«Soy una Charo» y «no vamos a callar»: El Peñacastillo se revela contra el dragón y le da la vuelta a la ola de insultos

Una acción educativa reivindica los logros conseguidos por las 'Charos' apropiándose y resignificando un término que la ola machist usa como insulto
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A medio camino entre casas en las que todavía asoma el pueblo que fue y pequeño asomo del mundo chaletero y de urbanización, en un punto que marca la salida (o entrada) de Santander, el instituto Peñacastillo es un espacio de frontera, que mira de reojo al centro comercial y a la montaña que da nombre a la zona y que dentro, cuentanlas leyendas, alberga su propio dragón, la sierpe de Peñacastillo.

Desde esa mentalidad de frontera que es la propia adolescencia, el centro viene viviendo todos los cambios en torno al feminismo: desde el recuerdo a las luchas pasadas, las movilizaciones masivas cuyo eco todavía pervive y convierte al movimiento en un importante y activo motor de cambio a la campaña de desprestigio, activa, coordinada y financiada que ha conseguido prender en parte de la sociedad.

Hasta llegar a, como recordaban este jueves en un acto en torno a la reciente conmemoración del 8 de Marzo, el Día Internacional de la Mujer, la aparición del término «Charo» como insulto: un estereotipo que evoca a mujeres mayores feministas, interesadas por la cultura y la política, progresistas –y que en cuestión de poco tiempo ha degenerado hasta convertirse en un insulto a cualquier mujer, mayor o joven, feminista o que simplemente no guste al comentador amparado en la comodidad de formar parte de una masa no tan distinta de la práctica del bullying–.

En el patio del instituto, y con el recordatorio cercano en el tiempo y el espacio de las consecuencias del machismo –el acto comenzaba con un minuto de silencio en memoria de Merche, la mujer por cuyo asesinato este fin de semana en Pedreña se ha detenido a su pareja–, el centro ha dado la batalla por darle la vuelta al insulto, en línea con un legado feminista que se apropia de los tópicos, como ya hizo en su momento con las brujas, por citar un ejemplo.

«Soy una Charo» era la frase que se repetía una y otra vez, en boca de chicas, chicos y equipo docente, acompañada del recordatorio de lo conseguido en las luchas emprendidas por las distintas Charos de la historia. Algunas recientes o más o menos sabidas, como la lucha contra las agresiones sexuales o haber conseguido el voto para las mujeres, y otras recibidas con sorpresa, lo que convierte a la propuesta en un ejercicio educativo de historia y memoria.

Porque la iniciativa ha permitido recordar que no fue hasta 1975, no hace tanto, cuando las mujeres pudieron abrir cuentas bancarias sin permiso del marido, presentar denuncias, tener propiedades a su nombre, trabajar, firmar contratos o emprender negocios sin autorización de sus maridos o padres.

Y en el 78 en el que España conmemora sumarse a la democracia con una Constitución que hablaba de igualdad fue cuando llegó la legalización de los anticonceptivos o que dejaran de ser delito el adulterio (ser infiel, ellas) o la homosexualidad.  Hasta el 81 una mujer no podía divorciarse de su marido –lo que se convertía en carta blanca para los maltratos físicos…), y cosas tan básicas como unos permisos aceptables de maternidad no llegaron hasta casi los 90.  Hasta 2004, antesdeayer, no había una Ley contra la Violencia de Género, y en 2021 fue cuando se estableció que era delito la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento.

“¿Crees que alguno de estos derechos ha llegado demasiado lejos?”, interpelaba la propuesta educativa, yendo al corazón del argumentario de la reacción antifeminista de los últimos años, recalcando que “el feminismo busca igualdad, no recorta los derechos de nadie” .

Todas esas apelaciones a lo que se logró, Charo a Charo, no dejaban de ser recordatorios activos de lo que no se tenía. De ahí el llamamiento, constante, «no dejemos que el pasado avance»;  o la constatación de una evidencia, que todas esas campañas en redes y medios repitiendo «insultos y desprecio» no son más que eso, faltas de respeto incompatibles con la mínima convivencia en sociedad que además busca desanimar, disuadir, que las voces se apaguen, que no se emprendan las luchas. «Porque soy feminista, opino, protesto y alzo mi voz”, señalaban, una a una , las personas participantes, hasta acabar con un «No nos vamos a callar» que parecía dirigido de reojo al dragón que busca regresar al pasado y que está ahí, agazapado, cerca, dispuesto para volver y dejar lo conseguido reducido a cenizas.


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