Aitana Sánchez-Gijón llena el Palacio con un drama rural del siglo XX. Mientras tanto, la Casa de Europa en Cantabria recorre musicalmente este mismo siglo

Después de fines de semana de recorrido vasco, la “Malquerida” -obra emblemática de Jacinto Benevante revisitada- recaló en Santander. Se esperaba a la actriz que revive el sufrimiento y muerte de una madre, personaje que ha sido interpretado por grandes actrices desde María Guerrero o Lola Membrives a Mary Carrillo o Nati Mistral. El turno ahora es de Aitana Sánchez-Gijón que sabe mantener la graduada incertidumbre personal que lleva a un final trágico. También, en un colmado Ateneo de Santander dos músicos y un relator recorrieron las músicas del siglo XX: Falla, Cambalache o la espiritualidad de Arvo Pärt.
Tiempo de lectura: 7 min

“Malquerida” de Jacinto Benavente – Sala Pereda – 12 y 13 de junio – 19:30 horas

Maria Guerrero. Estreno 1913

Al escritor y autor teatral Jacinto Benavente (1866-1954) se le reconoce más por su Premio Nobel de 1922 que por sus obras, lejanas ya en la memoria de un siglo XXI ocupado en temas y dramas más urbanos. Su La Malquerida, estrenada en 1913 con María Guerrero como gran protagonista, parece sobrevivir con versiones que intentan actualizar un universo que ya no existe del que se puede rescatar el mundo de las pasiones y venganzas humanas. La nueva versión sigue llena de unas y otras. Pero vayamos por partes, esperando que estas ayuden a entender lo visto y oído el pasado fin de semana en una división de opiniones entre algunos críticos, no entre el público.

Versión 2026 (Spoiler de opinión personal): El programa de mano de la obra tiene una curiosa diferencia tipográfica: MAL en negro, QUERIDA en rojo. La adaptación de Juan Carlos Rubio y Natalia Menéndez -gente teatral experimentada- subraya el núcleo de lo que va a ocurrir: alguien quiere MAL a alguien y esto va a acabar MAL. Y así fue, por más que se intentara crear un suspense sobre su final: una hijastra se besa con su padrastro y desencadena una huida que no termina de hacerse por la muerte de la madre y esposa (Raimunda), disparada con una escopeta por su segundo marido (Esteban). Así lo escribió Benavente y, con mejores trajes, así ocurrió en una sala llena que, supiera de antemano o no lo que iba a ocurrir, se sobrecogió.

Esta Malquerida (sin “La”, ganas de diferenciarse) se sostiene por las actuaciones de siete actores y actrices que giran en torno a Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968), ahora en el papel de madre donde hace 38 años hizo de hija bajo la dirección de Miguel Narros. Ella marca cada escena y vive intensos duelos actorales en un comedido registro que le permite evolucionar de ser una feliz anfitriona a una triste y sangrienta despedida. Lo logra sin el ardor de drama rural que imprimió Benavente; ahora el drama es más personal y creíble hasta la peripecia final que, atropellada, resulta abrupta. Un cierre donde hay sangre sin pasión. Teatro de oficio.

Raimunda, Acacia, Juliana

Argumento con escopetas: Todo empieza con ruidos externos -en off- a una casa de campo: silbidos y caballos en los Berrocales (lugar manchego intemporal). En ella se celebra el compromiso de boda de Acacia -hija de Raimunda- con el joven hijo de Eusebio, labrador rico del lugar. Raimunda es la madre y Esteban su segundo esposo. Noche cerrada en el campo; se oye un lejano disparo de escopeta: muere el joven prometido. Todo acusa al primer novio de Acacia que se esconde y no puede vivir con el temor a la venganza del verdadero asesino: El Rubio, criado de Esteban, alguien que quiere “tener mando, mucho mando”. Una copla poco misteriosa recorre el pueblo.

Pero existe un triángulo amoroso oculto que se destapa en el momento más inoportuno, con consecuencias mortales. Acacia quiere a Esteban (esto sería incesto, más o menos) y Raimunda no puede soportarlo. Intenta escaparse y Raimunda-Aitana se interpone; craso error o acierto dramático de Benavente: Esteban la dispara (escopeta bien homologada) y muere Raimunda diciendo que su sangre ha salvado la vida de su hija. Clarividencia macabra. Cierre con toques de violoncello.

