Verde que te quiero verde, Torrelavega
Verde que te quiero verde.
Verde viento.
Verde rama.
Haciendo honor a tu bandera rojiverde.
Roja la sangre de la savia de los árboles brutalmente podados, sin piedad ni sabiduría alguna.
Verde el color del que queremos ver inundadas nuestras calles, barrios, plazas y jardines.
Verde esperanza.
Verde trigo.
Viejo roble en pie,
la sombra abraza el camino,
respira el bosque.
Dice un refrán popular que a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Sin embargo, cada vez quedan menos sombras en muchos paseos de Torrelavega, y eso es una verdadera pena.
Ojalá sirva para sensibilizar la movilización que reunió a más de un centenar de personas el pasado 12 de junio para mostrar su rechazo a determinadas talas y podas que consideran innecesarias.
Abrazar un árbol o permanecer junto a él se convierte en una forma pacífica de expresar que proteger la naturaleza es proteger también la salud, el paisaje y la calidad de vida de nuestros hijos.
Los árboles llenos de vida forman parte del patrimonio emocional y cultural de una ciudad. El hormigón, las estatuas o los bisontes de colores no proporcionan sombra, frescor ni aliento. ¿De qué sirve un banco gigante si quema de calor y no existe una sombra cercana donde refugiarse?
Las hojas y el follaje arbóreo proporcionan oxígeno, frescor y bienestar. Cuando se pasa la motosierra sin
criterio, lloran los árboles, lloran los pájaros y lloramos todos. Los niños, las mujeres embarazadas, las personas mayores y quienes padecen enfermedades son especialmente vulnerables a las altas temperaturas.
La poda tiene su función cuando se realiza correctamente. Se justifica para eliminar ramas secas o dañadas, mejorar la seguridad o resolver problemas concretos. Sin embargo, las podas drásticas pueden provocar debilitamiento general del árbol, reducir su esperanza de vida, aparición de enfermedades y plagas, pudriciones en las heridas, pérdida de estabilidad, crecimiento desordenado, disminución de la sombra y de la capacidad para mejorar la calidad del aire, además de una pérdida de valor paisajístico.
Aunque algunas especies toleran mejor las podas que otras, en la mayoría de los árboles urbanos estas prácticas deberían realizarse únicamente de forma excepcional y cuando existan razones técnicas justificadas relacionadas con la seguridad o el estado sanitario del ejemplar.
Resulta difícil comprender actuaciones tan agresivas en calles emblemáticas de Torrelavega como Fernández Vallejo o la Avenida del Besaya. Más que intervenir indiscriminadamente, necesitamos aprender a cuidar y gestionar el arbolado con criterios científicos y de sostenibilidad.
Una buena práctica urbana sería conservar y reforzar corredores verdes como el paseo entre Sierrapando y La Inmobiliaria, favoreciendo la plantación de especies autóctonas de gran porte como robles, hayas, fresnos, tilos o arces. Estos árboles proporcionan sombra, reducen la temperatura en verano, mejoran la calidad del aire, y crean espacios más agradables para caminar, hacer deporte y convivir.
Históricamente, Torrelavega era una villa rodeada de praderías, vegas fluviales y arbolado disperso. El crecimiento industrial redujo gran parte de esos espacios, por lo que zonas como el Parque Manuel Barquín, el Patatal o la conservación de La Viesca han sido los pulmones verdes para una afectada ciudad industrial.
Torrelavega necesita aumentar su infraestructura verde para mejorar la calidad del aire, disminuir el calor y ofrecer espacios de encuentro y disfrute.
Es necesario sembrar, plantar, repoblar y también saber podar. Antes de levantar el hacha conviene preguntarse si realmente es necesario y valorar siempre la protección de la fauna, del paisaje y del bienestar social y ecológico.
Proyectos como Torrelavega Conexión Natural muestran que es posible avanzar hacia una ciudad más verde, saludable y sostenible. La recuperación de espacios degradados, la creación de nuevas zonas de biodiversidad y la educación ambiental representan una oportunidad para fortalecer el vínculo entre la ciudadanía y la naturaleza.
Las asociaciones ecologistas y vecinales denuncian las talas y podas inadecuadas, presentan alegaciones a proyectos públicos, la educación ambiental, la sensibilización ciudadana y la promoción de modelos de gestión que aumenten la cobertura arbórea y la biodiversidad.
