Una luz al otro lado del río

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A un paso de cruzar esa línea imaginaria que son las fronteras, me pregunto en qué lado de la tierra se colocan mis pisadas antes de convertirse en huellas. Parece una metáfora de un azar en el que no se puede elegir en qué lado de la valla nacer. Es cuestión de suerte, sólo de suerte haber nacido en España y no 14 km al sur, al Norte de Marruecos, en el continente africano. Tanta historia, tantas culturas, tantos pueblos fagocitados por el hambre insaciable de Occidente, de quienes necesitan cambiar de móvil cada pocos meses, o que para ir a hacer ejercicio cogen el coche que les lleva hasta el gimnasio intentando luchar contra una forma de vida que nos hace engordar a golpe de Netflix o jugando a “la play”.

Por cierto, cuyos materiales están sacados de las mismas minas donde se han colocado esas fronteras a golpe de escuadra y cartabon, de reguero histórico de expolio y explotación. Los niños que entran en una mina de coltán en el Congo para que yo pueda llamar a mi hijo al salir de clase y preguntarle cómo está. Una especie de hilo rojo asesino que nos une, pese a tantos nudos hechos para convencernos de que no tenemos nada que ver, o para que lo asimilemos con el cinismo de la inevitabilidad, al mismo tiempo que nos damos golpes en el pecho en cada fiesta religiosa, en cada bautizo, entierro o celebración familiar.

Un hilo rojo que se convierte en soga al cuello de quien tiene los pulmones encharcados a la misma edad que tú o yo teníamos y que, para sobrevivir, nunca tuvimos que adentrarme por esos pequeños túneles donde escarbar la “llamada perdida” a un mundo que siempre les ha puesto en espera. Un mundo al que, quien sobrevive, llama con la esperanza de encontrar una salida al dolor, a la miseria, a la persecución, al hambre. Y así las líneas imaginarias son tan reales, tanto que tu vida depende de la pisada de quien estuvo antes que tú. Si logras pasar al otro lado, tal vez tus hijos tengan las oportunidades que a ti te arrebataron.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu sostenía que la frontera es un producto jurídico de delimitación que produce la diferencia cultural. Afirmaba que trazar esta línea es un acto de poder que jerarquiza la diferencia entre un «nosotros» y los «otros». El acto de poder se convierte en cuestión de vida o muerte, depende del lado de la frontera en el que estés, de por qué te ha tocado ese lado, de si tienes derecho para cruzar “al otro lado del río”, como cantaba Jorge Drexler. “Creo que he visto una luz al otro lado del río” dice la canción como grito de esperanza ante tanta oscuridad.

Al encender la luz de mi casa no pienso de dónde viene esa electricidad, al beber el agua del grifo, al ir a la farmacia, al teclear las teclas de este portátil desde donde escribo. Si me paro por un momento y decido mirar esa luz al otro lado del río, entiendo el motivo de quien lo cruza, de por qué lo hace, y le comento a Bourdieu que quizás esa frontera no puede separar a unos de otros, si esto supone que alguien pierda. Que esas líneas imaginarias no pueden marcarse a expensas de otro, y que los seres humanos, como decía Kant en su obra La paz perpetua (1795), tienen derecho a no ser tratados con hostilidad al llegar a territorio extranjero.

A lo que Hannah Arendt le añadía —como si el tiempo y la distancia no les afectara y ambos mantuvieran un diálogo sin más límite que reivindicar la humanidad en su sentido más revolucionario, más justo—: “el derecho a tener derechos” de apátridas y refugiados, recordando el vínculo entre la condición de persona y la ley que lo ampara. Pero esa condición de persona y esa ley que lo ampara debe ir más allá de las fronteras, imaginarias o no. Los derechos y la dignidad de un ser humano no pueden depender de algo tan arbitrario como una línea dibujada en el suelo.

Una línea trazada para quitar derechos, para excluir, para condenar a la “otredad” a quienes se quedan fuera. Por eso el principio de ciudadanía contemporánea, nacido de la Revolución Francesa y aplicado a los estados nación, no puede convertirse en privilegio que oprima, que discrimine, que justifique una Historia en la que, para que yo pueda hablar con mi hijo por el móvil, un niño de su misma edad muera en una mina de coltán en el Congo.

Seyla Benhabib nos habla de “Membresía Justa” y de las «fronteras porosas». En su obra Los derechos de los otros, propone que las leyes de ciudadanía deben subordinarse a un régimen universal de derechos humanos para evitar la exclusión. Y todo bajo un principio tan básico como que ningún ser humano es ilegal. Que quizás haya que borrar esa línea imaginaria que condena a muerte a millones de personas para que cada pisada deje su huella sin convertirse en ataúd.

Para poder ver una luz al otro lado del río.

Nota: Ahora dime, con que autoridad moral juzgamos a quien lo intenta, venga de donde venga.

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