Prioridad nazional

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Suele empezar desde lo cotidiano, desde la normalización de discursos que apelan a un sentido común que no señala directamente, sino que pone en un escalón inferior al diferente, lo responsabiliza, o pone en la lista de espera para ser admitido en un grupo en el que le dicen que no cabemos todos, que no hay para todos, que hay que priorizar ese “primero los de aquí, luego los de fuera”.

Recuerdo llegar a Santander, eran época de elecciones, un cartel pegado en la zona de la gasolinera de la rotonda de la calle Repuente que te lleva al instituto Cantabria. Recuerdo que en el cartel ponía algo así como “para nosotros tú eres lo primero” acompañado de una imagen de varias personas en fila esperando: las primeras caracterizadas con todos esos revoltijos de estereotipos y clichés que forman parte de una narrativa en la que debían ser considerados como “esos de fuera que parece que tienen más derechos que tú”, como se oye decir a este tipo de discursos. Una persona de origen latinoamericano, una con rasgos árabe-musulmanes con sus respectivas indumentarias aludiendo a ese sesgo xenófobo amenazante, ya se sabe: una nariz larga, un turbante, piel oscura, un burka, en fin, todo ese “cocktail” que busca crear la fórmula perfecta del miedo, de la amenaza, del peligro, de ese “todos son culpables hasta que demuestren lo contrario”. En la cola también una persona de apariencia marroquí, otra negra, todos ellos hombres, menos la mujer del burka. Poco importaba que fuera un esperpento que mezclaba religión, etnia, origen, país, color de piel, sin más fundamento que alimentar esa retórica del miedo y el rechazo. Al final de la cola, te lo puedes imaginar, un anciano con bastón, cuya imagen generaba pura identificación y ternura en un mundo que construye el concepto de bondad desde el canon de persona blanca y que esa persona blanca representa algo más, una idea de país, “de gentes que han trabajado toda la vida por sacar adelante a sus familias para que en los últimos días de su vida se lo paguen así”. Fijaros que ahí ya está presente esa idea de “ser español” que apela a una narrativa que excluye otros colores de piel, otras religiones, otras culturas y que, además de eso, las presenta como una amenaza a tu forma y estilo de vida. Todo eso en un cartel pensado para apelar a ese inconsciente colectivo que aún sigue presente.

Recuerdo que lo arranqué suavemente para poder enrollarlo y llevarlo intacto a clase para mostrárselo a mis alumnos como ejemplo de todo lo que es contrario democracia, como ejemplo de intolerancia. Al mostrárselo su respuesta fue la misma a la mía y no pude sentir más orgullo, lo rompimos como gesto simbólico, como acto cotidiano. Corría el año 2013 o 2014, no hace tanto. Ese sentido común representado en una pancarta era algo marginal que no tenía espacio significativo en la sociedad. Que no estaba validado por partidos que dicen ser democráticos. Esa prioridad nacional era el sentido común de los intolerantes, de quienes querían usar la democracia para quebrarla, aún más de lo que ya pudiera estar, y que en lugar de buscar más democracia como solución proponía ese “para nosotros tú serás lo primero”.

¿Qué ha sucedido para que lo que hace poco más de 10 años era algo marginal hoy sea considerado por parte de la sociedad como algo “normal”? No hace más de 10 años la respuesta al problema de la sanidad se respondía con más sanidad, no con seleccionar a los pacientes, la respuesta al problema de la vivienda era más vivienda, precios más bajos, mejores sueldos, luchar contra la especulación y no la creación de conceptos como “inkiokupas” que criminaliza la pobreza haciendo de la anécdota categoría, enfrentando al último con el penúltimo sin poner la mirada en la bota que pisa desde arriba. ¿En qué momento la línea del horizonte se bajó a la altura de las cadenas? ¿En qué momento lo particular volvió a ganar a lo universal y los derechos humanos se acotaron arrebatándoles esa naturaleza que nos vacuna contra el totalitarismo?

Recordar a Giovanni Gentile, el filósofo del fascismo, que hablaba del “Actualismo” donde las personas no tenían derechos fuera del Estado, “todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, a Carl Schmitt, jurista nazi, hablando de la “eutaxia” y el buen orden basado en esa prioridad nacional donde el “nosotros” debía ser protegido frente a ese “Ellos” cada vez más deshumanizado y criminalizado. ¿Nos recuerda a algo? Hoy parecen coger su testigo autores como Alain de Benoist, filósofo de la Nouvelle Droite que defiende el «etnodiferencialismo» y que, por cierto, usa conceptos como “remigración”, priorizando la preservación de la identidad cultural propia frente a la globalización y la inmigración masiva. O el ruso Alexander Dugin que plantea una prioridad nacional basada en el rechazo al liberalismo occidental, defendiendo una «identidad de civilización» que antepone los valores tradicionales y soberanos a los derechos humanos universales. Todos utilizando palabras como prioridad nacional y un sentido común que hace no mucho era un sinsentido, una sinrazón que normalizó la barbarie.

La historia nos enseña que la prioridad nacional es el primer paso hacia la barbarie. No lo olvidemos, por favor.

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