Si los Tonetti levantaran la cabeza

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Es el poder del arte, aunque se te venga a la cabeza casi sin avisar la canción de Roberto Iniesta. Se te revienta el alma cuando ves cómo un grupo de gente se da cita en un café donde el arte es tributo cotidiano a ensanchar el alma. Y es que de vez en cuando se generan ecosistemas de resistencia, espacios donde te reencantas con la vida y sientes que todo es posible si dejas sacar ese animal poético que llevas dentro, tal y como lo hacen Nuria Velázquez y Pedro Feroz, queriendo formar parte de su manada, donde la cultura nace y germina en el barrio. Donde resucita esa utopía que caminaba un poco perdida entre tantas etiquetas y formas de ubicarnos en el mundo, entre tanto prefabricado, precocinado o prelavado -de cerebros destruidos-, (por ahí que se asoma Eskorbuto). Y de su mano nos adentramos en el barrio de verdad, no en el fetiche posmoderno de quien le gusta apropiarse y romantizar para luego ocupar de comida basura un mercado que forma parte de la identidad de Santander. Al mismo tiempo se hacen campañas con inteligencia artificial que quieren disfrazar una realidad desfigurada por los golpes de la usura, donde las sonrisas se convierten en muecas y las personas en números.

Es como si obligaran a los Tonetti a hacer el casting para ser Ronald McDonald. El maquillaje corrido por las mejillas sudorosas en un agosto demasiado tropical para el Cantábrico, donde el vecino es sustituido por el turista que intenta captar la verdadera esencia del lugar que pronto abandonará.

Los Tonetti no entienden nada. Hace nada representaban el número de «La Sardinera», donde Pepe se vestía de sardinera mientras su hermano Manolo ejercía de «cara blanca». Mientras Pepe usaba el el humor picaresco para repasar la actualidad del país y de la ciudad su hermano se reía a carcajadas para contagiar al público. Madre mía, pienso: “si los Tonetti levantaran la cabeza” y recuerdo recuerdo cómo Alicia ha demostrado, una vez más ,que aún queda gente que no usa la solidaridad como coartada para hacer caja. Que ni siquiera salen en la foto por ese ejercicio de pudor que tienen las personas que creen en lo que hacen y a quienes incluso les abruma habitar estas líneas. Por eso este homenaje más que merecido: a Alfredo, Teresa, Ana y todas las personas anónimas que mantienen viva la lucha por evitar que desaparezca el Mercado de Puerto Chico.

“Comida rápida para estómagos agradecidos” podría ser el próximo tema de este repertorio recién improvisado, donde Manon haría de nuevo de maestra de ceremonias dejándonos sin palabras. Y donde Mar y Fran romperían otra vez el silencio cómplice para darle voz a quienes no la tienen. Donde Quique homenajea a las víctimas de un bocal que nunca debió convertirse en tumba. Y convierte en himno sus canciones. Donde hay demasiadas hierbas malas que arrancar antes de que el asfalto las devore y todo esté “Lost”. Aunque ayer ese “perdido” salió ganador de la mano de un Javi y una Gema a los que no les da igual lo que está ocurriendo no dudan en sumar sus voces. Esta parte sí que creo que les gustaría a los hermanos Tonetti: personas que defienden a su amiga la pescadera de camino al mercado, con sus pasos marcados por el tic, tac del reloj de Sara y una memoria que va más allá de los límites del tiempo. Que se envuelven en la voz de Inés, porque siempre que llueve escampa que decía mi abuelo.

Porque forma parte de ese tiempo interior del que hablaba Baroja o Unamuno, ese que nos habita y al que se le da cuerda con recuerdos para no caer en esa locura de la que nos hablaba la máscara de Isaak Cuende. Esa en la que la alarma suena para despertar nuestras conciencias, pero depende de nosotros el hacerle caso o dejar que sigan detonando sus bombas de indiferencia.

Así, sin darme cuenta, te estoy contando desde mi rincón lo que ayer sucedió en un teatro convertido en muchas cosas, tantas como el agua que emanaba del corazón hecho quejido de Juan Castellón, que convierte cada acorde en un rezo a su padre, hablándolo desde el único lugar que nadie nos puede arrebatar. Ese lugar que comparte con Noemí Cortés y que hizo que se nos saltaran las costuras de una piel a veces demasiado encorsetada para dejarse ver.

Mientras, el verso de amor deshilachado de Mío zurcía palabras a la misma piel de quien más de una vez ha habitado esa forma de querer, de sentir, de despedirse. Un amor con puntadas que Regino puso a la memoria de quien se fue demasiado pronto, pero gracias a él aún transita las calles de un barrio que construyeron juntos y que prevalecerá para siempre.

Ahora los hermanos Tonetti no pueden dejar de sonreír al ver cómo cada cual a su manera defiende su legado y no permiten que les rasguen las hechuras de su “Santander la marinera”, de la que Miriam se despide a golpe de letanía, de rezo ancestral que reivindica lo que somos en la memoria de los lugares que vivimos y compartimos, que defendemos con lo que tenemos. Inmensa.

Si los Tonetti levantaran la cabeza, no lo dudo: habrían defendido y luchado por salvar el Mercado y la plaza de Puerto Chico. Y sólo sería el comienzo…

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