Serbia acaba de recordarnos cómo funciona el poder

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Nos hemos acostumbrado a indignarnos. Nos echamos las manos a la cabeza, salimos a la calle, denunciamos lo que ocurre, exigimos dimisiones y prometemos que las cosas no pueden seguir así. Pero después, demasiadas veces, volvemos a casa y esperamos que alguien haga algo.

Serbia acaba de darnos una lección: la indignación, por sí sola, no cambia nada.

El 28 de octubre, el choque de un tren de alta velocidad contra otro que permanecía detenido cerca de Urda, en Toledo, dejó al menos 69 víctimas mortales. Se trata de uno de los accidentes ferroviarios más graves de la historia reciente de España, apenas nueve meses después del siniestro de Adamuz, que se cobró 46 vidas. Dos tragedias que han vuelto a poner sobre la mesa la seguridad de las infraestructuras, la gestión de los servicios públicos y la responsabilidad de quienes los dirigen.

Casi exactamente dos años antes, el 1 de noviembre de 2024, dieciséis personas murieron al desplomarse una marquesina de hormigón en la estación de Novi Sad, en Serbia. Aquella tragedia desencadenó un movimiento estudiantil que acabaría poniendo contra las cuerdas al Gobierno y denunciando la corrupción, la negligencia institucional y la falta de explicaciones de una clase política cada vez más alejada de la ciudadanía.

Los estudiantes ocuparon las universidades y llevaron las protestas a todos los rincones del país. Profesores, agricultores, trabajadores y ciudadanos de a pie se sumaron a las movilizaciones. Durante meses, el movimiento plantó cara a las presiones del Gobierno y a sus intentos de desgastarlo. Pero consiguió algo más importante: que la protesta dejara de limitarse a la denuncia y diera el salto a la política.

El 25 de octubre de 2026, la Lista Estudiantil obtuvo el 52,71 % de los votos y 140 escaños, según los resultados preliminares de la Comisión Electoral serbia. La candidatura encabezada por Aleksandar Vučić, que llevaba más de una década dominando la política nacional, quedó derrotada. El propio presidente reconoció el resultado.

Los estudiantes no se limitaron a exigir que el Gobierno les escuchara. Dieron un paso más y construyeron una candidatura capaz de disputarle el poder. Reunieron a profesionales, académicos y representantes de la sociedad civil en un proyecto que evitaba las etiquetas habituales de la política partidista.

La extrema derecha ha entendido algo que nosotros todavía no

Sería un error idealizar la experiencia serbia. Ganar unas elecciones no transforma un país de la noche a la mañana: quedan instituciones deterioradas y problemas estructurales por resolver.

Pero sí deja una lección: el descontento no se convierte por sí solo en cambio político.

La extrema derecha lo sabe bien. Su influencia no depende solo de su retórica o de las redes sociales, sino también de su capacidad para organizarse, tejer alianzas y convertir problemas reales en banderas políticas.

Entiende que la inseguridad económica, el deterioro de los servicios públicos y la sensación de abandono alimentan el descontento. Y sabe aprovecharlo. No espera a que empiece una campaña electoral para buscar apoyos.

En España tenemos ejemplos de ello. Vox ha impulsado organizaciones como Mi Barrio Seguro, con las que lleva su discurso a terrenos como los derechos laborales, la seguridad en los barrios y el medioambiente. Así extiende su presencia mucho más allá de las instituciones y las campañas electorales, y entra en espacios de participación ciudadana tradicionalmente vinculados a otros sectores políticos. Un estudio académico ha analizado precisamente esta estrategia de creación de organizaciones sociales vinculadas al partido.

No basta con denunciar su autoritarismo, su racismo o sus ataques a las instituciones democráticas. Hay que hacerlo, pero también hay que disputarles el terreno. Ellos tejen redes; nosotros tenemos que tejer las nuestras. Ellos buscan apoyos; nosotros tenemos que ganarlos. Ellos ocupan espacios; nosotros tenemos que estar ahí. Porque a la extrema derecha no se la frena únicamente señalando lo que hace, sino construyendo alternativas capaces de plantarles cara.

Indignarse es fácil. Organizarse, no tanto.

La responsabilidad no puede recaer únicamente en otros: activistas que salen a la calle, periodistas que investigan, sindicatos que movilizan o representantes que defienden nuestras convicciones. Su labor es imprescindible, pero no sustituye la implicación ciudadana.

Tampoco se trata de pedir a todo el mundo que viva para la política. Cada cual tiene su trabajo, su familia y sus propios problemas. Se trata de recordar que los derechos, los servicios públicos y las libertades no se mantienen solos. Cada conquista es fruto de personas que se organizaron, asociaciones que resistieron y ciudadanos que decidieron pasar de la queja a la acción.

Si queremos asociaciones vecinales fuertes, sindicatos capaces de movilizar y alternativas políticas que planten cara a la extrema derecha, necesitamos organización y proyectos arraigados en los problemas cotidianos. La Lista Estudiantil serbia demuestra que, cuando la ciudadanía se organiza, también puede disputar el poder.

La calle es el principio, no el final

Serbia no es España. Su experiencia no puede trasladarse sin más a nuestra realidad, pero sí deja una pregunta: ¿qué estamos dispuestos a hacer con nuestro descontento?

Salir a la calle importa. Las protestas rompen silencios, denuncian abusos y exigen responsabilidades. Pero, sin organización, la indignación tiene fecha de caducidad. El poder puede limitarse a esperar a que pase.

La política no empieza ni termina en las urnas. Se construye en los barrios, los centros de trabajo, las universidades y todos aquellos espacios donde la ciudadanía se organiza y defiende sus intereses. Quienes se preocupan por el avance de la extrema derecha deben entender que la democracia exige algo más que movilizarse cada vez que se acercan unas elecciones.

Defenderla significa estar presentes, escuchar, ganarse la confianza de la gente y ofrecer soluciones. Significa construir organizaciones y alianzas capaces de convertir el malestar en fuerza colectiva.

Porque la indignación puede llenar las calles, pero solo la organización puede cambiar las cosas.

Serbia acaba de recordárnoslo. Haríamos bien en tomar nota.

 

Fuentes en español

– BBC News. Kirby, Paul. Cómo un movimiento estudiantil que nació de una tragedia acabó con 14 años de dominio político de Aleksandar Vučić en Serbia. 26 de octubre de 2026. Leer artículo

– Cadena SER. Selva Ortiz, Sara. Los satélites de Vox: cómo la ultraderecha utiliza una red de asociaciones para aparentar apoyo social a sus postulados. 29 de noviembre de 2022. Leer artículo

– El Español. Villavicencio, Fernanda. ‘Studentska lista’, el partido de los estudiantes que gobernará Serbia: empezó en 2024 con la idea de cambiar todo el sistema. 27 de octubre de 2026. Leer artículo

– La Vanguardia. Caruncho, Daniel R. Qué es y qué quiere la Lista Estudiantil de Serbia, el movimiento de protesta que ha derrotado a Aleksandar Vučić. 26 de octubre de 2026. Leer artículo

– RTVE. Identificadas 66 víctimas mortales del accidente de tren en Urda mientras los heridos ingresados en hospitales bajan a 39. 2 de noviembre de 2026. Leer atículo

Fuentes en inglés

– Reuters. Grulovic, Fedja. Serbians mark railway disaster that led to rise of victorious student movement. 1 de noviembre de 2026. Leer artículo

– Santos, Felipe G. PROFILE: Far-right strategies to co-opt progressive politics: Vox’s top-down civil society organizations in Spain. Social Movement Studies, 24(5), 652–660, 2025. Leer artículo

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