Vecinos de Velarde

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Unas tiendas de campaña cerca de la estatua de Pedro Velarde. Velarde, el capitán de artillería que lideró junto a Luis Daoíz el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia.

Una estatua es también un símbolo. En este caso reivindica una figura histórica y su papel en un momento decisivo. De un pueblo hecho de muchos pueblos que empezaba a tomar conciencia de su propia identidad, que se unía frente al francés. Es curioso cómo el enemigo común refuerza la cohesión del grupo. En la España del siglo XIX, como nos recuerda el profesor Álvarez Junco en su imprescindible Mater Dolorosa, esa idea de España estaba en construcción. Guardaba similitudes con los procesos de construcción nacional del resto de países europeos pero, como es lógico, al igual que éstos, tenía sus propias particularidades algunas de las cuales que han prevalecido hasta hoy.

Pero, para el caso que nos ocupa, lo interesante es mostrar cómo esa estatua puede ser un símbolo que nos lleva a un momento de la historia y que, a la vez, nos interroga sobre la actualidad. Sobre la manera en que afrontamos la época que nos ha tocado vivir.

Nada más lejos de establecer paralelismos, sería un error. Pero esa estatua nos permite tomarnos la licencia de hacer un breve pero intenso viaje en el tiempo y transitar las calles de la mano de personas que entonces enfrentaban también su presente. En un ejercicio de imaginación histórica, no como ficción, sino como ejercicio crítico, recreamos escenas cotidianas diferentes a las de ahora pero alimentadas por los mismos impulsos: miedo, amor, esperanza, resignación, lucha o supervivencia. Vidas que de pronto se ven interpeladas por un acontecimiento y que reaccionan de una u otra manera.

En la España de 1808, imagínate dejar de ser siervo para empezar a ser ciudadano, aunque fuera como horizonte de posibilidad. En una España que se rebelaba contra quien decía traerle ese principio liberador (algo que explica muchas de las contradicciones heredadas del XIX).

Desde lo cotidiano, lo que sucedía era que alguien los atacaba y se defendían. Y de esa lucha surgiría algo nuevo, sin saber siquiera la medida del cambio. Es la historia de los de abajo, como se conoce a la Historia Social o a la Microhistoria. La historia de personas envueltas en momentos cuya dimensión desconocen y que la mayoría serán olvidadas. Pero que, por azarosas aritméticas de la vida, algunas dejan huella y prevalecen, porque simbolizan algo.

Velarde era consciente de su lucha contra el francés, pero no sé si tanto de la dimensión de la misma. Ni de que siglos después un grupo de personas pondría sus tiendas en la plaza que lo acoge como inquilino indefinido en el devenir de la historia. Personas que responden al momento concreto que les ha tocado vivir. Que, por supuesto, no compiten con Velarde, pero que durante unos días se han convertido en sus vecinos en una lucha por una vivienda digna. Y dando un ejemplo de dignidad al que no se le levantan estatuas, por lo menos nos de esas, pero que forma parte de esa arquitectura anónima que permite saber dónde mirar cuando perdemos las coordenadas.

No buscan ser ejemplo, ni pasar a la posteridad, ni tener una estatua. Pero  desde lo cotidiano responden.

Responden ante una invasión de fondos buitre, entendida como prácticas especulativas que han llevado a esta sociedad a considerar la vivienda como un lujo cada vez más privativo.Personas que se organizan, estudian, van a trabajar y vuelven a esa acampada, a esa plaza, a esas tiendas, para mostrar con su presencia una realidad que todos vemos cuando alguien la señala, pero que quizás, nos costaba ver en su verdadera dimensión. Y es curioso si lo piensas. Esas tiendas se levantan sobre el cemento donde cuesta tanto echar raíces y muestran una realidad que nos incumbe a la mayoría. Su comportamiento pacífico, su lucha cívica, sin quererlo, convierte en ejemplo.
Sus demandas, tan utópicas —ironía modo on— como una vivienda digna, que deje de ser objeto de especulación, cumplir el artículo 47 de la Constitución. Que esa demanda muestre además el modelo de sociedad en el que vivimos, donde hay quienes necesitan criminalizar a quien reivindica un derecho universal. Algo que siempre ha ocurrido. La sociedad solo ha avanzado cuando se ha luchado por los derechos. Cuando se ha señalado algo tan obvio como revolucionario. Que hay principios que no son negociables, ni subjetivos. Que hay derechos que deben ser protegidos. Que el primero de los deberes debe ser anteponer al ser humano por encima de los beneficios económicos y su capacidad deshumanizadora. Que esos mínimos no pueden estar sujetos a debate, porque de hacerlo acabaremos por equiparar a víctimas con verdugos. O aún peor, convirtiendo a las víctimas en verdugos para así no sentirnos culpables al desahuciarles.

Y todo esto a unos pasos del capitán de artillería Pedro Velarde que seguirá cuando ellas no estén. Pero es que hay huellas que permanecen aunque se dejen de ver, porque aunque cambien sus nombres se llaman igual.

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