La ciudadanía responde a los discursos de odio con una gran movilización en Santander
Estamos en tiempos complejos y donde reducir cualquier debate a la máxima simplicidad no ayuda nada a comprender lo que sucede a nuestro alrededor. Estamos en un momento particular, sobre todo si hablamos de España y la Unión Europea, por lo sucedido en Ceuta el pasado 30 de julio, y por cómo sigue siendo la situación en la ciudad autónomo.
Los discursos de odio contra los vulnerables son la manera más fácil de simplificar. Los de dentro, todo bien, los de fuera, todo mal. Un hecho tan excepcional debe responder a diversas causas y no a una sola. Explicar algo así con 10 o 20 palabras busca anular la capacidad de análisis de quien escucha.
Lo de Ceuta ha sido algo excepcional de este pasado verano (y otoño, al menos), pero el Galerna Fest es un evento que ya lleva varios años celebrándose en Santander, por estas fechas de cambio de estación y final de septiembre. Un evento al que acuden bandas con discursos que no apelan a una convivencia, a un respeto, a una armonía social. Apelan al odio, el racismo y la xenofobia, tratando de romper cualquier consenso respecto a la acogida de personas que procedan de otros lugares.
Que esta semana se haya producido el desahucio de Maricarmen (española, pero parece que de segunda) parece haber provocado una reacción social. La sociedad civil ha sido convocada para rechazar el modelo que premia a los especuladores y castiga a las familias vulnerables. Y en Santander ya estaba fijada esta fecha para mostrar que una sociedad puede ser diversa y asumirlo con naturalidad.
Los llamamientos a participar en esta manifestación han sido muy variados. Han sido muchos los colectivos y organizaciones que han anunciado su participación. Con una ola reaccionaria que va ganando espacios y terreno en buena parte del planeta, tener un festival de las características del Galerna Fest, es como palpar esa ola en tu propia casa. Y con unas instituciones que ni actúan ni parecen estar en contra, o lo dicen con la boca pequeña.
Esta pasada noche de viernes, los grupos que actuaban en el San Migueluko Rock, un festival alternativo que ha cumplido 10 ediciones en Los Corrales de Buelna, insistían en que la manifestación del sábado a mediodía era un evento importante para acudir. La movilización en la calle sigue teniendo mucho sentido, sobre todo al ver que las manifestaciones masivas ya no son tan habituales como hace unos años o décadas.
Esta vez la respuesta ha sobrepasado las expectativas. Otra vez un día de buen tiempo (algo ya demasiado frecuente) y aprovechar para decir que hay gente dispuesta a resistir ante una avalancha de odio que rebaja la calidad humana de la sociedad que se abraza a él.
Aunque fuera un recorrido un poco extraño, tenía su cierto sentido. Comenzaba en la Plaza de los Derechos Humanos, el concepto al que más agarrarse en estos tiempos que se ponen oscuros. Es una plaza junto a la calle Alta, más arriba del Parlamento de Cantabria y cerca del centro cívico Callealtero. En lugar de caminar hasta el Ayuntamiento, el final del recorrido ha sido la Plaza de la Esperanza. Algo que es necesario no perder y regar todo lo posible. porque es posible mejorar y no dejar de intentarlo.
Ambiente del sano. Donde encontrarse a vecinas, compañeros de otras luchas y reconocerse en que hay unos mínimos que deberían subsistir, por muy complicado que parezca. Cuando hablamos cara a cara con otras personas suele salir una buena versión de nosotras mismas, mucho más que escribiendo mensajes en una pantalla que parten del enfado y no del espíritu de construir. Y aquí estaban personas que trabajan en ONGs, colectivos feministas, centros sociales…
El sentido de esta movilización es dejar claro que hay que mirar a las personas. «No sobran migrantes, sobran fascistas» o «no son menas, son chavales» fueron algunos de los cánticos de la manifestación, que transcurrió sin incidentes. Los mensajes van hacia la sociedad en general, pero también con el acento puesto en las instituciones y sus responsabilidades. Ya son varios años en que la UE subcontrata la seguridad de sus fronteras pagando a otros países para que hagan de freno a las personas que tratan de llegar a nuestras orillas. Cárceles para migrantes, desoír la obligación de socorrer a un embarcación con problemas en el mar, devoluciones en caliente…
Cuando la respuesta de una institución es encogerse de hombros, quizá haya que recordarle que su misión es defender las leyes vigentes, pero también se pueden hacer nuevas o modificar antiguas para tratar de que algo que busca dividir y enfrentar no tenga una cabida tan sencilla y no se repita un año tras año, o un día tras otro.
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