en el juego partidista sí se viera así el destinar estos espacios en un municipio u otro (en la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso ya anticipó la estrategia de elegir ayuntamientos gobernados por el PSOE en lugar de las múltiples urbanizacionlandias en las que se mueven). Pero, para empezar, eso es incoherente no sólo con el propio discurso público de que no hay problema alguno, sino incluso con el teórico rechazo a las imposiciones de otras administraciones.
En cualquier caso, lo peor de que te tiendan una trampa es que caigas en ella y facilites con tu reacción el discurso que se quería colocar. Es humano, en el peor de sus significados, pretender satisfacer a quienes se les prendió la alarma tras años de ataques mediáticos y en redes, algunos deseando odiar, otros simplemente víctimas indefensos, pese a que los mensajes no coincidan con lo que vivimos en el mundo real.
Era el tiempo colectivo de pensar un minuto y cuidar las palabras y los debates. De hacer política, sí, y de pensar en medidas educativas y sociales para canalizar esa llegada, para potenciar todo lo que tendrá de positivo.
Desde el reduccionista MENA (personas convertidas en siglas, se estudia en primero de Deshumanización) hasta, en la semana de las regularizaciones que supondrán un incremento de la recaudación por cotizaciones y de la actividad económica por la mejora del consumo, el ilegal (sic) para definir una situación administrativa (no nos imaginamos llamar ilegal a alguien con el DNI caducado ni empresario ilegal a un defraudador de impuestos o deudor del IVA).
La retórica que convierte a jóvenes en objetos de polémica —a la que contribuyen los recursos judiciales contra los traslados, que realmente buscan traducir cada llegada en ingresos económicos, una forma de negociar— es peligrosísima. A estas alturas, deberíamos saberlo ya por experiencia acumulada, sobre todo entre quienes pretenden liderar (salvo que, a estas alturas de frivolidad, la realidad dé igual ya y todo sea estrategia, sin importar las consecuencias).
Y lo es porque, como explicamos en nuestros talleres de formación en colegios e institutos sobre discurso de odio, como aprendimos de maestros como Ramón Lobo, como saben las ONG que trabajan en el terreno, aquí y allí, y como documentan corresponsales de guerra o cooperantes, el odio es un camino que empieza con un señalamiento constante, que crece apoyado en los tópicos, las mentiras y las manipulaciones, que se encarama sobre los insultos y las palabras, y que finalmente acaba alzándose victorioso al llegar a la meta: la violencia física y, sí, la muerte y la guerra.
Que hay muchos tipos de guerra: las obvias, en países lejanos, y las soterradas en nuestros pueblos y ciudades, la mayoría de las veces fomentadas por quienes, como siempre, no correrán riesgo en el frente. Porque cuando empiezas el camino del odio, aunque sea con una palabra, con la creación frívola de un problema que no teníamos, no es tan raro que te despiertes aplaudiendo una agresión física desde las instituciones a una persona extranjera sin delitos delante de sus hijos. En eso estamos ahora: no en decidir no dar el paso, sino en ver hasta dónde seremos capaces de permitir que se llegue.
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