¿Pero no le habían cancelado?
Lo recordamos esta semana, en que viene al Palacio de Festivales, a la ciudad de la que es una parte de su historia por una recordada actuación en el FIS de los años dorados de la Porticada, porque sucedió: cuando Plácido Domingo fue objeto de unas documentadas acusaciones de acoso sexual salieron muchísimas voces, algunas con amplio eco, lamentando que el tenor español fuera a ser víctima de ‘cancelación’, la palabra con la que los se creen que vivimos en Estados Unidos tratan de exportar las mismas batallas culturales contra otra cosa artificial que han construido y que aquí, por mucho que se empeñen, no existen.
Básicamente, los auténticos globalistas, se reconozcan o no en la palabra, venían a decir que quien no encaja en determinado molde desaparece totalmente de la vida cultura y pública, en una afirmación que chocaba con la más mínima evidencia: la verdadera cancelación que han sufrido las voces críticas de verdad con el sistema en sus esencias más desnudas o la cancelación más dura, la de quienes no tienen acceso a hacer cultura porque simple y llanamente no tienen dinero para meterse en determinados circuitos, o la de los espacios de cultura comunitaria, como Smolny, La Libre o Eureka que luchan por no sucumbir a la presión inmobiliaria y turística.
De paso, trató de deslegitimarse la denuncia, metiéndola en el lote del concepto de ‘denuncias falsas’ en materia de violencia género con el que sus creadores tratan de presentar las denuncias que se archivan por falta de pruebas –es decir, como reflejan los datos del poder judicial, porque las propias víctimas rechazan declarar por miedo a las represalías sobre ellas o sus familias—y con el que se está intentando tapar otros fenómenos que afloran asesinato tras asesinato: las denuncias no atendidas o no dotadas con medios de protección.
Los promotores de esta teoría –una enmienda a la totalidad al funcionamiento de la justicia, ya que un juez puede y debe por ley deducir una nueva causa por falso testimonio si se lo encuentra–, que están monetizando con libros e intervenciones en redes sociales, venían también de advertir sobre una cancelación que no sólo no les ha llegado a ellos mismos, sino que les está suponiendo ingresos, privados y públicos.
Quien quisiera llevarlo a ese terreno estaba obviando cuestiones como que más allá de unas meras declaraciones, la información, publicada en 2019, procedía de una agencia periodística del nivel y prestigio como Associated Press, que se apoyaba en testimonios de nueve mujeres: hasta veinte mujeres en dos tandas de noticias, que se expusieron con nombre, apellidos y el riesgo a las consecuencias en sus carreras que suponía poner en la picota a una persona que era la que tenía el poder económico y el prestigio profesional y social.
Es más, es que a que los hechos descritos (tocamientos, presiones sexuales, llamadas insistentes…) pasaran de una publicación en un medio serio a algo aún más sólido contribuyó el propio Plácido Domingo, que si bien cuestionó la exactitud de los testimonios y defendió lo consensuado de las relaciones, también admitió que “las reglas y estándares por los que hoy se nos mide son muy diferentes de los del pasado”.
No fueron Asociated Press ni el propio tenor los únicos que contribuyeron a asentar la firmeza de los testimonios: la Ópera de los Ángeles o el sindicato estadounidense de artistas de ópera encargaron sus propia investigaciones y llegaron a las mismas conclusiones de malas prácticas y conductas inapropiadas. La propia Díaz Ayuso mostró entonces públicamente su «decepción» con la conducta del tenor.
Hay que poner en valor el riesgo reputacional al que se exponían con estas investigaciones al afectar a una persona importante, poderosa y en un país con un fuerte peso del poder económico, cultural y mediático conservador.
El Metropolitan Opera anunció oficialmente que Domingo no volvería a actuar en la institución y él mismo presentó su dimisión como director general de la Ópera de Los Ángeles, cargo que ocupaba desde 2003, mientras declaraba públicamente: “Acepto toda la responsabilidad de mis acciones”, “quiero que sepan que siento mucho el sufrimiento que les causé” y “Entiendo ahora que algunas de esas mujeres pudieran tener miedo para expresarse honestamente porque les preocupaba que sus carreras se vieran afectadas” (posteriormente intentó desdecirse de esas afirmaciones).
En aquel contexto, numerosos medios y analistas culturales dieron prácticamente por acabada la carrera de Domingo, especialmente en Estados Unidos, donde el movimiento #MeToo acababa de provocar la caída pública de figuras como Harvey Weinstein. En artículos y análisis culturales comenzaron a repetirse expresiones como “la caída del rey de la ópera”, “el fin de una era” o “la muerte artística de Domingo”.
Nótese (no parece ser tiempo de matices) que esto no va de si debe actuar o no, ni siquiera de si hay que separar en un artista a la persona de la obra.
El caso es que ya en agosto de 2019, apenas días después de las primeras denuncias, el Festival de Salzburgo decidió mantener una representación de Luisa Miller con Domingo. Posteriormente continuaron programándolo instituciones como La Scala, la Staatsoper de Hamburgo o, en 2012, el Teatro Real, en lo que se interpretó como un regreso triunfal que lo que hizo fue evidenciar que todas aquellas consecuencias, aquella “lapidación” que se llegó a vender, el pronosticado del fin de su carrera, no pasó jamás de los jamases.
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