Contigo, Mariu
Respirar hondo. Dar un paso firme, sin dudar, y ocupar tu espacio sin invadir el de otros. Marcar con firmeza tu propio camino, mientras estás pendiente del de los demás. Asegurarte de rellenar huecos, de complementar los que dejan otros y de que no haya vacíos, pero tampoco pisar a tus compañeros.
Observar, mostrar resolución, respetar. Y continuar.
Cuando pienso en mi experiencia en Contigo Tres, aquel espacio de teatro y aprendizaje que durante años fue mucho más que un lugar de clases, es imposible no rememorar los momentos más vertiginosos, aquellos en los que nuestra querida Mariu Ortiz nos obligaba a mirar de frente a nuestros miedos y afrontarlos.
“¿Qué estilo te incomoda más? Afróntalo, vamos con otra improvisación. ¿Apagamos la luz para que no veas al público?”
De esos años, obviamente, no puedo evitar destacar la representación teatral de Mujeres o varios. Visto con la perspectiva del tiempo, me cuesta reconocerme en la persona que fue capaz de unirse a un grupo increíblemente valiente y divertido, y actuar frente a un público. Solo quien me conoce bien sabe lo que costó, lo que supuso, y el mérito que tiene haberme insuflado la suficiente confianza como para hacerlo realidad.
Esa es una de las características principales de Mariu. Además de ser una excelente y prolífica actriz, mi experiencia de estar en sus manos como directora es que era firme, comprensiva y capaz de hacerte creer que podías hacer cosas que jamás habrías imaginado.
Yo llegué creyendo que actuar consistía, sobre todo, en memorizar un guion y tratar de representarlo bien. Mariu me quitó esa idea de la cabeza el primer mes de clase, cuando aún llevábamos mascarillas y debíamos guardar las distancias. Ella nos hizo comprender a todos la importancia y la belleza de la improvisación, de la escucha y la observación.
Su paciencia, esfuerzo, tenacidad, y sí, también exigencia, hicieron posible que un pequeño grupo de amateurs representáramos más de veinte funciones. Abrir el telón aquel 8 de septiembre de 2022 supuso también dejar atrás miedos muy arraigados.
Pero no puedo recordar apenas el miedo cuando rememoro esos meses. Recuerdo las risas, las conversaciones entre bambalinas, la magia del teatro capaz de hacer que siete personas parecieran surgir de la nada. Y recuerdo también los nervios, claro. Los silencios, el apoyo mutuo, y la confianza y las correcciones que Mariu nos ofrecía tras cada función. No nos dejaba salirnos de la línea, y mira que a veces parecía ser la profesora de una guardería.
Los años de interpretación en Contigo Tres no pueden resumirse únicamente en esos meses de representaciones ante el público. Lo mejor eran las clases, las que parecía no tener más finalidad que respirar hondo y permitirnos relajarnos. Uno de esos pocos lugares seguros entre la vorágine del día a día.
Cada martes hacía el hueco como podía, porque sabía que ahí iba a estar entre amigos. Para probarme a mí misma y, a veces, incluso sufrir por enfrentarme a ejercicios duros. Pese a ello, Mariu consiguió que creáramos un grupo tan cohesionado que era imposible no sentirse a salvo. Precisamente esos momentos difíciles son los que más atesoro, porque son los verdaderamente memorables.
Así que sí. Contigo Tres y Mariu Ortiz me han regalado grandes experiencias, pero yo decido quedarme con esos ejercicios que los primeros días me parecían tan alejados del teatro, y que ahora veo como un consejo vital.
Uno de ellos consistía precisamente en llenar espacios. Caminar con decisión, marcar una dirección y mantenerla, asegurándote de no invadir al compañero, de llenar el espacio que queda vacío y de ser útil en escena. Que cada posición cuente.
Visto en perspectiva, me parece un ejercicio tan sencillo y valioso que ojalá se aprendiera también fuera del teatro. Ser tú mismo, útil, firme, sin dudar, y sin invadir a otros. Solo complementarlos. Trabajar juntos.
Eso sí, no hay nada que llene el hueco de Contigo Tres. Ese queda dentro de nosotros e impreso en la historia cultural de Santander. Por eso, confío en que el adiós solo sea temporal. Y a ti, Mariu, solo me resta agradecerte todo lo que eres y has hecho por mí. No solo como profesora y amiga, sino como una mentora inigualable. Y, ante todo, inolvidable.
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