“La exclusión social no es un accidente, es una condición normal”
La pobreza no es una consecuencia accidental del funcionamiento de la sociedad, sino una realidad vinculada a sus propias estructuras de poder. Así lo plantea Imanol Zubero, doctor en Sociología y profesor de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), que defiende la necesidad de revisar los mecanismos económicos, políticos y culturales que generan exclusión social. «La exclusión social no es un accidente de las economías o de las sociedades en las que vivimos, es una condición normal», sostiene Zubero en una entrevista en la que aborda la relación entre pobreza, desigualdad, vivienda, políticas sociales y migraciones, en el marco de la Semana contra la Pobreza en Cantabria.
El sociólogo participará en Santander en una conversación con la antropóloga, ingeniera y activista ecologista Yayo Herrero, en el Centro Cultural Tabacalera. Será esta tarde a las 19:00. El encuentro plantea una reflexión sobre un sistema que, según Zubero, produce personas empobrecidas a través de su funcionamiento habitual.
Para el profesor, es necesario identificar las características de ese modelo de sociedad, que define como «capitalista», «colonial» y «patriarcal». Se trata, explica, de estructuras de dominación en las que las ventajas y los derechos de unos sectores se construyen, en ocasiones, a costa de la exclusión de otros. Por eso, considera que reducir la pobreza exige interrumpir los mecanismos que reproducen esas desigualdades, en lugar de limitarse a atender sus consecuencias.
De la pobreza como desgracia a la pobreza como culpa
Zubero advierte de que, además de las desigualdades materiales, existe una tendencia a responsabilizar a las personas empobrecidas de su propia situación. Un discurso que, a su juicio, se ha reforzado con la extensión de la meritocracia y de una cultura que vincula el éxito personal al esfuerzo individual.
El razonamiento consiste en presentar las oportunidades como si estuvieran igualmente disponibles para todo el mundo y concluir que quien no consigue prosperar es porque no ha hecho lo suficiente. De esta forma, la pobreza deja de interpretarse como un problema colectivo y pasa a considerarse un fracaso individual.
El sociólogo contrapone esta visión a la que se extendió tras la Segunda Guerra Mundial con el desarrollo de los Estados de Bienestar, cuando se reforzó la idea de que las instituciones debían proteger a las personas en situación de vulnerabilidad.
Frente a aquel enfoque, considera que el actual contexto neoliberal recupera la culpabilización de quienes sufren la pobreza y favorece respuestas punitivas y de control social. Como ejemplo, menciona el desahucio de Maricarmen en Madrid y la búsqueda de aspectos de su vida personal que pudieran debilitar la solidaridad hacia ella. Esa lógica, señala, permite desplazar la atención desde la situación que atraviesa una persona hacia la idea de que, de algún modo, se ha ganado lo que le ocurre. En este sentido, recupera una pregunta de la ensayista francesa Viviane Forrester, autora de ‘El horror económico’: «¿Hay que merecer el derecho a vivir?».
Para Zubero, disponer de alimentación adecuada y de un lugar donde refugiarse son necesidades fundamentales que no deberían depender de una valoración sobre la conducta o los méritos de cada persona. «No podemos poner la idea de merecimiento por encima de necesidades fundamentales de todo ser humano», afirma.
La solidaridad necesita instituciones
Zubero reivindica los mecanismos institucionales de solidaridad que representan los Estados de Bienestar. La ciudadanía, explica, puede respaldarlos mediante el voto y los impuestos, de forma que la protección social no dependa únicamente de la voluntad de quienes se encuentran con una persona necesitada.
El problema, a su juicio, aparece cuando las instituciones que deberían garantizar derechos se convierten en estructuras que imponen condiciones cada vez más restrictivas a las personas vulnerables. Su propuesta pasa por reclamar administraciones públicas que, además de utilizar los recursos de forma eficiente, mantengan la solidaridad como una prioridad. «Que si tienen que sacrificar algo no sea la solidaridad», plantea.
En la entrevista, Zubero también valora la confluencia entre los movimientos ciudadanos por el derecho a la vivienda y las organizaciones sindicales en la convocatoria de una huelga general a la que alude durante la conversación. El sociólogo, que afirma estar afiliado a un sindicato sociopolítico, interpreta esa alianza como una oportunidad para conectar las reivindicaciones surgidas en las calles y las plazas con la capacidad organizativa del sindicalismo.
A su juicio, se trata de una movilización que va más allá de la disputa electoral y que expresa una demanda sobre las condiciones de vida y los derechos sociales. «No queremos ser una sociedad en la que haya más Mari Carmen», señala. Zubero considera importante que los sindicatos hayan atendido las reivindicaciones ciudadanas y que, a su vez, los movimientos por la vivienda reconozcan el papel de las organizaciones sindicales en la defensa de los derechos sociales y de la democracia.
Las fronteras también reflejan la desigualdad
La conversación aborda asimismo la situación de Ceuta y las dificultades que afrontan las personas migrantes que intentan llegar a España. Zubero considera que las fronteras políticas ya no responden por sí solas a los desafíos de un mundo globalizado y advierte de que pueden convertirse en barreras éticas que separan a quienes tienen derechos de quienes encuentran obstáculos para ejercerlos.
El profesor reconoce las dificultades que una llegada masiva de personas puede generar para una ciudad y sus instituciones, pero pide que esa situación no impida mirar las razones que llevan a miles de personas a abandonar sus lugares de origen.
En su opinión, hay que preguntarse qué condiciones de vida hacen que alguien esté dispuesto a afrontar viajes en los que puede perder la vida. La desigualdad internacional, sostiene, constituye un factor decisivo para entender esos desplazamientos. «Es la desigualdad el auténtico efecto llamada», afirma, frente a los discursos que atribuyen la llegada de personas migrantes a las ayudas sociales.
Para Zubero, intentar detener esos movimientos sin abordar las diferencias materiales entre el Norte y el Sur resulta insuficiente. Las fronteras, concluye en este punto de la entrevista, no pueden convertirse en una justificación para abandonar la solidaridad hacia quienes buscan unas condiciones de vida mejores.
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