«Voy a dormir con la conciencia bien tranquila sabiendo que estaba con mis compañeras en el momento y lugar correcto de la historia»

El desahucio de Maricarmen en Madrid sirve para poner bien a las claras que hay un problema grave de vivienda en España, que lleva años empeorando y sin que aparezcan soluciones para garantizar de mejor forma el derecho a tener un hogar (fotos: Richard Zubelzu)
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En el desahucio consumado, a la cuarta, de Maricarmen en Madrid, había tanta gente que también había cántabros presenciando lo que sucedía. Con voluntad de acampar y de lo que hiciera falta con tal de que esta vecina no tuviera que marcharse, Gonzalo Álvarez es una de las personas que integra el Sindicato de Inquilinas de Madrid y que reflejó en sus redes sociales algunas de las cosas que pasaron en un surrealista 23 de septiembre.

Lo del surrealismo es porque una mujer de 87 años y con una discapacidad tenga que soportar, cuatro veces, un intento de echarla de su casa. A la cuarta fue la vencida, y ella acabó en el hospital, ingresada, porque hay emociones que son demasiado para cualquiera.

Olmo Calvo es fotógrafo, también de la tierruca. Se ha metido, profesionalmente, en unos cuantos ‘fregaos’, y también ha sido testigo de un despliegue policial digno de Sito Miñanco o Luis Roldán. Leire Díez no concita tanta atención, pero, por Maricarmen, lo que haga falta. Por echarla de su casa.

Richard Zubelzu es director de cine y ahora está en medio de la creación, junto a Magda Calabrese en Objetivo Familiy Films, de un documental que versa sobre el problema de la vivienda. Se llama ‘Turistas, buitres y vecinos’ y hay abierta una campaña de crowdfunding para apoyar su producción.

Tres personas que han visto una movilización de un tamaño difícil de recordar en un desahucio, y una respuesta de las autoridades que se pelea un poco con la idea de proporcionalidad que tanto se apareja a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Durante la mañana del desahucio y después, por la tarde y noche, cuando se ha producido una movilización de rechazo a lo sucedido que también ha recibido porrazos al querer cortar el tráfico en una de las calles principales de Madrid.

Ya hace tiempo que lo de los grandes despliegues también lo hemos visto en Cantabria. Dispositivos que llegaban al lugar de madrugada, tres o cuatro horas antes de la llegada de la comitiva judicial que se persona en el domicilio para certificar el lanzamiento (quizá darle una vuelta a este nombre) o para buscar algún otro tipo de solución o, al menos, un aplazamiento.

Álvarez se hacía eco de una publicación del Sindicato de Inquilinas de Madrid en Twitter en que se veía la espalda de uno de los activistas completamente raspada, porque los agentes fueron apartando a personas que trataban de defender a Maricarmen y los sacaban a rastras del lugar. A rastras varios metros.

No había problemas por el dispositivo, porque había agentes de sobra. Furgones policiales como para llenar la parte principal de una calle situada junto al parque de El Retiro y un helicóptero para vigilar lo que sucedía desde el aire. Una manifestación pequeña no requiere de ese pájaro observador y una mediana quizá tampoco. Aquí había centenares de activistas, no decenas de miles. Zubelzu (de quien son las fotos de este artículo), expresaba su asombro por ver un esfuerzo tan voluminoso para desahuciar a una persona de 87 años.

Calvo tiene incluso el vídeo de cuando la Policía empieza a entrar por la fuerza en la vivienda de Maricarmen (70 años viviendo en el mismo sitio), recogiendo el sonido de cómo se expresaban los agentes para llevar a cabo la orden que debían cumplir.

«Te habla la policía», «ábrenos, Maricarmen». Acudes a un domicilio a expulsar a su inquilina y te expresas como si la conocieras de toda la vida, incluso como si tuvieras algún tipo de complicidad con ella. Tuteando a una mujer de 87 años a la que le vas a infligir un daño difícil de describir. Así podría expresarse un bombero que acude a resolver una urgencia, un sanitario que viene a recoger a una persona para llevarla en ambulancia a un centro de salud o incluso un policía que ha sido avisado de que ocurre algo anormal en una casa. Para echar a alguien de su casa quizá se requiera más tacto.

Ya desde el lugar, la calle Alcalde Sainz de Baranda, Álvarez tuvo alguna diferencia de pareceres con personas del Gobierno central, como la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, que hizo un ejercicio de echar balones fuera, como si no fuera con ella, como si su Ministerio se encargase de temas de Guatemala o Sudáfrica y no de España. Las competencias como arma arrojadiza para ver quién tiene mayor porción de culpa, en lugar de colaborar para encontrar una solución.

Mientras se produce esa discusión y algunos partidos se esfuerzan en decir que son quiénes más apoyan a Maricarmen, el desahucio se acaba produciendo. Empatía forzada, pero los ojos que vieron lo que pasaba en directo tenían que lidiar con su propio corazón encogido o también con la indignación de algo que, éticamente, parece un abuso flagrante. Si esto se lo pueden hacer a una mujer de 87 años con bastante respaldo social, ¿Qué no le podría pasar a otra persona?

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