FIS 2M26 4 – John Elliot Gardiner, todo un personaje dirigiendo una orquesta y un coro interestelar. Emotiva noche entre alabanzas y destinos humanos confesables

En el mundo de la crítica se aventuraban confianzas y desconfianzas antes de que el pasado viernes aparecería por el Palacio de Festivales de Santander un genio que había revolucionado la música barroca y que ahora iba a hacer lo mismo con dos obras del romanticismo alemán. El genio era Gardiner y los germanos compositores: Brahms y Mendelsson. El director inglés “sir” ha vivido varios episodios de -digamos- impulsividad en escena, la última el pasado mes de junio en Leipzig. Un poco enfadado con el mundo-o un mucho-, cerró su coro y orquesta habitual en 2024 creando otros que visitaban por primera vez Cantabria y dicen llamarse "The Constellation Choir & Orchestra". Sí: la 'constellation' inglesa es la constelación española, esa bóveda celeste que agrupa a un conjunto de estrellas; empoderamiento divino (también de divo). (Fotografías: © FIS / Pedro Puente)
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The Constellation Choir & Orchestra – Sir John Elliot Gardiner, director – 21 de agosto – Sala Argenta – 20:00 horas

Afinaciones previas. Foto personal

Antecedentes: A unas 100 millas de Londres, en un entorno paradisiaco en el condado de Dorset, John Elliot Gardiner (desde 1998 “sir” por la gracia de su graciosa majestad Isabel II en su cumpleaños -en el de ella, que Gardiner nació un 20 de abril de 1943-) prepara sus coros y orquesta actuales que quieren ser toda una “Constelación”. El lugar, una granja orgánica con patitos, jardines junto a bosques, jovencitos cantando junto al riachuelo, salas de conferencias y conciertos, es un remanso de paz para un guerrero de la música. Una violencia física ejercida por “sir” John Elliot sobre un tenor en agosto de 2023 en el festival de Berlioz le llevó a la picota pública y a un enfado personal no reconocido: cerró su querida y magnifica obra coral y musical (MCO: Coro y Orquesta Monteverdi) para en una granja familiar recrear el mundo idílico en el que quiere renacer. Así surgió en agosto de 2024, como un proyecto de excelencia artística e interdisciplinar, la iniciativa Springhead Constellation. Se dicen de sí mismos que son una constelación de estrellas (tal cual, modestias aparte); quien los dirige se lo cree y los anima a prestar “toda su atención a nuestro entorno y a eliminar el factor ruido. Una lente constelacional que fomenta conexiones globales mientras nos inspiramos en el patrimonio local”. Serian “consteladores”, esa profesión pseudo-terapéutica, con el firmamento como excusa creativa. Se presentaron el pasado viernes en Santander. No llenaron la sala.

Los tres trombones en acción (coro detrás)

Concierto: El coro –The Constellation Choir– fueron 33 cantantes, 19 mujeres y 14 hombres. La orquesta –The Constellation Orchestra– eran 54 músicos, 36 en las cuerdas y 18 en los vientos. Toda una constelación de artistas… terrenales. Al frente de ellos «la luz de las estrellas» (les aseguro que así le tratan algunos críticos del mundanal ruido musical), un Gardiner que se merece un apartado especial.

El programa tenía un título que no aparece por ningún lado, salvo en la página del ensemble: “Praise & Destiny” (“Alabanzas y Destino”). Las alabanzas serían las de la Sinfonía n.º 2, Lobgesang (Canto de alabanza), op. 52 de Felix Mendelssohn (1840). El destino la Canción del destino (Schicksalslied), op. 54 de Johannes Brahms (1871). Brahms y Mendelssohn son dos grandes compositores del romanticismo germano y las obras propuestas son habituales en los programas de concierto. Los “Constellation” apostaban sobre seguro y no se rompieron mucho la cabeza con el título.

Hilary Cronin, soprano. Gardiner de espaldas.

Primero fue Brahms en una canción sobre el destino en tres movimientos, breve y triste. Suaves acordes y un coro que todavía no estaba muy intenso. Gardiner a lo suyo, dirigir embelesado y pedir constantemente pianos (ritmos tranquilos, no instrumentos con 88 teclas). Luego, sin pausa de descanso, una sinfonía de Mendelssohn creada para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de la imprenta (Gutenberg renaciendo 400 años después cuando ya existían rotativas más ágiles y precisas para reproducir partituras o la Biblia como motivo de trabajo). Tres trombones -trombonazos- marcaron un motivo inicial que se va repitiendo a lo largo de la sinfonía, donde los tres movimientos iniciales dejan paso a nueve canciones corales que convierten la obra en una cantata u oratorio. Coro ya intenso y con ganas de mostrar sus cualidades con sus tres solistas luciéndose en temas como el allegro maestoso e molto vivace “Die Nacht ist vergangen” (“La noche ha pasado”) donde un angustiado tenor proclama “Centinela, ¿Cuánto queda de la noche?”; un momento donde de la oscuridad se pasa a la luz con una soprano anunciando desde fuera del escenario que ha pasado la noche y corroborándolo todo el coro. Instante especial conducido con primorosa delicadeza y mucha expresividad vocal.

Al final, fueron 70 minutos de renacido misticismo muy ovacionados. Gardiner y sus constelaciones tenían preparada la propina: el Canto espiritual (Geistliches Lied) de Brahms (1856) donde se repetía la frase en alemán “¡Que no te aflija la tristeza!”. Una espiritual y delicada delicia. Una noche donde brillaron las voces y músicas terrenales.

Hilary, Gardiner y Jonathan Hanley, tenor

Personaje: Estoy convencido que Gardiner dirige con su dedo índice de la mano izquierda que utiliza constantemente para dar entradas, subrayar notas clave y recorrer el espacio buscando objetivos. Su cara anuncia lo que va a ocurrir mientras va explicándose a sí mismo lo que está viviendo en su interior. Canta suavemente y tararea imperceptiblemente, siempre pendiente de todo. Un auténtico radar como director que va recorriendo el espacio de izquierda a derecha y vuelta a empezar. Las pausas le llevan a atusarse el pelo o tocarse ligeramente la cara. Sufrió los calores santanderinos que aplacaba con un pañuelo sacado con discreción y vuelto a su sitio más discretamente.

Los momentos intensos le llevan a una mayor amplitud y gesticulación con las manos con unas miradas a las secciones de la orquesta y voces del coro que se sienten sin tenerlas delante. Un gesto suyo pide lo mejor de cada interprete: la mano izquierda da la vuelta y con la palma de la mano hacia arriba cuatro dedos se mueven ligeramente pidiendo más. Hay complicidades, cuchicheos con la soprano y palabras inaudibles desde fuera del escenario. Un estilo que rebosa sabiduría para sacar adelante grupos humanos, pero que implica aceptar su magisterio en todos sus requerimientos.

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