Iván de Tarfe, la voz periodística y literaria cuyo rastro se perdió en el Coso de Cuatro Caminos

La revista Atalaya, gracias al testimonio de su nieta, permite recuperar a un intelectual lleno de sensibilidad que se adelantó a la explosión de talento del 27
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«Se me angosta el corazón en esta cárcel estrecha
que es el vivir de angustias…».

Con esos versos se lamentaba el poeta y periodista santanderino Iván de Tarfe, seudónimo literario de Virgilio García Vega, en un poema publicado en la revista literaria Isla a mediados de la década de 1920. Era un período marcado por una especie de crisis existencial colectiva: al propio período de entreguerras europea se sumaba la particularidad española, que había acabado y empezado el siglo con su propia crisis de identidad por la pérdida de las colonias americanas y el colapso de la Restauración.

Con el paso del tiempo, sin embargo, aquellas palabras adquirirían una resonancia trágicamente literal: quedaba por llegar una dictadura, el esplendor cultural de la Generación del 27, la esperanza de la Ii República y todo lo que supuso en el panorama intelectual, pero también todos los problemas hasta llegar a la reacción conservadora, el golpe de Estado militar fascista, la Guerra Civil y sus episodios de represión y, finalmente, la dictadura militar y el pacto de silencio que sus herederos político consagraron en una transición que fue un autoindulto.

Iván de Tarfe nació en Santander entre 1885 y 1890. Tras cursar estudios de bachillerato, se casó con Generosa Elejabarrieta Oñate, con quien vivió en Bilbao hasta 1929. El matrimonio tuvo cinco hijos y una hija, fallecida a los tres años de edad. Más adelante contrajo segundas nupcias con María Quesada Álvarez, con quien residió en Málaga y posteriormente en Santander, y con la que tuvo otra hija.

Con el seudónimo de Iván de Tarfe desarrolló una actividad como poeta y periodista en el ambiente cultural de su tiempo. Publicó versos y artículos en distintas revistas literarias y periódicos, entre ellos El Pájaro Azul, La Isla, El Liberal, Alerta o Gaceta Literaria, además de colaborar en publicaciones antológicas como Ardor. Su presencia en estas cabeceras lo sitúa en el circuito cultural de las décadas de 1920 y 1930, cuando proliferaban las revistas literarias vinculadas a las vanguardias y a los círculos próximos a la llamada generación del 27.

De esa producción poética se conocen algunos fragmentos conservados en estudios literarios sobre las revistas de la época. En uno de sus poemas aparece la queja de un autor que siente el mundo como un espacio que se le queda pequeño, casi asfixiante:

«Se me angosta el corazón en esta cárcel estrecha
que es el vivir de angustias…».

En otro texto poético, Tarfe reclamaba una voz propia para la creación literaria:

«Poeta: exijo la voz única
porque todas se van semejando
—ecos, ecos, ecos, ecos—
sin el acuse de un ingenio solo».

Además de su poesía, Iván de Tarfe dejó reflexiones sobre literatura y estética. En la revista cultural Atalaya, publicada en Pamplona, firmó en marzo de 1935 el ensayo «Andalucía: vanguardia del movimiento lírico». En ese artículo defendía que la creación poética se produce en un estado de elevación casi espiritual, en el que el escritor se desprende de su identidad cotidiana: «Uno no se llama Joaquín, ni Fernando, ni Jorge. Uno no es sino substancia de irrealidad». En el texto analizaba además la influencia del clima y la geografía en la sensibilidad literaria, recordando las teorías del pensador alemán Helpach sobre la relación entre condiciones atmosféricas y producción intelectual. Para Tarfe, la tradición lírica andaluza constituía uno de los motores de renovación de la poesía española moderna, y señalaba al poeta sevillano Rafael Laffón como uno de sus representantes más destacados.

Más allá de su actividad literaria, Iván de Tarfe estuvo implicado en la vida política de su tiempo. Fue militante del PSOE antes de la Guerra Civil. En julio de 1936 se encontraba en Santander y, en septiembre de ese mismo año, fue nombrado para tareas de de prensa del Gobierno Civil de Santander, cargo que desempeñó durante la guerra.

Unos días antes de la caída de la ciudad a manos de las tropas franquistas apoyadas en el Ejército fascista italiano y con el apoyo  en los bombardeos de los aviones nazis, el 20 de agosto de 1937, figura una solicitud a su nombre para la evacuación de su segunda mujer, su hija y su madre.

Tras la entrada de las tropas franquistas en Santander el 26 de agosto de 1937, Iván de Tarfe fue detenido. Como miles de republicanos, fue trasladado a la plaza de toros de Santander, utilizada entonces como lugar de detención masiva, uno de tantos campos de concentración que poblaron la ciudad, como el de La Magdalena.

De allí se pierde su rastro, que recupera en su número de marzo la revista Atalaya, consultada por EL FARADIO, a través de un testimonio de su nieta, Rosa García Alcón.

El testimonio familiar permite reconstruir ese momento. A pesar de estar separados desde 1929, su  mujer trató de encontrarlo tras la guerra. Viajó a Santander y preguntó por él a familiares y autoridades. Le dijeron que no había salido en ningún barco y que había sido detenido y llevado a la Plaza de Toros, donde se concentró a miles de prisioneros en los primeros días tras la caída de la ciudad. Ante la falta de noticias, intentó localizarlo en distintos penales de Asturias y Galicia a los que habían sido trasladados algunos detenidos. No apareció en ninguno de ellos.

El color ilumina una historia oscura: la Plaza de Toros como campo de concentración

Su nieta, Rosa García Alcón, recuerda así lo ocurrido, en una memoria heredada de los relatos familiares que le trasladó su familia en unos tiempos en los que lo normal era no hablar de esas cosas –como constató ella misma durante su formación–:

«Mi abuelo paterno vivía en Santander, donde era conocido como periodista y escritor con el nombre de Iván de Tarfe. Allí fue detenido y, como tantos otros, llevado a la plaza de toros de donde nunca volvió a salir. A día de hoy, seguimos sin conocer su paradero».

Su testimonio se extiende hasta poco antes de la Guerra, al momento de «actividad violenta de la derecha falangista» en la ciudad que culminó con el asesinato del periodista Luciano Malumbres, el popular director del periódico La Región, cuya muerte conmocionó a Santander hasta el punto de convertir su funeral en una manifestación multitudinaria de un pueblo que había descubierto hasta donde podía llegar la violencia política fascista en las calles.

Cuando el asesinato de un periodista desató una huelga general 

También rcupera como «Cantabria quedó en manos de la legitimidad republicana, gracias a la valiente y decidida acción de los obreros que impidieron que el coronel García Argüelles se uniera a los facciosos».

 

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