Diversos colectivos, entre ellos la Asociación de Vecinos Besaya, Torrearboleda, Quercus, Verdes Equo y Ecologistas en Acción Cantabria, han denunciado públicamente la gestión del arbolado urbano realizada por el Ayuntamiento, considerando que las podas efectuadas en avenidas y plazas de la ciudad han supuesto un grave deterioro del patrimonio natural. Según manifiestan, estas actuaciones han reducido significativamente la sombra, agravado el efecto isla de calor, disminuido la capacidad de absorción de contaminantes y afectado a la biodiversidad, especialmente durante la época de reproducción de las aves.
Los colectivos reclaman una regeneración urgente de la infraestructura verde municipal y recuerdan que los árboles son un elemento esencial para la salud, la calidad de vida y la sostenibilidad urbana, promoviendo movilizaciones ciudadanas bajo el lema «Árboles vivos para una ciudad viva».
Torrearboleda, es un colectivo ciudadano dedicado a la defensa, divulgación y conservación del arbolado urbano de Torrelavega. Su actividad se centra en denunciar podas y talas que consideran perjudiciales, sensibilizar a la población sobre los beneficios ambientales y sanitarios de los árboles y promover una ciudad con más cobertura vegetal.
Su filosofía es: «Vida a los árboles, vida a la ciudad».
En numerosos lugares del mundo la ciudadanía ha recurrido a protestas pacíficas y simbólicas para defender el arbolado. En Granada, cientos de personas se manifestaron con paraguas y sombrillas abiertas para denunciar la pérdida de sombra provocada por las talas y podas excesivas, reivindicando una ciudad más verde y habitable.
En California, la activista Julia Butterfly Hill permaneció durante 738 días sobre una secuoya milenaria llamada Luna para impedir su tala, convirtiéndose en un símbolo internacional de la defensa de los bosques.
En Madrid, vecinos y colectivos ecologistas y famosos como Tita Cervera se han encadenado y abrazado árboles amenazados por proyectos urbanísticos, demostrando que la protección del arbolado urbano se ha convertido en una causa ciudadana vinculada a la salud, la calidad de vida y la lucha frente al cambio climático.
La protesta arbórea más famosa del mundo fue la de vecinos de los Himalayas abrazaron físicamente los árboles para impedir su tala, permanecieron junto a los troncos durante días hasta lograr detener a los madereros. El término «abrazar árboles» se convirtió desde entonces en un símbolo mundial de la defensa ambiental.
Sin llegar a encadenarme o subirme a vivir a un árbol centenario, de corazón y humildemente a mis políticos municipales y técnicos les pido:
Que respeten la biodiversidad, que comprendan la interrelación entre la fauna, la flora y las personas, y que practiquen una gestión respetuosa pensando en necesidades tan básicas como respirar, pasear, disfrutar, recrearse y vivir con dignidad.
Que las decisiones sobre el arbolado queden en manos de profesionales cualificados y que se incrementen las zonas verdes de nuestra ciudad y que se contraten profesionales expertos y que se dejen asesorar.
Que piensen y respiren la vulnerabilidad de las personas con la salud más frágil.Que promuevan decisiones y proyectos de desarrollo sostenible humana y ambientalmente.
Que fomenten la participación ciudadana y el trabajo en red con los movimientos sociales y entidades sociales como herramienta para avanzar hacia una ciudad más verde y sostenible
Como escribió Federico García Lorca:
«¡Árboles!
¿Habéis sido flechas caídas del azul?
¿Qué terribles guerreros os lanzaron?
¿Han sido las estrellas?
Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros,
de los ojos de Dios,
de la pasión perfecta.
¡Árboles!
¿Conocerán vuestras raíces toscas mi corazón en tierra?»
Y como señala Rajneesh en El árbol del amor, «si la vida pudiese ser como un árbol, extendiendo ampliamente sus ramas de modo que todos pudiesen guarecerse bajo su sombra, entonces podríamos comprender lo que es el amor».
Porque proteger y cuidar el arbolado es también preservar espacios de encuentro, identidad y calidad de vida para las generaciones presentes y futuras.
En El arte de amar Erich Fromm explica que amar significa favorecer el crecimiento y el desarrollo de aquello que se ama:
«El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos.»
Esta idea suele aplicarse a los árboles porque protegerlos, cuidarlos y permitir su desarrollo es una forma de amor y responsabilidad hacia la vida. Fromm sostiene que amar no es solo un sentimiento, sino una acción consciente orientada al cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento.
Os deseo una feliz lectura a la sombra de un árbol, si conseguís encontrarla.