El Doctor Madrazo, un “rebelde” querido por el pueblo, maltratado por las élites
Cuesta asociar la palabra “rebelde” a una figura como la de Enrique Diego-Madrazo, que tiene un apellido con guión, una profesión respetable como la de médico que se ha acabado fundiendo con su nombre (Doctor Madrazo, decimos casi como si fuera una sola palabra), estatuas y nombres de calles o espacios y, sobre todo, cuya presencia en el imaginario es la de un señor mayor venerable.
Pero lo fue nivel escaparse del colegio, los Escolapios de Villacarriedo, adonde le mandaron a estudiar desde la Vega de Pas, y no porque se le diera mal, sino porque el niño que luego fue el Doctor Madrazo no estaba conforme con un método de enseñanza demasiado memorístico. Estamos hablando del siglo XIX.
Fue sólo una de las anécdotas que afloraron en la presentación del libro Doctor Madrazo. Memoria de una visión humanista’, editado por Raúl Reyes (R&R Ediciones), escrito por Javier Gómez Arroyo y Chema Prieto, con introducción del actor Gabino Diego (descendiente del doctor) y prólogo de Manuel Gutiérrez Aragón, apoyado en estudios realizados por José Francisco Díaz y Eduardo J. Frechilla.
Más que un libro, un puente entre la exposición que el mismo equipo ha preparado y que todavía puede visitarse en la Biblioteca Central, y la futura dotación museística de su casa, tras muchos avatares que se han extendido durante prácticamente un siglo. Una pista: el libro se presentaba en la Biblioteca Central (la antigua fábrica de Tabacalera en Castilla-Hermida), que durante la Guerra fue una cárcel en la que estuvo preso el peligrosísimo Doctor Madrazo.
En un rato vamos a los (múltiples) agravios que recibió y sigue recibiendo un hombre que combinó ciencia y humanismo, y al que se le debe, aparte del legado educativo y sanitario que más o menos recordamos todos (las escuelas de la Vega de Pas, el sanatorio en Santander) el carácter pionero en la introducción de la asepsia y la higiene en la medicina de la época.
Unas teorías que, según desgranó el madrazólogo y paisano Javier Gómez Arroyo, autor del libro, fueron recibidas con “mucha rechifla” por la élite científica de la época, que no recibió bien la imagen proyectada en el espejo y que tardaría tiempo en darle, en vida, el reconocimiento que mereció.
RECONOCIMIENTO Y CASTIGO
Reconocimiento y castigo se han entrecruzado a lo largo de toda la vida y muerte del Doctor Madrazo, que acumula detalles apasionantes en su biografía, incuyendo ser autor no sólo de ensayos, sino de obras teatrales –entendiendo el teatro como una extensión de una vocación educativa que, apuntaba Francisco Díaz, gerente de la Fundación Marqués de Valdecilla, veía estrechamente entrelazada a la sanitaria. Hay más: gestionó el Teatro Español en Madrid, sin mucho éxito.
Y vamos con la cadena de agravios que recibió en vida un científico vinculado a las corrientes del pensamiento de la época al que le pesó su compromiso político, republicano y socialista practicante: excomulgado (apartado de la Iglesia) por un libro, él, que era creyente pero anticlerical (recalcaba recalcándolo mucho una señora desde el público, le apostillaba otro, en contra de la institución pero no de la religión, les hacía un poco la síntesis Javier), que había contado con monjas para su sanatorio en la Vega de Pas, aquel que montó por su cuenta y riesgo cansado del funcionamiento de la medicina institucional o de los vetos por su militancia.
Lo de la Iglesia fue la “puntilla” y la historia de una traición, cuando alguien divulgó una foto en la que aparecía con un cáliz –y eso entonces se consideraba un anatema–, lo que se usó para intentar cambiar el relato del anciano respetable: ayudó, pero no fue suficiente, y le intentaron atribuir el asesinato del cura de su pueblo, le pusieron una bomba en casa. Todo convivió con poder presenciar, en vida, homenajes e incluso un busto en su pueblo –que luego sería atacado-. Hoy tiene una escultura, obra de Mariano Lastra (su nieto Domingo estaba en la sala, emocionado por el recuerdo).

