Los límites del espacio público
El espacio público como lugar de paso, de encuentro, donde saludar a tus vecinos, a tus conocidos, opinar, discutir, conocer, confrontar, compartir… Muchos son los verbos que acompañan a la hora de definir un espacio común indispensable para el ejercicio de la ciudadanía y la democracia, que dirían los clásicos. Un concepto que por otra parte se ha ido definiendo y resignificando a lo largo de la Historia. Porque el espacio público es “en función de…” fundamentalmente; en función de quien lo ocupa y de para qué, pero también de quien se queda fuera, si es el caso, y por qué. Si debe o no quedarse fuera y sus consecuencias para esa arquitectura de lo común que debería ser la democracia.
Es cierto que el concepto de espacio público ha sufrido una radical metamorfosis en los últimos años. Una transformación en la que aún estamos inmersos y que nos obliga a redefinir sus propios límites. Ahora incorpora el mundo virtual: las redes sociales. Y nos toca aprender qué rol ocupa en nuestra realidad: si solapa la realidad, la sustituye o la confunde, simplemente porque aún no le hemos cogido la medida. Somos cada vez más conscientes de su existencia. Sin embargo, esos límites se vuelven difusos cuando intentamos diferenciar lo público de lo privado, o cuando olvidamos a quienes se quedan fuera de esas redes. Por eso, cuando estamos en un espacio público de debate, como la plaza, hay quien lo transita con esa sensación de «me estoy perdiendo algo».
Ya Joaquín Costa en el s.XIX alertaba sobre el secuestro de la opinión pública en aquella época consecuencia del fraude electoral. Hoy el fraude es algorítmico. Quizás nos quede un poco lejos, pero Costa nos puede servir para reabrir la puerta sobre qué es la opinión pública y de qué manera se sustancia en nuestra sociedad este (no tan) nuevo universo de las redes sociales. Cómo se expresan esas opiniones, cómo las categorizamos, organizamos y afrontamos. De qué manera se habla “en nombre de” y lo que esto supone.
Por otra parte, ¿cualquier postura tiene su espacio, sea la que sea? ¿existen límites? Si así fuera ¿qué sucede con quienes los rompen? ¿son expulsados, asimilados, rebatidos? Cada día nos encontramos con situaciones en las que estas preguntas debieran aflorar si lo que queremos es construir una sociedad madura, democráticamente hablando. Y cuando esto pasa no está de más complejizar un poco y no dar rienda suelta a apriorismos y barandillas (que diría Hannah Arendt) usadas para colocarse en el mundo y saber dónde se está “pinao” (Quien haya jugado al pasabolo sabrá que a veces el bolo se cae). Lo que cada vez puede resultar más confuso. Por eso es fácil recurrir a determinados esencialismos como “lugares refugio” donde aferrarnos entre tanta ceremonia de la confusión. Parecería más sencillo, ya que ese lugar nos ofrece todas las respuestas. Eso sí, pagando el peaje de la simplificación y deshumanización del otro. Camino que ya sabemos dónde nos lleva.
Es en el espacio público donde se crea el marco de relaciones, de códigos y comportamientos, donde se va construyendo esa arquitectura de lo común. Es en lo cotidiano, en el día a día, donde vamos configurando nuestro “Yo en el mundo” trasladando imaginarios, narrativas y reivindicaciones que hacemos nuestras. En este proceso puede suceder que nuestro vecino, con sus opiniones y forma de ver el mundo, se convierta en el representante de eso que decimos combatir. Podemos responderle, boicotearlo, apartarlo… Todo dependerá de quien haya (im)puesto el marco en esta guerra cultural de la que tanto se habla hoy en día. Una en la que hablar de los DDHH corre el riesgo de convertirse en muletilla para colar un sectarismo ideológico que no se vea la viga en el ojo propio. Así desdibujo a mi vecino y lo convierto en enemigo, en el representante simbólico o real de esa amenaza que combato.
¿Se puede evitar este distanciamiento o esta puerta a la deshumanización? ¿Se puede proteger ese espacio sin que se convierta en semillero de odio? ¿En blanqueamiento de discursos antidemocráticos? ¿La exclusión genera victimización? Hay quien dice que el espacio público debe proteger unos valores universales compartidos, pero en un mundo cada vez más atomizado parece bastante complicado, si no lo fue siempre.
Una lucha de relatos y narrativas, que nos trae la posmodernidad, buscando esa legitimidad y hegemonía moral sobre la que construir y justificar sus acciones, donde la realidad ofrece margen para adaptarla y manipularla a la mirada propia (y si no la deformamos a golpe de IA o teoría de la conspiración). Pero también margen para un debate honesto que confronte y que obligue a los «juez y parte» a explicar y justificar (si pueden) sus sentencias, a retratarse al hacerlo. No se trata de una plaza de acuerdos. Se trata de una plaza de responsabilidad. Donde el vecino deja de ser avatar y vuelve a ser cuerpo. Y donde la única pregunta que se le hace a cualquiera es: ¿puedes sostener lo que dices, lo que defiendes, por lo que luchas?-Te escucho. Menudo reto.