Paseos arrebatados por el escenario. 90 largos minutos con Anabel Alonso y Simone de Beauvoir

La mujer rota – Teatro – Sala Pereda – 23 y 24 de octubre – 19:30 horas
Hay veces que este cronista no entiende que un cuento llamado Monólogo pase a ser renombrado como La mujer rota en su adaptación española (no se sabe por quién, ni el programa ni el dossier de la productora lo dicen). El todo por la parte, un título bastante más atrayente para el espectador/a, decisión probable de la directora -Heidi Steinhardt (Buenos Aires, 1977)- y su actriz preferida. Por no explicar nada, tampoco se dice que sea una adaptación del cuento Monologue de Simone Beauvoir, algo que se nota en muchos detalles. ¿Por qué?
Y, sí, es un largo monólogo. 90 minutos que empiezan con una ambientación de calle, coches, golpes, traqueteos, abrir y cerrar puertas, pasos… (mérito ruidoso del diseñador de sonido, que lo hay). Aparece Murielle (Anabel Alonso), una mujer de 53 años vestida de blanco en un apartamento muy gris (paredes, techo, puerta, atrezo), impersonal, casi vacío, ocupando solo la mitad del escenario ¿Por qué? Una decisión que lleva toda la función hacia la parte derecha de la escena, para ocupar la izquierda en el triste relato final. Escenografía rara, quizás neo-existencialista en este siglo.
¿Qué se cuenta? Una nochevieja parisina donde una mujer que vive sola hace un largo relato de su situación presente y pasada, un discurso rabioso donde desfilan sus ideas sobre la vida que se merece y su realidad, decepcionante y problemática. El cuadro familiar de Murielle-Anabel ejemplifica su quebradiza situación: su hija se suicidó, perdió la custodia de su hijo, está divorciada y no tiene una relación satisfactoria con su madre. Enojada con la sociedad, los vecinos de arriba, los teléfonos y los ruidos de la calle. Un cuadro nada alegre desde el minuto 1 al 90, cierre este último minuto tras narrar el suicidio filial, una tragedia ocurrida hace cinco años. En resumen: abandono y soledad, sufrimiento y dolor.
La obra rescatada de la época más existencialista de Simone de Beauvoir acaba siendo una acumulación de fracasos sin futuro. Realmente Murielle-Anabel son mujeres rotas y esta lo demuestra con sus gestos, vestuario, juegos de voces (llamadas telefónicas, momentos de vudú o con mirlos voladores) y movimiento casi perpetuo. Un esfuerzo de Anabel Alonso estimable que se ve lastrado por unos textos dichos a velocidades y una intranquilidad que se trasmite en el continuo deambular nervioso por el escenario. Lo escrito: tantos desasosiegos en escena hacen poco creíble un personaje desmesurado y desesperado.