Va por ti, Carlos: La Magdalena, lugar de memoria
Para muchos, Carlos Hernández era una presencia familiar que nos informaba en televisión de las guerras de Irak, Afganistán… Su estilo propio llegaba y le distinguía otros. Para esos años, nunca hubiéramos pensado que podía ser todavía más cercano y su trabajo todavía más digno.
Tantos años contando la dignidad de las víctimas en las guerras de todo el mundo, la historia de los perdedores, le hicieron mirar, en una de sus reconversiones profesionales, a las heridas más recientes de nuestra historia, los silencios instalados en los aparadores de nuestros salones.
Empezó con los campos de exterminio nazi, y ahí comenzó a asomar una verdad incómoda que muy difícilmente vivía con el consenso general de que lo de Hitler fue una salvajada y era el lado, no incorrecto, sino inmoral de la historia: en nuestra esquina del mundo, años de blanqueo hicieron que las élites políticas y económicas que ganaron la guerra, la dictadura y la transición se autohipnotizaran para olvidar que fue ahí, en el Eje, en el nazismo, donde les empezó todo. Ese trabajo ya le llevó a Cantabria, donde en Laredo late la memoria de Lázaro y Ramiro, supervivientes de la fábrica del odio, la industria de la muerte que fue el campo de exterminio de Mauthausen. La voz de Carlos sonaba en el documental que les recordaba.
Pasó el tiempo y llegaron nuevas preguntas, algunas interiorizadas por él mismo: un experto investigador en campos de concentración nazis, que había documentado víctimas españolas, podía también recopilar los campos de concentración que tuvimos aquí, que levantó el franquismo para las mismas víctimas. Republicanos en campos españoles, y republicanos a los que los nacionales mandaron a los campos nazis: no era una verdad cómoda, sigue sin serlo, para quienes aplauden las películas americanas con una mano y critican las españolas con otra. Era más difícil hacerlo antes que ahora, que entre todos hemos abierto las compuertas del olvido.
Cantabria fue la comunidad con más campos de concentración en proporción a su tamaño
Si a Alberto Santamaría le debemos el rescate de la realidad del campo de concentración de La Magdalena (pese a los negacionistas, de fuentes literales franquistas), a Carlos le debemos, en su amplia recopilación, su geografía del silencio, el darnos la auténtica dimensión de lo que teníamos bajo nuestros pies o antes nuestros ojos: Cantabria fue la comunidad con más campos de concentración en relación a su tamaño. Más aún: aquí se ensayó el modelo, entre la represión y la propaganda. Ahora ya no nos sorprende: el diseño le correspondió a Camilo Alonso Vega, que además comandó la invasión de Santander, junto a Fidel Dávila, apoyados ambos en los nazis alemanes y en los fascistas italianos. Todos los alcaldes de Santander tras la dictadura, Gema Igual incluida, les consideraron dignos del honor de tener una calle, que no otra casa es que un trozo de la ciudad lleve un nombre.
Para la historia personal a este lado de la pantalla, tras esta precipitada marcha, nos queda la excelente disposición a unas entrevistas que eran un lujo para nosotros en un momento en que no siempre se nos cogía el teléfono, ni siquiera por aquí; el mensaje desproporcionadamente elogioso con el que nos definió a la hora de avalar nuestra candidatura al Premio de Cooperación Internacional y Derechos Humanos José Félix García Calleja, o ese último mensaje avanzándonos que se venía a vivir aquí y que podíamos incluso colaborar.
El mejor homenaje a quien hizo de su vida la memoria y la dignidad de los demás es no sólo mantener la suya, sino seguir su legado, y hacerlo en colectivo. Una buena forma es participar en el proceso para que Santander recuerde que el lugar en el que actuó La Barraca fue convertido por el franquismo en otro punto de la geografía del odio. Es un proceso en el que podemos participar, respaldar, en positivo, desde este enlace.
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