LA ENERGÍA DEL CAMBIO

“Lo que quieren es vaciar Palestina”

La cooperante hispano-palestina denuncia el bloqueo económico, el deterioro de las condiciones de vida y la situación en las cárceles israelíes tras su detención en 2021. Este jueves estará en la Biblioteca Central de Cantabria, en la presentación del documental 'Espacios menguantes' sobre el trato a organizaciones sociales palestinas
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“Palestina es un país totalmente dependiente, porque no tiene nada bajo su control. Ni la tierra, ni el agua, ni la salida y entrada de las personas”. Así resume la cooperante hispano-palestina Juani Rishmawi la situación que atraviesan los territorios palestinos, en un contexto marcado por el bloqueo económico, la persecución de organizaciones civiles y el agravamiento de la crisis humanitaria tanto en Gaza como en Cisjordania.

Rishmawi, que residió durante cuatro décadas en Palestina y trabajó en proyectos de cooperación sanitaria, sostiene que el objetivo de las autoridades israelíes es “destrozar la protección hacia la población civil”. En su caso, formó parte de una organización dedicada al ámbito de la salud, aunque recuerda que existían otras centradas en la agricultura o los derechos de las mujeres.

“Son organizaciones sociales, destinadas a la población civil”, recalca en una entrevista concedida a EL FARADIO. Entre ellas menciona asociaciones dedicadas a defender las tierras agrícolas frente a las confiscaciones o colectivos feministas “potentes” centrados exclusivamente en los derechos de las mujeres palestinas.

Según explica, la ilegalización y persecución de estas entidades ha provocado un colapso progresivo de la red de apoyo social. “Han bloqueado los apoyos, hacen todo lo posible”, afirma, aludiendo al control financiero que ejerce Israel incluso sobre las transferencias dirigidas a organizaciones palestinas.

“Los fondos llegan a través de bancos palestinos, pero todo está controlado. Las transferencias tienen que pasar antes por Frankfurt o Nueva York y ahí las pueden bloquear”, señala. A su juicio, esa situación ha dejado a muchas entidades sin capacidad para pagar salarios o mantener programas básicos de ayuda. “Las organizaciones se están hundiendo. Están sobreviviendo en el sentido de que siguen ahí, pero ya no tienen poder para ayudar más a la población”, lamenta.

La cooperante describe una situación económica “miserable”, agravada tras el inicio del genocidio en Gaza y el endurecimiento de las restricciones en Cisjordania. “Nunca había habido una falta de alimentos como ahora”, asegura. Hasta ahora, explica, las redes familiares y comunitarias habían servido para amortiguar la pobreza, pero sostiene que la crisis ha alcanzado un nivel desconocido. “Si tú no tienes, ¿cómo vas a darle a otro?”, resume.

En este sentido, alerta también del deterioro sanitario en Gaza, donde asegura que están reapareciendo enfermedades ya erradicadas debido a la acumulación de basura, la falta de medicamentos y de alimentos. “Hay epidemias y mucha desnutrición”, afirma.

Además, denuncia las dificultades para canalizar ayuda humanitaria. “Si llevas alimento, tiene que entrar por camiones controlados y muchas organizaciones han sido cerradas”, explica, citando el veto a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), a la que define como “importantísima” por su papel en educación y distribución de alimentos.

Un documental y un coloquio abordarán la persecución israelí a organizaciones palestinas de Derechos Humanos

Rishmawi fue detenida en 2021 y permaneció varios meses en prisión preventiva acusada de desviar fondos europeos al terrorismo, cargos que finalmente quedaron archivados. Recuerda aquella experiencia como “muy dura” e “impactante”.

“Vinieron a casa a las seis de la mañana con 20 o 30 soldados» a una casa en la que vivían solamente tres personas mayores de 60 años. Durante los interrogatorios, asegura que intentó mantener la calma y limitar sus respuestas por miedo a equivocarse al hablar en árabe, una lengua que domina pero que no es la materna. “Ellos manejan todo el juego de los interrogatorios”, sostiene.

La cooperante insiste en que siempre defendió la transparencia en la gestión de fondos internacionales. “Ese dinero es de los impuestos de mi gente, de mi pueblo, de toda la gente. Por eso hay que justificarlo y hacerlo bien”, afirmaba al ser interrogada.

Seis meses después de su arresto, las instituciones europeas concluyeron que era inocente. Sin embargo, asegura que el daño emocional ya estaba hecho. “Me estaban acusando de cosas tan terribles y tenía miedo de que la gente se las creyera”, recuerda.

Durante el primer mes de prisión perdió 12 kilos y sufrió una fuerte depresión. Estuvo aislada durante 15 días y apenas podía comer. “Mi cuerpo bloqueó la comida”, explica. También describe condiciones de higiene precarias, duchas con agua fría y falta de ropa limpia.

Posteriormente fue trasladada a la prisión de Damon, donde compartió espacio con otras presas palestinas. Allí, dice, recuperó parcialmente la sensación de protección y comunidad. “Fue la primera vez que me reía en un mes”, recuerda.

La situación en las cárceles, asegura, ha empeorado desde entonces. Según relata, las internas han perdido derechos conquistados tras décadas de protestas, como más tiempo en el patio, acceso a televisor o la posibilidad de cocinar su propia comida. También afirma que en el último año han muerto decenas de presos palestinos bajo custodia israelí y que muchos salen con graves secuelas físicas.

Incluso revela un detalle más que resalta la falta de humanidad en el trato a los presos y sus familias. Y es que hay caso en que sólo entregan el cuerpo de un palestino que fallece en la cárcel cuando se cumple el tiempo de su condena, y no cuando fallece.

Por otra parte, alerta del incremento de la violencia en Cisjordania. “A los que matan es a los jóvenes”, afirma. Según relata, los controles militares y los bloqueos han aumentado notablemente, con más de 1.500 puertas y cierres en accesos a aldeas y ciudades palestinas. También denuncia ataques armados contra civiles y el avance de los asentamientos israelíes. “El miedo a moverte, a salir, es constante”, sostiene.

Rishmawi considera que el silencio internacional ante esta situación resulta “doloroso”. “Son personas, son seres humanos”, insiste.

En su reflexión final, advierte del deterioro global de los derechos humanos y del aumento de discursos excluyentes. “Tenemos que respetar religiones y personas, sean de donde sean. Estamos creando un mundo terrorífico”, afirma.

La cooperante asegura que sigue necesitando apoyo psicológico para afrontar tanto su paso por prisión como la situación actual del pueblo palestino. “Es mi pueblo también”, concluye.

 

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