Árboles autóctonos, hormigón autóctono

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Estimada alcaldesa, permítame felicitarla. Por fin alguien ha tenido el valor de señalar al verdadero enemigo de nuestra ciudad: los árboles. Esos seres inmóviles, silenciosos y -ahora lo sabemos- profundamente invasores que llevan décadas infiltrándose en nuestras aceras con total impunidad.

Y no olvidemos el ruido. Ese insoportable canto de los pájaros que anidan en sus ramas, interrumpiendo el dulce murmullo de los tubos de escape y las obras eternas. ¿Biodiversidad urbana? Eso suena a excusa ecohippie para no pavimentar.

Entiendo su preocupación. Un árbol adulto puede llegar a absorber hasta 150 kilos de CO₂ al año. Francamente, ¿quién les ha dado derecho? Además, tienen la osadía de reducir la temperatura urbana entre 2 y 8 grados en verano. Una insolencia, considerando que la ciudadanía santanderina, a su parecer, lleva toda la vida soñando con convertir la ciudad en una sartén de asfalto donde poder freírnos como huevos al sol.

Seamos justas: ¿qué han hecho los árboles por Santander últimamente? Aparte de aumentar el valor de las propiedades circundantes, mejorar la salud mental del vecindario, reducir el estrés, absorber agua de lluvia evitando inundaciones y hacer que la ciudad sea, en general, un lugar donde apetezca vivir. Nimiedades desde la alcaldía, vaya.

Opinará usted que necesitamos que los niños y niñas crezcan sin saber qué es trepar a un árbol, que los abuelos y abuelas no tengan dónde sentarse a la sombra, que las calles brillen bajo el sol sin nada que interrumpa esa gloriosa monotonía térmica. Gris, contaminada y caliente. Eso sí le parece a usted progreso.

El argumento oficial resulta poético. Los ailantos son “especies invasoras”. Una etiqueta magnífica, porque convierte cualquier motosierra en un acto de heroísmo ecológico. Ya no se tala: se “protege el entorno”. Ya no se arrasa: se “renaturaliza”. El lenguaje administrativo tiene esa magia. Si mañana asfaltaran la Magdalena, probablemente lo llamarían “optimización paisajística”.

Hay algo profundamente enternecedor en su cruzada botánica. Al parecer, los “invasores” no son los coches, el cemento o las obras eternas. No. No los centros comerciales que brotan como setas, no las terrazas que colonizan cada plaza e impiden caminar para desplazarse. No. El problema son esos vegetales sinvergüenzas que se atreven a dar sombra, filtrar contaminación y albergar pájaros sin pedir permiso a nadie.

Claro que el problema de fondo puede que no sea únicamente botánico. Resulta llamativo que cada tala venga siempre acompañada de su correspondiente proyecto de sustitución, adjudicación, obra y plantación. Porque un árbol adulto, desgraciadamente para ciertas cuentas municipales, tiene la mala costumbre de no generar contratos nuevos. En cambio, talarlo, retirar raíces, reformar aceras y plantar ejemplares jóvenes sí mueve dinero. Mucho más dinero que dejar un árbol tranquilo haciendo gratis su trabajo.

Y ahí aparece el sospechoso y presunto habitual: el urbanismo de escaparate, la ecoimpostura; árboles maduros, fuera; palitos recién plantados, dentro. El viejo truco de sustituir décadas de crecimiento por cuatro varas que ni decoran ni dan sombra. Santander paga planos e infografías esperpénticas, pero arbolado de porte, no.

Las ciudades modernas están haciendo exactamente lo contrario de lo que hace aquí el Ayuntamiento. París, Barcelona o Milán buscan desesperadamente aumentar la masa arbórea para combatir las olas de calor. Se habla de refugios climáticos, corredores verdes y sombra urbana. En Santander es mucho más cómodo un arbolito minimalista, perfectamente domesticado, que no cuestione el imperio del hormigón. La naturaleza, sí, pero en versión decorativa. Ese es el nivel.

Santander se ha convertido en una postal extraña: ni limpia, ni ordenada y cada vez más dura, más gris y caliente. Una ciudad donde los árboles históricos desaparecen mientras se multiplican las notas de prensa hablando de “capital natural”.

Así que usted adelante sin atendernos. Llámelos invasores, sáquelos de raíz, celebre la victoria contra la fotosíntesis. Cortar un árbol lleva un día. Que crezca otro hasta dar sombra lleva treinta años. Pero eso será problema de otra alcaldesa, de otro vecindario, de otras infancias. ¿Y qué mejor legado que dejar a las generaciones futuras “el privilegio” de plantar lo que ustedes no les respetan hoy y les talan?

Atentamente

Marisa Maliaño Toca. Médica. Master en salud pública. Docente -jubilada- en FP Sanidad. Ecoactivista y feminista.

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