Torrente presidente: cuando la parodia deja de ser parodia
Richard Zubelzu, director de cine
En 1998, Santiago Segura presentó al mundo a José Luis Torrente en la película Torrente, el brazo tonto de la ley. El personaje era un ex policía machista, racista, homófobo, corrupto y profundamente cutre. Un retrato grotesco de lo peor de la España que muchos pensaban haber dejado atrás. La intención era clara: reírse de ese pasado, ridiculizarlo hasta hacerlo irrelevante. La película fue irreverente, provocadora y, en cierto modo, revolucionaria.
Hace 28 años, Torrente era una caricatura. Hoy parece un documental.
Segura creó a Torrente como una exageración deliberada. Era imposible tomárselo en serio: su ignorancia, su fanatismo y su vulgaridad estaban llevados al límite para que el espectador se riera de él, no con él. Torrente representaba la España rancia, autoritaria y machista que la sociedad democrática creía haber superado.
Pero el tiempo tiene una forma extraña de devolvernos los espejos deformantes.
Basta con encender los informativos, escuchar algunas tertulias televisivas o sumergirse unos minutos en las redes sociales. El tono bronco, la deshumanización del adversario, la nostalgia de un pasado imaginado, la banalización del racismo o del machismo ya no aparecen solo en una comedia grotesca. Forman parte de la conversación pública.
El problema es que lo que en los noventa era una sátira hoy parece una descripción.
En aquel momento, Torrente funcionaba porque el espectador entendía que aquello era un exceso. Era el esperpento de un país que había pasado por una dictadura y que, con torpeza pero con decisión, intentaba modernizarse. Reírse de Torrente era una forma de decir: «Esto ya no somos».
Sin embargo, en los últimos años el personaje parece haber salido de la pantalla para pasearse por el debate público. No hace falta exagerar mucho para encontrar discursos que suenan sospechosamente parecidos a los suyos. La diferencia es que ahora algunos los pronuncian sin ironía.
Quizá por eso la idea de «Torrente presidente» ya no suena solo como una broma cinematográfica. Suena como una advertencia.
La sátira siempre ha tenido una función: mostrar lo absurdo de ciertas actitudes llevándolas al extremo. Pero cuando la realidad alcanza a la sátira, cuando la exageración deja de parecer exagerada, algo inquietante está ocurriendo.
Torrente nació para ridiculizar una España que parecía enterrada. Tres décadas después, ese personaje grotesco nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿de verdad habíamos dejado atrás todo aquello o simplemente lo habíamos escondido bajo la alfombra?
Tal vez el mayor logro de Santiago Segura no fue crear una comedia de culto, sino un personaje que, con el paso del tiempo, se ha convertido en un espejo.
Y los espejos, a veces, dicen más de nosotros de lo que nos gustaría ver.