Encuentros
Un comentario desafortunado, una mala interpretación, un juicio de intenciones apresurado, más o menos visceral, un dejarse llevar…Es habitual, cotidiano, forma parte de una forma de relacionarse, sobre todo en situaciones comprometidos en las que nos sentimos de una u otra manera particularmente involucrados. Y cuando eso sucede todo se vuelve más susceptible, ese a flor de piel en el que las espinas se afilan y atraviesan. Sientes a algo tan tuyo, que cuesta reconocer en el otro ese mismo compromiso. Sus matices así, pueden llegar a convertirse en ofensa, en pequeñas traiciones inconcebibles para quien siente algo desde su latido incontestable.
De esa manera los acontecimientos pueden desencadenarse de forma precipitada; tanto que digamos algo que en el fondo no queríamos decir, o por lo menos no de esa manera, o por lo menos no era nuestra intención hacer daño. Esos puntos de no retorno que se dan precisamente con quien compartes algo más allá de lo superficial; un sentimiento, unos principios, una causa.
En su libro de relatos «Los desencuentros» el escritor Luis Sepúlveda nos habla de ellos en sus diferentes maneras y expresiones, envueltos en sus propias cotidianidades. Un abanico de desencuentros cuyos caminos se alejan en pasos pequeños o grandes, por ese malentendido, por llegar un minuto más tarde, por no decir lo que se debía decir o hacer lo que se debía hacer, por elegir el silencio, por manejar la contradicción, por no hacerlo. Y el paso siguiente tras el desencuentro es el reproche que puede nacer incluso de la incomprensión.
Muchas veces el desencuentro viene de atrás, cada cual tenemos nuestras mochilas y no siempre es fácil colocar su peso o deshacernos de él. En ocasiones el desencuentro se magnifica precisamente por esa cicatriz que supura o por esa herida mal cerrada, ya se sabe que no todos los caminos son fáciles, en cada huella te dejas una parte de ti, de tu esperanza o frustración por darlo todo y sentir que no avanzas. Cuando eso sucede no es fácil colocar el paso siguiente o simplemente tomarte un respiro. Demasiadas veces los culpables están lejos, tan lejos que ni siquiera nos ven, aunque ellos no dejen de estar presentes para nosotros. No es tan raro que entonces tengamos un roce con quien nos acompaña. Como dice Sepúlveda los desencuentros se dan con aquellos con quienes compartimos el camino. Pero, precisamente por eso, es con ellos con quienes podemos crear ENCUENTROS, tantos como los momentos compartidos, los espacios de lucha, las alianzas creadas. Se pueden crear tantos encuentros como las personas por las que se lucha, por las que se siente, por las que se sale a la calle; las ideas, las convicciones, los principios que te llevan a darle sentido a tu vida. Y, quizás por eso, en esa fortaleza radica también una fragilidad que hay que proteger.
Como menciona Sepúlveda, no es casualidad el título, para él, la vida está hecha “de un cúmulo de imperceptibles fallos” que convierten los amores, los sueños y los proyectos políticos en “inexorable desvíos del destino”. El desencuentro como destino pequeño, como quiebro. Un acto, un espacio cultural simbólicamente desvirtuado, una palabra que se traga, otra palabra que se escupe y esa palabra que simplemente espera a ser escuchada, entendida, desnudada de apriorismos y prejuicios, así a latido descubierto desde la honestidad de la lucha, del sentimiento, de la causa compartida. Si así fuera, el desencuentro no sería tal, sería simplemente un desvío que nos lleva en el mismo camino, un nos alejamos un poco porque aquí simplemente no coincidimos, pero convencidos de que el espacio que aleja, puede a la vez convertirse en el camino que te lleva de vuelta, que genera reencuentros, que respira la ausencia desde ese echarse de menos que solo se da cuando alguien coge distancia. Muchas veces simplemente porque calzas un número de pie diferente. Porque todo no encaje perfectamente, no por eso vamos a dejar de caminar juntos.
Por eso los personajes de Sepúlveda no caen por un terremoto. Se caen porque tropiezan. Y eso duele más, porque habrá quien diga que se podría haber evitado. Por eso, igual que las historias de Sepúlveda, a veces hacen reír, otras llorar, otras enfadarse y otras, cuando se convierten en espejo de uno mismo, hacen pensar. Es ahí cuando lo que sucede, y cómo reaccionamos, se convierte en espejo no sólo de lo que somos, sino de lo que queremos ser, no sólo de lo que hacemos, sino de cómo lo queremos hacer, de como queremos caminar (siempre se me cuela Machada y sus caminos, será quizás un guiño). Porque el desencuentro casi siempre ocurre cuando alguien está de camino.
Quizás no vaya tanto de equidistancias o tarros de las esencias, sino de cada decisión y como queremos gestionar esa bola de nieve en mitad del terrorismo climático. El desencuentro es incómodo, porque vivimos obsesionados con “encontrarnos”; con la pareja perfecta, con el trabajo ideal, con el algoritmo que adivine lo que queremos. Pero como para Sepúlveda, la mayor parte de la vida es no cuadrar. Es amar y no ser correspondido. Es estar en el lugar equivocado el día correcto. Y, sin embargo, no hay cinismo. Hay verdad. Porque si la vida es fallo, también es humanidad. Porque nombrar el desvío es el primer paso para entender por qué seguimos caminando igual. Para encontrarnos.