El Teresuca

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Es como si te perdieras y al rato de deambular sin rumbo fijo encontraras lo que parece un sendero que se va abriendo paso entre la maleza hasta convertirse en senda. El camino te lleva, no sabes muy bien dónde, pero abordas la incertidumbre con la curiosidad del niño que oye el eco de una música de fondo y necesita saber más.
A medida que avanzaba la palabras iban tomando forma y la voz se reivindicaba entre el ruido y los “trejemenejes” de la gente que por allí andaba. Es un espacio refugio, mucho mas que una trinchera, es “ese lugar que se era” en los cuentos que no han pasado por el filtro de Disney y mantienen esa verdad que les hace auténticos.

Al fijarse en el suelo no había caído en la cuenta de que a las migas de pan se las habían comido las palomas, de que el asfalto desaparecía y con él todas aquellas estructuras metálicas, de cemento y hormigón, de humo y prisa por llegar a ningún lado. Lo que te hace ir mucho más deprisa aún a la caza del reloj, como si el tiempo fuera algo que cabe en una agenda o en la aplicación del móvil. Como si el tiempo dependiera de ellos para vivir y no al revés.

A medida que te adentrabas por el camino esos ruidos, prisas y ansiedades se iban alejando, haciéndose cada vez más pequeños y con ellos  las personas que los habitaban. Un recuerdo para todos ellos, en el fondo sabía que no era ajeno a ese mundo y que formaba parte de él. El sonido del viento lo despistó por un momento como si quisiera distraerlo con sus vaivenes. Una charla donde los temas de conversación eran las mismas ráfagas que lo zarandeaban de acá para allá, de allá para acá, en un intento fugaz de hacerle tomar partido en una discusión de la que no tenía ni idea. Cuando llegó, el viento ya no soplaba y eso precisamente era lo que le daba sentido a su respirar.

Al volver en sí la música seguía y con ella las gentes que habían ido apareciendo a medida que sus ojos se acostumbraban a esos colores y formas que, aunque no reconocía a primera vista, los sentía familiares, de esa familiaridad que solo la infancia conoce. Quizás habían estado siempre ahí, pero los árboles no le habían dejado ver el bosque hasta ese momento.

Es cierto que hay geografías invisibles porque no las queremos ver o porque el día a día va colocando capas sobre ella, tantas que al final acaban sepultadas bajo el algoritmo de turno, las facturas y ese día a día que pasa a veces rápido a veces lento, pero que demasiadas veces pasa de largo sin que nos haya dado tiempo a percatarnos de él. Como si fuéramos espectadores de una cotidianidad salvaje que pasa ante nuestros propios ojos. Y todo pasa sin que nos paremos a pensar donde nos lleva.

Pero ese lugar era diferente; como si cada una de esas personas fueran conscientes de lo que hacía, de porqué lo hacía, de la forma de compartir y celebrar. De la manera de buscarse para conocerse un poco más, de la manera de tropezar y pedir disculpas, de la manera de rebajar los grados de la lluvia para dejarla caer y disfrutar de ella, aprendiendo a escuchar su tacto sobre sus cabezas. Una manera de sentir lo inmediato sin olvidar el pasado, teniendo presente la rúbrica de quien antes estuvo ahí, jugando, trabajando, luchando.

En ese lugar veía como de forma natural se construían puentes para tener presentes a quienes antes fueron. Los encuentras en los juegos tradicionales, en la carreras de “cacharras” (en mi pueblo se llaman así), en el tirasoga o en el correr de acá para allá de los críos, en el preguntar de una madre “donde estará el mío” (apareció por cierto), en el poema de Libertad que “ojalá alguien supiera francés para leerlo como era el original” y que traduce a su pesar. En la forma de rendirle homenaje a sus más de 90 años leyendo ese poema. Y cada verso atravesaba porque era toda una vida de lucha y resistencia. Escrita a boli azul con la caligrafía y el pulso de toda una vida en una cuartilla, no había visto obra de arte semejante. Tal vez porque sólo en este tipo de lugares es donde algo así sucede.

Entre las risas y los bailes, entre el pasado y el presente, entre la hierba que aún se corta A Dalli, pero que aún crece, con su propia fauna revolucionaria silvestre de Ratujas y Cucarachas Extranjeras (más de aquí que nadie), entre el verbo de unas abuelas (ConchaJuanas) que renacen en el arte de su nieta con la fuerza del ancestro y el Feroz que responde al nombre de Pedro siempre que lo llaman, porque no miente en cada acorde de su guitarra -y muchos más-. Entre quienes se levantaron de madrugada para crear esa arquitectura de lo efímero que permanece aunque ya no esté y que se quedaron de madrugada a recoger (eso si que es poesía y de la buena). Ahí cada 18 de Julio aparece el Teresuca.

Nota: GRACIAS Smolny, gracias a Ruth y a Jose por hacer camino así.

 

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2 Comentarios

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