Sincio de vecindad, no de hospedaje

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|| Sindicato de Vivienda de Cantabria ||

Es tremenda la confusión. Nos estamos acostumbrando a estimar los lugares que habitamos en función de la valoración que hacen las personas que están de paso y de lo que tenemos para ofrecer hacia fuera y no según se plantee la preservación de nuestras industrias, de las infraestructuras que tienen sentido para nosotras, de nuestras necesidades y deseares colectivos, de nuestras tradiciones comunitarias y de nuestras maneras de habitar la tierra y de estar en el mundo. ¡Hasta admitimos que nos pongan nota, como si fuéramos una nueva app para el disfrute ajeno, y nos la leemos! Tan preciosa es nuestra tierra, nos dicen, que la visitan millones de personas cada año. Qué hermoso, nos dicen, ver las calles de nuestras ciudades y pueblos repletas de gente que no volveremos a ver jamás. Qué bueno es para la economía autonómica, nos cuentan, que tanta gente venga a dejar sus propinas a los bares de nuestros pueblos. Qué prestigio está adquiriendo, nos dicen, este territorio nuestro que todo el mundo quiere ver y gozar. Alquilar. ¡Venid, turistas, que Cantabria es Infinita y regalamos anchoas y sobaos a cambio de un post de Instagram! “Cantabria está de moda, y no es un secreto para nadie. La región cada año bate récord en visitantes y los lugares más turísticos lo sienten cada vez más. Algunos pueblos de la comunidad llegan a triplicar su población con la llegada del buen tiempo, algo que los comercios y servicios cada vez destacan más”, decía El Diario Montañés hace pocos días. También se han retirado más de mil kilos de basura en una sima a menos de 5km de Fuente Dé, pero ese dato no ocupa tanta portada.

Los “embajadores de Cantabria” relatan los bonitos atardeceres de nuestras costas, los sabrosos sobaos pasiegos que le compran al Corte Inglés o los puntos “selfie” de las zonas más acorraladas por el turismo. No parecen querer “averiguar qué efectos tiene en (nosotras, las que aquí hacemos la vida) formar parte de una infraestructura que ofrece recreo a los visitantes y (nos) exige que, más que trabajadores, (seamos) anfitriones de espacios que no (poseemos)”. Lo explicaba Anna Pacheco en Estuve aquí y me acordé de nosotros. Una historia sobre turismo, trabajo y clase tras una investigación con trabajadoras en el seno de varios hoteles de lujo mediterráneos. Ya no tenemos un proyecto común particular para nuestro territorio, sino un hueco minúsculo en el que tratar de sobrevivir a los planes que el mercado impone para lo que fue nuestro hogar. Tenemos casi perdida la capacidad de organizar nuestra vida comunitaria, de proteger colectivamente nuestro territorio y de articular un proyecto que ponga en el centro la conservación de nuestra historia. Y quien no lo observa con resignación lo hace con impotencia.

Y esos lugares que habitamos dejan de ser el bar donde nos tomamos el café con la güeli, el tren que nos deja algo más cerca del curro, la plaza en la que pasamos las tardes compartiendo un kilo de pipas o jugando a los bolos, la cajiga bajo la que hacemos la juntaá los sábados, el mar en el que nos damos un cole en porretas antes de ponernos con la cena, el huerto en el que sembramos y cosechamos lo que nos llevamos a la boca, la loma a la que las pandereteras subían a cantar a lo ligero o las calles por las que caminamos reivindicando nuestros derechos. Y nuestra casa… Ay, nuestra casa. No existe más.

Los de los butacones en el Parlamento ponen su poquita creatividad al servicio del mercado, aunque ello suponga mercadear con los derechos fundamentales de las personas, los animales y el territorio. Aunque ello suponga comerciar con la memoria colectiva, con la historia local y hasta con los sonidos que nos dan una lengua, un ritmo, un imaginario común. Venden el arraigo como venden las acciones. Los lugares que habitamos dejan de ser habitables para convertirse en activos financieros y bienes de mercado que nos expulsan. Ahora esos espacios son “destinos”, “atractivos”, “refugio de los famosos”, “atracciones”, “planes vacacionales”. Ahora Cantabria se narra como un terreno infinito “que ofrece un plan diferente a cada visitante”. Cantabria es una “escapada” para ricos y desclasados de otros lugares del mundo. El lugar del que las paisanas muchas veces desean escapar. Te lo cuentan así los medios de comunicación, la propaganda institucional, los personajes políticos. Te lo cuentan así el mercado, las inmobiliarias, la industria turística entera. Te lo cuenta así ya hasta tu vecina del quinto que no tiene periodo de descanso en verano porque subsiste sirviendo a esas hordas de gente que hacen felices a los mercaderes de la vida comunitaria. Decía Ana Geranios en Verano sin vacaciones, donde relataba la realidad de muchas vecinas de la Costa del Sol, que “la reconstrucción del territorio se basa en satisfacer los deseos de las personas que están de paso, no las necesidades de las personas que lo habitan. Los comercios tradicionales serán reemplazados por una amalgama de locales distribuidos sin sentido que borrarán la historia de las calles para dar paso a un centro comercial abierto”. Se está rifando que nuestra existencia se vea reducida a un puñado de entradas en la Guía Go y la Agenda Aúna y tenemos casi todas las papeletas.

