«Los pueblos que recuerdan son más libres”: la memoria de la República recuerda que «la democracia es frágil»
Nada más llegar a Ciriego, a la parte del memorial republicano que fue posible gracias a la mezcla del tesón de Antonio Ontañón y el apoyo popular, una escena concreta sintetiza el sentido del lugar: una familia deja flores en uno de los monolitos y señala con el dedo un nombre, seguramente el de un familiar. Allí hay más de 800 personas —militantes republicanos, sindicalistas, maestros, mujeres que además sufrieron agresiones sexuales; referentes como Matilde Zapata, directora del periódico La Región— que no pudieron contar con una sepultura con nombres y apellidos. Durante décadas, como se recordó en el acto, hubo “silencio y olvido, personas perseguidas, enterradas”, una ausencia de memoria que hoy se intenta reparar.
Esa ausencia, ese dolor, es consecuencia directa de una decisión personal, la de Tomás Soto Pidal, el cura de Ciriego, que inscribió a las víctimas como desaparecidos en lugar de con sus identidades. La petición de retirada de la calle que le dedicó Santander en San Román —poner calles es, simple y llanamente, un homenaje— fue uno de los momentos más aplaudidos del acto convocado este 14 de abril en Ciriego por la asociación Héroes de la República y la Libertad.
El homenaje se celebraba precisamente en ese espacio de reconocimiento colectivo, construido hace medio siglo por impulso popular y hoy en proceso de restauración gracias a nuevas y exitosas campañas de apoyo. Un lugar que se reivindica no sólo como recuerdo, sino como aprendizaje: “los pueblos que recuerdan son pueblos más libres”. La memoria, se insistía, no es únicamente retrospectiva, sino proyectiva: “es justicia y también confianza en el futuro”, señalaba Jorge Suárez, presidente de Héroes de la República, quien insistía en que la memoria no busca confrontación, sino reparación: “no se trata de reabrir heridas, sino de cerrarlas; las heridas se abren cuando se desprecia a las víctimas”.

AGENDA DE ACTOS DE LA MEMORIA DE LA II REPÚBLICA ESTA SEMANA:
LA MEMORIA AVANZA Y CRECE
En esa línea, el propio memorial sigue creciendo. Jorge repasaba nuevas identificaciones, como las de Juan Ateca, Diego Carmona o Nemesio Torre, cuya familia, de hecho, no sabía que ya figuraba allí y que “por fin le ha encontrado”. La intervención de una nieta de Carmona trasladaba esa dimensión íntima del proceso: “gracias por acogerlos”, dijo, poniendo voz a una reparación que trasciende lo institucional.
El año pasado, por ejemplo, fue cuando se distribuyó el mapa para localizar la sepultura –durante años desconocida– de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca, la compañía de teatro universitario y popular dirigida por Lorca, que cayó en el frente y fue enterrado en Ciriego sin familia. Con el tiempo, ha sido “adoptado” por la asociación memorialista —“le cuidamos entre todos”, resumía gráficamente Pilar Fernández, de Héroes de la República—. Hoy su sepultura es por la que más preguntan los visitantes del cementario santanderino.
En el último año se han retirado decenas de calles franquistas en Santander y otros municipios, a instancias de la Fiscalía tras las peticiones del movimiento memorialista; y se ha solicitado, pendiente de confirmación definitiva, la declaración de La Magdalena como Lugar de Memoria, un espacio que condensa esa contradicción histórica: de sede de la Universidad Internacional de Verano y escenario de La Barraca a campo de concentración para quienes no pensaban como el nuevo régimen.
“la democracia no puede defenderse desde el olvido impuesto ni desde la equidistancia moral”.
La recuperación de la memoria adopta además formas concretas. Matilde de la Torre, escritora y diputada socialista, ya descansa, como fue su deseo, en su Cabezón de la Sal, tras años de un exilio que se prolongó hasta la tumba.
Y en Miera, una excavación ha permitido identificar a tres castreños asesinados, gracias en parte a la acción de un meracho, Lito, “un buen hombre”, que “les sacó del río” y facilitó que hoy puedan ser reconocidos. Su nieto, Eduardo Lezcano, subrayaba tanto la importancia de ese proceso como las dificultades encontradas, denunciando que el Gobierno de Cantabria ha hecho “lo indecible” para impedirlo.
«DEBEMOS SABER POSICIONARNOS EN EL LUGAR QUE NOS CORRESPONDE EN LOS DÍAS QUE VIENEN»
Entre los asistentes (familias, miembros de colectivos memorialistas, partidos o sindicatos, personas con ojos llorosos y mirada emocionada), también había alguno con chapas del No a la guerra.
El acto también incorporó una mirada al presente, marcada por conflictos bélicos, para reivindicar el legado pacifista de la Segunda República. Marisol González, de AGE (Archivo, Guerra y Exilio) Cantabria, recordó que “en tiempos belicistas, resalta la concepción pacifista de la República”, subrayando que su Constitución “renunciaba a la guerra como instrumento político”. En ese sentido, rechazando la vinculación entre República y Guerra que interesadamente hace la derecha, incidió en que la Guerra Civil fue consecuencia de un golpe de Estado y del apoyo fascista internacional, y que su desenlace “no trajo la paz, sino la represión”. Desde esa perspectiva, advirtió de que “la democracia es algo frágil que hay que cuidar y defender”, recordando además que todavía hoy vivimos en un mundo en que “sigue habiendo familias desplazadas por la guerra”.
Por su parte, Amparo Sánchez-Monroy, delegada de AGE en Francia, –recordó que comenzó su propia vida en Argelès sur Mer, la playa-campo de concentración francesa a la que expulsaron a sus padres, en la que estuvo el cántabro Eulalio Ferrer–, advirtió de que “tenemos otra lucha”, definida como “una urgencia democrática similar a la que tuvieron nuestros padres”.
En ese contexto, alertó de que “la extrema derecha avanza con fuerza” y apeló a la responsabilidad colectiva: “a la luz del ejemplo de los republicanos españoles, debemos saber posicionarnos en el lugar que nos corresponde en los días que vienen”.