Una profesión entre compañeros
Hay una imagen que nunca llega a publicarse. No aparece en las portadas, ni en los informativos, ni en las redes sociales. Es la de un fotógrafo que avisa a otro de que la mejor posición está unos metros más allá. La de un videoperiodista que comparte la última convocatoria para que un compañero no se pierda una manifestación. La de quien presta una batería, una tarjeta de memoria, una botella de agua o simplemente pregunta: «¿Lo tienes todo?».
Esa imagen existe. Y dice mucho de la profesión.
Durante las últimas semanas, la cobertura de los grandes incendios de la Comunidad de Madrid y Ávila ha vuelto a demostrar las dos caras del fotoperiodismo y del videoperiodismo. Por un lado, profesionales que entienden que competir no es incompatible con colaborar. Personas que saben que una exclusiva nunca valdrá más que la seguridad de un compañero o que el prestigio de una profesión.
He tenido la suerte de coincidir durante mis 25 años de profesión con compañeros como Olmo Calvo, Alberto Astudillo, Diego Vitores, Alberto Ortega o Alejandro Martínez Vélez, entre otros. Profesionales que representan esa forma de entender el oficio en la que compartir información, avisar de un cambio de localización, indicar un acceso o simplemente echar una mano forma parte del trabajo. No porque exista una obligación escrita, sino porque entienden que el periodismo es, antes que una carrera individual, un servicio colectivo.
Pero hay un gesto que dice mucho más de una persona que cualquier fotografía publicada: compartir el coche para acudir a una cobertura.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. En una profesión donde la precariedad afecta a muchos profesionales, donde los desplazamientos corren casi siempre por cuenta propia y donde recorrer cientos de kilómetros para cubrir una noticia supone un importante desembolso, ofrecer una plaza en el vehículo o repartir los gastos del viaje es mucho más que un acto de cortesía. Es una forma de entender la profesión.
Compartir vehículo significa reducir costes para todos, disminuir el impacto ambiental, evitar que varios coches ocupen el mismo camino hacia un mismo lugar y, sobre todo, fortalecer los lazos entre compañeros. Durante esas horas de carretera se intercambia información, se analizan los acontecimientos, se contrastan datos y, muchas veces, nacen colaboraciones futuras. El viaje deja de ser un simple desplazamiento para convertirse en un espacio de aprendizaje y de compañerismo.
Lamentablemente, no siempre sucede así.
Las coberturas de los incendios también han puesto de manifiesto otra realidad: la de quienes prefieren recorrer el mismo trayecto solos, guardar para sí cualquier información útil o actuar como si el resto de compañeros fueran únicamente competidores. Es una actitud que no es exclusiva del periodismo; refleja una sociedad cada vez más individualista, donde con frecuencia se confunde el éxito profesional con el aislamiento.
Las redes sociales tampoco ayudan. En ocasiones parece más importante publicar antes que comprender mejor lo que está ocurriendo. Más importante conseguir la fotografía exclusiva que explicar el contexto. Más importante acumular visualizaciones que construir un relato informativo de calidad.
Sin embargo, el periodismo nunca ha consistido únicamente en llegar primero.
Consiste en contar mejor.
Los grandes reporteros que han marcado la historia de esta profesión no solo serán recordados por sus imágenes. También por su ética, por su generosidad y por el respeto que mostraban hacia quienes trabajaban a su lado.
En una cobertura de un gran incendio todos perseguimos el mismo objetivo: informar. Ninguno apaga el fuego. Ninguno es protagonista de la noticia. Somos testigos de una realidad que debemos contar con rigor y responsabilidad. Por eso resulta difícil entender que, compartiendo destino, horarios y riesgos, algunos sigan viendo al compañero como un rival en lugar de como un aliado.
Competir por hacer la mejor fotografía o el mejor vídeo es legítimo. Lo que nunca debería perderse es la capacidad de ayudarnos. Compartir un acceso, avisar de un cambio, prestar material o invitar a otro compañero a ocupar el asiento libre del coche no resta valor al trabajo de nadie. Al contrario, engrandece a quien lo hace.
Cuando termina una cobertura, las imágenes se editan, los vídeos se publican y las noticias pasan. Lo que permanece es el recuerdo de cómo nos comportamos con quienes compartieron aquellas horas de trabajo.
La profesión necesita grandes fotografías y grandes vídeos.
Pero necesita todavía más grandes compañeros.
Porque el verdadero prestigio de un fotoperiodista o de un videoperiodista no se mide únicamente por las portadas que consigue, sino también por el respeto que deja entre quienes trabajan a su lado.
Al final, cuando el humo desaparece y el incendio queda extinguido, la mejor imagen no siempre es la que aparece publicada. A veces es la que nunca verá nadie: la de un coche lleno de compañeros camino de una cobertura, compartiendo gastos, experiencias y una misma manera de entender el periodismo.