Juliana, Acacia

La MALdita copla: “El que quiera a la del Soto… tiene pena de la vida. Por quererla quien la quiere le dicen…la Malquerida”. Y la pena de la vida se cumple por partida doble: novio y futura suegra. Unos minutos más de acción y muere medio elenco.

Duelos actorales: Con la copla en mente uno está convencido que lo esencial del drama de Benavente son los enfrentamientos entre personajes que ocultan cosas y que él hace avanzar con los diálogos. Esto, en escena, son auténticos duelos actorales que se produjeron con ímpetus graduados:

– Raimunda-Aitana y su hija Acacia (Lucía Juárez): duelos generacionales en que la actriz madre comprende a la hija (Aitana se sabe los dos papeles), pero el personaje tiene que manejarse entre el cariño y el miedo. Quizás el duelo más sentido, sobre todo por la energía de Acacia-Lucía, a veces tierna, muchas veces iracunda.

– Raimunda-Aitana y su criada Juliana (Goizalde Núñez). Otra actriz metida en su papel y con resultados excelentes: Juliana-Goizalde aporta humor, sensatez y saber expresar las verdades de quien conoce bien lo sucedido.

– El Rubio (Dani Pérez Prada) y Esteban (Juan Carlos Bellido). El no tan joven Dani Pérez Prada borda su papel, lo hace creíble y se impone en sus duelos a un desdibujado Bellido, que parece perdido a ratos en el escenario.

El Rubio, Raimunda

– Esteban y Raimunda. Pareja que habla y sufre, pero en la que se impone el dolor y los cambios de Raimunda-Aitana sobre un anodino Esteban.

– Juliana y Acacia. Papeles agraciados que se disfrutan, más juntas en escena.

Comparaciones odiosas: Una obra para más gloria artística de Aitana Sánchez-Gijón que merece mejores críticas de cronistas regionales que la califican de “desmejorada” por su aparición en la cartelería en el momento en que ensangrentada acaba de recibir un disparo mortal (¿tendría que estar jocosa y feliz?). Una opinión publicada que olvida la muerte muy reciente de la madre de Aitana y se deleita después en las ociosas andanzas por la ciudad y arenales del fin de semana de Aitana en Santander. Hay invectivas de cartón piedra y diatribas sin sentido.

 

El concierto de Europa IV – Del siglo XX y la posmodernidad – Ateneo de Santander – 12 de junio – 19:00 horas

La Casa de Europa en Cantabria es una institución que procura acercar el espíritu europeo, sus músicas y literaturas, sus momentos y futuros, a la región. Desde 2023 un concierto anual muestra parte de su riqueza musical. El pasado viernes fue el cuarto titulado “Del siglo XX y la posmodernidad”. Al piano Silvia Carrera Hondal, al violonchelo Alberto Gorrochategui, dirigiendo y presentando Esteban Sanz Vélez. Tres músicos garantía de calidad y aprendizaje con sus propuestas.

Once temas se tocaron, muchos escritores y ensayistas se citaron, muchos momentos de un siglo convulso se recrearon. El llamado “jardín europeo” presenta a lo largo de la historia demasiadas manchas y descomposiciones, pero el siglo XX supera a todos los anteriores (guerras, decenas de millones de muertos, genocidios, desigualdades). Pero, en todos los jardines brotan esperanzas, algunas las da la música. Y con la ayuda de un piano Bosendorfer y un chelo afinado fueron apareciendo.

Todo se inició con Falla (1876-1946) en una canción de 1900 que preludiaba todo. La pianista se mostraba impecable y emotiva, algo que mostró en un vals de 1944 de Aram Khachaturian de su Suite Masquerade. Antes, con la mejor letra que existe en un tango, ella y Alberto tocaron Cambalache (1934), un tema que fue leído en ese texto que dice “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… ¡En el quinientos seis y en el dos mil también!… El siglo veinte es un despliegue de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”. Intenso Discepolo, intensos los artistas, intenso siglo XX… y también el XXI.

Alberto mostró una expresividad profunda con su instrumento en todos los temas, pero fue muy especial en el preludio de la Suite para violonchelo de Gaspar Cassadó (1926) una pieza que sobrecoge junto a los textos de un capitán que vivió la I Guerra Mundial. Menos mal que se cerró con la espiritual Spiegel im Spiegel (1976) de Arvo Pärt para dejar una alegre esperanza. Y un mensaje que renació en un texto persa de 1258: “Si no te duele el dolor ajeno, que te llamen persona no mereces”. Gracias Esteban, Silvia, Alberto… me siento un poco más europeo en esta era de la perplejidad.

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