De Palacio a Marca

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El Palacio de Cortiguera no necesitaba un salvador. Necesitaba memoria. Sin embargo, cuando apareció Okuda, el relato dejó de hablar de patrimonio para empezar a hablar de
marca, turismo y proyección internacional.

Basta detenerse unos segundos frente a su fachada. El ladrillo rojizo. Las ventanas cegadas por el abandono. Los detalles neomudéjares que aún desafían el tiempo con una dignidad
insolente. Mientras Cañadío bulle a unos pasos, el Palacio de Cortiguera permanece oculto a plena vista. Es una cicatriz arquitectónica en el centro de Santander que las instituciones
dejaron de proteger. Pocas construcciones condensan con tanta claridad el significado del olvido institucional.

Durante décadas nadie supo qué hacer con él.

Legislatura tras legislatura, el Palacio de Cortiguera contempló el desfile de promesas, campañas electorales y proyectos que nunca terminaban de llegar. Cambiaron los
eslóganes, cambiaron los rostros, pero el edificio siguió esperando.

Y entonces apareció Okuda.

El relato institucional encontró, por fin, un héroe. En la presentación del proyecto, el foco dejó de estar en las décadas de abandono para desplazarse hacia quien venía a «devolver la vida» al Palacio. El problema ya no era cómo una joya patrimonial había permanecido olvidada durante tanto tiempo, sino la épica de su rescate. Cuando el salvador ocupa el centro del relato, desaparece una pregunta incómoda: ¿quién permitió que hubiera que salvarlo?

La noticia fue recibida con entusiasmo. Un artista internacional. Un museo. Inversión privada. Turismo. Proyección cultural. Un edificio abandonado que, por fin, parecía encontrar un destino. El relato era perfecto. Demasiado perfecto. Porque la gentrificación rara vez llega anunciándose como tal. Suele hacerlo envuelta en palabras como «revitalización», «dinamización» o «puesta en valor».

La discusión no gira en torno al Palacio de Cortiguera. Gira en torno a Okuda. Y eso demuestra hasta qué punto hemos reducido nuestro patrimonio a un simple soporte para el espectáculo.

Nos hemos acostumbrado a entender los edificios históricos como recipientes vacíos, esperando el contenido adecuado para justificar su existencia. Como si una arquitectura centenaria no tuviera ya suficiente capacidad para hablar de la ciudad que la construyó.

Es una lógica contemporánea.

Las ciudades ya no compiten únicamente por ser habitables. Compiten por ser fotografiables. En ese ecosistema, determinadas formas de arte prosperan porque no exigen tiempo, contexto ni interpretación. Funcionan a primera vista. Son inmediatamente reconocibles, fácilmente reproducibles y extraordinariamente rentables en la economía de la atención. No necesitan ser  comprendidas: basta con que sean compartidas.

Y ahí reside la paradoja.

La obra de Okuda encaja casi a la perfección en esa lógica. Sus colores saturados, sus geometrías limpias y sus símbolos reiterados poseen una enorme potencia visual. Pero precisamente esa inmediatez plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estamos ante una obra que invita a mirar y hasta qué punto ante una imagen diseñada para ser consumida con la misma rapidez con la que se desliza un dedo sobre una pantalla?

Cuando El País tituló «El ‘Kolor’ contra el olvido: Okuda rescata del abandono el Palacio de Cortiguera», probablemente pretendía resumir una noticia. Sin embargo, también resumía una manera de entender la cultura. El verbo «rescatar» no es inocente: convierte una operación urbanística en una epopeya personal. El edificio deja de ser patrimonio para convertirse en el escenario de una redención protagonizada por una marca.

Los edificios históricos no caen en el olvido por sí solos. Los olvidan las administraciones, los presupuestos y las prioridades.

El Palacio de Cortiguera no esperaba un héroe. Esperaba que alguien hiciera su trabajo.

Eso dice mucho menos sobre Okuda que sobre nosotros.

Es la historia de una ciudad que solo parece mirar su patrimonio cuando alguien promete convertirlo en un acontecimiento.

Una cultura que mide el éxito por el número de visitantes antes que por la calidad de la conservación. Que busca edificios capaces de albergar eventos en lugar de eventos capaces de explicar edificios. Que convierte la historia en un soporte para la promoción turística.

Como si necesitáramos colorear aquello que nunca aprendimos a mirar.

El Palacio de Cortiguera lleva décadas esperando a que alguien entendiera que la belleza de un edificio histórico no consiste únicamente en el uso que pueda dársele, sino en la memoria que conserva.

Porque hay una diferencia enorme entre rescatar un edificio y apropiarse de su relato.

Y toda ciudad debería preguntarse cuál de las dos cosas está haciendo antes de celebrar que, por fin, alguien ha venido a salvar aquello que ella misma decidió abandonar.

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