Soñando con un 8-M diverso, donde la lucha queer y feminista se reconozcan como hermanas

Por Ángela Prellezo, socia de ALEGA y miembro del Grupo Mujer de ALEGA.
Tiempo de lectura: 6 min

El próximo domingo 8 de marzo de 2026 se conmemora, como es tradición a nivel internacional desde el año 1977, el Día Internacional de la Mujer. Es una jornada profundamente reivindicativa en la que, si bien los derechos a reclamar han sido cambiantes según han ido transcurriendo las décadas (recordemos que las primeras reivindicaciones feministas giraban en torno al sufragio femenino, algo que en España actualmente se da por sentado), sigue siendo una fecha señalada en nuestro calendario. Es un día que nos invita a la reflexión; a recordar todo lo que nos queda por avanzar para que la desigualdad por razón de género se convierta en un mal sueño, sin olvidar aquello que, al menos en nuestro país, hemos ido consiguiendo.

Desde ALEGA (la Asociación de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Trans, Intersexuales y más de Cantabria) y, especialmente, desde el Grupo Mujer de ALEGA, queremos aprovechar este espacio para recordar que este día también es nuestro.

Aunque este día se erija detrás de la palabra “mujer”, no debemos olvidar que lo que se defiende, en última instancia, es la lucha feminista. Una lucha que, aunque en sus orígenes intelectuales creciera gracias a mujeres de clase burguesa, las primeras revueltas en la calle fueron por parte de mujeres rusas obreras.

“Mujer” es una palabra que nos engloba a todas, independientemente de nuestra sexualidad, clase social, estatus económico, nivel académico, raza, etnia, religión o discapacidad. “Mujer” es una palabra tan poderosa y que sugiere una imagen prototipo tan profundamente grabada en nuestras mentes que, incluso aquellas personas que no lo son pero que pueden ser percibidas como tal -como las personas no binarias en función de su expresión de género y su interpretación externa a nivel social por terceras personas-, o que poseen atributos que el sistema machista cataloga de “femenino” -como aquellos hombres no heterosexuales que puedan expresarse de una forma que vaya más allá de lo socialmente impuesto para ellos- pueden verse afectadas por las consecuencias del machismo.

Con esto queremos reflejar que vivir bajo un sistema machista nos afecta a todas las personas, independientemente de que seamos mujeres o no. Influye en nuestras ambiciones educativas, en el tipo de trabajo que desempeñamos, en nuestro poder adquisitivo, en cómo nos relacionamos con nosotras mismas y con otras personas, en qué tipo de productos consumimos, etc. Se trata de un sistema opresor que lo tiñe todo, junto con el sistema capitalista, dándose ambos la mano y alimentándose entre sí. Ser feminista es precisamente transgresor porque se sale de la norma, de lo esperado en un mundo que no estaba diseñado para ello.

Y es justo desde este planteamiento donde el mundo feminista y el mundo queer encuentran un punto de partida común. Como dice la filósofa Judith Butler, “la teoría queer busca cuestionar las normas y categorías de género establecidas, así como desafiar las estructuras de poder que las mantienen”. Ser queer, tener una identidad de género o una sexualidad diferentes a las construidas por el sistema sexo-género binario es, al igual que ser mujer, una fuente de opresión, como representa perfectamente Patricia Hill Collins en su rueda de privilegios y opresiones.

Llegó a la misma conclusión la organización de mujeres negras y lesbianas Combahee River, al decir que “los principales sistemas de opresión están interrelacionados”. Siguiendo la rueda mencionada, nos damos cuenta de que ser mujer es una realidad oprimida, pero que no sólo no es la única sino que, muchas veces, en una misma mujer convergen varias fuentes de opresión.

Hablamos así, por ejemplo, y por nombrar únicamente las opresiones en pares simultáneos, de mujeres racializadas, mujeres con discapacidad, mujeres sin recursos económicos, mujeres mayores, o, como queremos resaltar en este artículo, mujeres LBTIAQ+.

Ser mujer y ser queer es una realidad mucho más habitual de lo que quizás se pueda llegar a pensar y, al igual que el resto de las dicotomías citadas, vivimos una doble opresión. Para empezar, vivimos a la sombra del armario, una institución construida cuidadosamente para velar por el sistema cisheterosexual y patriarcal sobre el que se sustenta nuestra sociedad.

Lo explica muy bien la feminista Teresa De Lauretis al decir “el armario por tanto funciona como un doble recurso en relación al género: 1) mantiene la apariencia de heterosexualidad generalizada: si todo el mundo está en el armario, no hay gais, ni lesbianas, ni bisexuales, ni desplazamiento del género […] y 2) regula cómo deben ser las mujeres y los hombres, de forma diferenciada (es decir, distribuye, regula e implanta el género, sus roles y su binarismo)”.

El armario no es únicamente un lugar simbólico, sino que es una herramienta más de control social, sumativa, en el caso de las mujeres pertenecientes al colectivo, al sistema patriarcal y machista. Y han sido precisamente en muchas ocasiones mujeres lesbianas, mujeres bisexuales y mujeres trans las que han luchado en las calles y dado su vida por esta lucha común -sin ir más allá, en los disturbios de Stonewall el 28 de junio de 1969 en Nueva York, originarios de la lucha por el colectivo queer-. No nos podemos permitir olvidarnos no sólo nuestros orígenes, sino de todas aquellas mujeres que han creado con sus palabras y sangre el camino por el que ahora nosotras podemos caminar con más libertad.

Con este artículo, lo que me gustaría es invitar a la reflexión. Que reivindicar el 8-M no debería únicamente motivarnos por aquellas desigualdades que hayamos vivido en primera persona o de las que hayamos sido testigos, sino que debemos mirar más allá. Arrimar el hombro y ser conscientes de que detrás de la palabra “mujer” hay una gran diversidad de vivencias, aunque nunca hayamos sido conscientes de ellas. Aunque algo no nos afecte directamente, deberíamos ser capaces de empatizar y ampliar la mirada.

Por eso, orgullosas, el próximo 8 de marzo saldremos a las calles junto con el resto de nuestras hermanas, para apoyar a cada una de ellas en su lucha particular. Porque no sólo detrás de la palabra “mujer”, sino también detrás de la palabra “queer”, lo que hay son personas. Y si no entendemos que todas nuestras luchas están interrelacionadas, si no aceptamos que todas las opresiones son transversales, es que no hemos entendido nada de la lucha feminista, de la lucha obrera o, siquiera, de la lucha por los derechos humanos. Hasta que no nos liberemos de todas ellas, el mundo no será nunca un lugar libre. Todas las personas estamos atravesadas por este mismo sistema y ya es hora de gritarlo bien alto. “El feminismo será transversal, o no será”.

 

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