Y suceden cosas. Sucede que los precios suben como en ningún otro lugar del Estado sobre el transporte, la vivienda, el agua, la electricidad, el gas y otros combustibles mientras se crean puestos de trabajo basura. Sucede que se incendia una hectárea de los pinares de Liencres. Sucede que unos bisontes de colores se echan a la calle para fomentar el turismo en Torrelavega. Sucede que estamos vaciando el pantano del Ebro porque la actividad turística nos está dejando sin agua. Sucede que Laredo sigue sin mercado de abastos dos años después de la reforma. Sucede que casi 50.000 jóvenes firman en Cantabria contratos temporales, que 8.411 jóvenes solo pueden acceder a un curro a tiempo parcial, que casi 1.000 jóvenes tienen que pluriemplearse para subsistir, que los jóvenes tienen que destinar 16 años de su salario íntegro para comprarse una casa. Sucede que se desahucia a casi 40 familias en un trimestre. Sucede que los pueblos de Entrambasaguas no tienen un transporte digno y eficiente que les conecte con los servicios básicos, que la Renfe es famosa por dejar tirada a media Cantabria día sí y día también mientras el Seve Ballesteros celebra que en septiembre va a tener 30 conexiones con Europa y más allá. Sucede que se nos va el 42% del salario en el alquiler, que la renta de un piso cutre cuesta casi un salario mínimo, que nuestra comunidad es la 3ª con más viviendas turísticas, que tenemos cerca de 50.000 casas vacías y al 80% de los jóvenes sin poder acceder a una vivienda y a las que peinan canas también más cerca del desahucio que de la estabilidad habitacional. Sucede que nos llenan los puertos de montaña de macroproyectos que destrozan el suelo y el paisaje, expulsan a las humanas que habitan los pueblos y extinguen a las aves que transitan los cielos. Sucede que más de 16.000 personas permanecen en lista de espera para operarse en la sanidad pública, que la atención primaria está colapsada. Sucede que “¿es para segunda o tercera residencia?” es la primera pregunta que hacen las inmobiliarias cántabras. Sucede que muchas vecinas de casi cualquier municipio han llegado a normalizar irse durante unos días para evitar estar presentes en las fiestas de su pueblo porque ya no son para ellas y con ellas sino para unos cientos de espectadores. Sucede que las habitantes de los barrios y pueblos de Cantabria no pueden aparcar sus vehículos donde viven porque las plazas están llenas de coches visitantes, los praos se convierten en aparcamientos privados y los disuasorios solo disuaden a las vecinas de toda la vida. Sucede… que ya casi no tenemos vecinas.

Sucede que las instituciones prefieren un territorio lleno y exprimido que les llene los bolsillos a unos pocos a un territorio vivo para todas y todos. Nos están quitando tanto que no nos va a quedar ni el calabobos.

Como pensaba Anna Pacheco, el turismo tiene un efecto desclasante “a ratos violento y casi siempre ridículo”, y seguramente tenga razón también en que “lo radical es pensar que las limitaciones ecológicas nos llevarán a otro tipo de descanso que pasa inevitablemente por movernos menos” y que, “si no queremos que nos hagan la utopía de la multinacional (ni la utopía turística, que es exactamente la misma), tenemos que empezar a pensar cómo trabajamos menos para estar menos cansados y qué otras cosas podemos hacer cuando no estamos trabajando. Construir, en definitiva, alternativas a un consumo desesperado, de evasión”. Menos mal que todavía queda sensación de pertenencia y pelea por el arraigo y que eso “activa las luchas colectivas frente a las violencias generadas por las clases privilegiadas y por el Estado. Si no estamos en los lugares que nos duelen, si no estamos cerca de quienes queremos y con quienes nos sentimos identificadas, defendernos resulta muy desgastante y complicado”, como decía Ana Geranios. Por eso es tan importante la organización colectiva, el apoyo mutuo, la autogestión de la cotidianidad en comunidad. Algunas, como esbozaba Azahara Palomeque en Vivir peor que nuestros padres, “somos la generación más estéril y mejor preparada de la historia, coleccionista primero de expectativas y luego de frustraciones, que habita viviendas prestadas o se desuella la carne en alquileres abusivos, eternamente infantilizada aunque ya peinemos canas”, pero estamos aquí y sabemos que todo está por hacer y que todo es posible. Solo hace falta dejar de acunar los deseos de los turistas y mimar nuestro sincio colectivo. Nuestro sincio de fonda y no de restaurante, de gallofa y no de baguette, de argullu y no de pride, de trainera y no de catamarán, de romería y no de cabalgata, de casuca y no de Airbnb. Sincio de atropar nuestros derechos y de acaldar nuestro territorio en venta. Sincio de vecindad, no de hospedaje.

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