Apropiación y propaganda: el Pasaje de Peña, un símbolo de la reconstrucción de Santander tras el incendio
Entre los hitos que la dictadura franquista vendió en su relato de la reconstrucción de Santander tras el incendio del 15 de febrero de 1941 –el mito del «ave fénix» que resurgía de sus cenizas, propaganda que obviaba el expolio que sufrieron las clases populares en beneficio de las nuevas élites de la dictadura– se encuentra la inauguración del Pasaje de Peña, en 1943. Una obra que es un buen resumen de lo que pasó aquellos años, y que combina apropiación de proyectos previos, despliegue propagandístico, auto–homenajes en vida de la dictadura a sí mismos y hasta el trabajo esclavo de presos republicanos.
El Pasaje de Peña fue inaugurado en 1943, en pleno proceso de reconstrucción de Santander tras el incendio de febrero de 1941, pero en realidad –al igual que los pantanos que luego inauguraría Franco– su origen se remonta a los años anteriores a la Guerra Civil, dentro de una política urbana impulsada durante la Segunda República. La infraestructura no nació como un proyecto del franquismo, sino como una solución técnica concebida para resolver uno de los problemas históricos de movilidad de la ciudad: la difícil conexión entre el centro urbano, las estaciones ferroviarias y el entorno portuario, separados por desniveles y barreras físicas que condicionaban la circulación cotidiana de personas y mercancías.

Ernesto del Castillo
En ese proceso de transformación urbana tuvo un papel central Ernesto Castillo Bordenabe, alcalde republicano de Santander . Monárquico desencantado, Ernesto del Castillo Bordenave —conocido en la Santander de la época por el apodo de “el Piqueta”— llegó a la Alcaldía en 1936, en el tramo final de la Segunda República y en un contexto político ya tensionado, de la mano de Unión Republicana
Su mandato estuvo marcado por una fuerte apuesta por la modernización municipal, basada en criterios técnicos e higienistas que buscaban adaptar la ciudad a nuevas necesidades de movilidad, salubridad y ordenación del espacio público. Popularmente conocido como “el Piqueta”, Castillo promovió derribos de edificaciones insalubres, aperturas de nuevas vías, reorganización de zonas congestionadas y actuaciones destinadas a mejorar los accesos a áreas clave de la ciudad, especialmente las vinculadas al puerto y al ferrocarril, motores económicos de Santander.
El paso subterráneo que después sería conocido como Pasaje de Peña se inscribe dentro de esa lógica de urbanismo funcional, planteado como una infraestructura práctica para canalizar flujos de peatones y mercancías de forma más eficiente. Las obras comenzaron en 1936, cuando la ciudad aún estaba inmersa en ese proceso de reformas, pero quedaron interrumpidas de forma abrupta por el golpe de Estado y el estallido de la Guerra Civil. Huyó a Francia y en el exilio llegó a diseñar sus propios planos para la reconstrucción de Santander.
Los grandes propietarios incumplieron las normas en la reconstrucción de Santander

Alfonso Peña
El nuevo régimen retomó posteriormente la obra, pero lo hizo reformulando por completo su relato. El túnel fue rebautizado como Pasaje de Peña, en honor a Alfonso Peña Boeuf, ministro de Obras Públicas entre 1938 y 1945 y una de las figuras clave de la política de reconstrucción del primer franquismo. Bajo su mandato se impulsó el Plan General de Obras Públicas y se creó la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (RENFE), consolidando el control estatal sobre las infraestructuras estratégicas del país. La práctica de asociar las grandes obras a jerarcas del régimen fue habitual en esos años, como forma de personalizar el poder y presentar la reconstrucción como un logro directo de la dictadura, borrando el origen previo de muchos proyectos concebidos durante la República y asociando los conceptos de grandes obras de infraestructuras y gestión política.
Para esos años, Santander estaba inmersa en la reconstrucción y el expolio. Desde el Gobierno, esa reconstrucción se integró en el relato de la victoria franquista, vinculando las obras públicas al discurso de la “Cruzada Nacional”. Las infraestructuras pasaron así de ser soluciones técnicas a convertirse en elementos de propaganda del nuevo orden político. La inauguración del Pasaje de Peña en 1943 se inscribió dentro de esa narrativa de resurgimiento bajo la tutela del régimen.
El mensaje propagandístico quedó resumido en consignas como la pronunciada por el propio Peña: “El caudillo que salvó a España salvará también a Santander”.
Paralelamente, la finalización de la obra coincide con el periodo en el que el franquismo generalizó el sistema de Redención de Penas por el Trabajo, mediante el cual presos políticos republicanos eran destinados a obras públicas a cambio de reducciones de condena. En Cantabria existen ejemplos ampliamente documentados de este modelo represivo, como el embalse del *Pantano del Ebro o el Túnel de La Engaña, excavado durante años con mano de obra forzada, además de en empresas como los Saltos del Nansa. La memoria de las familias republicanas, transmitida de generación en generación, sitúa también a represaliados republicanos en la obra del Pasaje de Peña, como afloró recientemente en la charla organizada por el Ágora Solidaria Cultura y Memoria Luis Toca.
Pese al intento de apropiación simbólica, durante décadas sobrevivió en el lenguaje popular la expresión “Peña y Castillo” para referirse al túnel, una forma de memoria oral que reconocía tanto al ministro franquista que lo inauguró como al alcalde republicano que lo había concebido –generando la confusión con otra zona de la ciudad, Peñacastillo–. Esa doble denominación refleja cómo, bajo el relato oficial, persistió un recuerdo ciudadano de los orígenes reales del proyecto, como recordaba uno de los asistentes a la charla, el geógrafo y profesor, experto en el incendio y la reconstrucción, Roberto Ruisánchez.
Hoy, el Pasaje de Peña continúa cumpliendo su función de conexión urbana, pero su historia permite observar cómo el espacio público de Santander fue moldeado por proyectos políticos enfrentados. Bajo su estructura se superponen la modernización republicana interrumpida por la guerra, la represión de los vencidos a través del trabajo forzado y la resignificación franquista de la reconstrucción como símbolo de poder, y el nombre sigue ensalzando a una figura de la clave sin que haya estado en la agenda su sustitución.
Tenéis fotos de la inauguración en el blog Fotografía antigua de Cantabria y Escenas de Santander.
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