Pese a no tener delitos de sangre, fue encarcelado en cuanto entraron los nacionales en Santander. De hecho, primero fue condenado a muerte y se logró cambiar la pena por 30 años de prisión. Son importantes las fechas: el Doctor Madrazo era ya adulto, por ejemplo, con la pérdida de Cuba y Filipinas, y un señor mayor respetable antes de la República. Cuando le metieron en la cárcel, de hecho, tenía 90 años y un estado avanzado de ceguera.
Las mismas personas por las que Enrique intercedió con éxito para sacarles de la checa de Neila (una cárcel a la que no hemos visto nunca nadie defender en Santander, frente a quienes todavía siguen defendiendo hasta el bombardeo nazi del Barrio Obrero o el campo de concentración de La Magdalena, no es una diferencia menor) no pudieron sacarle a él de la cárcel que hoy es un espacio de cultura. Tuvo que ser su familia, con la que pudo pasar, en arresto domiciliario, sus últimos días.
Las represalías al científico, educador y pensador, al médico que operó a una reina, siguieron después: le incautaron la escuela y el sanatorios, convertidos –en un camino inverso al de la Biblioteca Central- en cuartel de la Guardia Civil y alojamiento de los presos republicanos esclavizados para trabajar en el túnel de la Engaña: en su construcción hubo numerosos muertos y la obra del tren Santander-Mediterráneo se dejó a la mitad porque, a la hora de la verdad, el franquismo no fue capaz de hacer frente a las élites vascas a las que no les gustó la obra).
UNA BATALLA POR LA MEMORIA
Para entonces, para su muerte, la iglesia que le combatió era fuerte, una con la dictadura. Le quitaron el nombre a la calle que tuvo, que era donde estaba el sanatorio (hoy una residencia de personas mayores en manos de un fondo de inversión), para ponerle otro más religioso, Santa Lucía –creando una incongruencia en el espacio urbano de Santander, ya que la popular iglesia de Santa Lucía, donde tendría más coherencia el nombre, está en otro sitio-. Hoy tiene una calle a su nombre, siguiendo la prolongación de la filosofía callejera del régimen, lejos del centro, a las afueras, al igual que otros nombres cántabro de prestigio ‘desterrados’ como Consuelo Berges o Matilde Zapata.
Al igual que en vida se le entrelazaron los homenajes y los castigos, tras su muerte también: frente al desprecio institucional y eclesial, empezaron las recuperaciones de su memoria, desde su familia rescatando sus propiedades a tesis doctorales, libros o nombramientos de honor por el Colegio de Médicos, ensanchando una memoria que a cada nuevo detalle alcanza categoría de leyenda. Se restituyó su recuerdo en el pueblo –nunca se le olvidó–. El sindicato UGT le sigue organizando un homenaje anual. Todavía hoy hay partes de su biografía por contar –están en el libro-, y mientras se prepara ese museo, el desprecio institucional persiste: el centro cultural que lleva el nombre de quien tanto se preocupó por la nutrición verá a sus pies un McDonalds y el Ayuntamiento de Santander le incorporó a la Ruta de los Ilustres, pero borrando de su historia la parte de su encarcelamiento y muerte por el franquismo a causa de sus ideas.
Encabalgó la crisis a la que se entregó España con el ocaso imperial con la agitación política e intelectual de entreguerras, se codeó con personajes de la época como Pérez Galdós, Azaña, Alcalá Zamora, Hildegart Rodríguez (buscad su biografía o ved la peli), Matilde de la Torre o Concha Espina. Tras la expo y el museo, lo cierto es que daría para peli o serie, que bien podría protagonizar un actor acostumbrado a hacer memoria y rodearse de los grandes, ese Gabino Diego al que dicen que le asoma la cara de pasiego, porque es su descendiente Gabino Diego-Madrazo.
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