La bandera de España, el cántico de instituto, la mediocridad intelectual y el ser humano
|| Javier Mínguez Herrero ||
El 2 de septiembre ocurrió algo que, en una sociedad mínimamente cuerda, debería parecernos bastante poco extraordinario: un grupo de personas se reunió ante la Delegación del Gobierno en Santander para recordar que los derechos humanos también pertenecen a quienes llegan de fuera. Después de un agosto como el que hemos vivido en Ceuta, quizá hacía falta decirlo en voz alta.
No parece una idea particularmente extravagante. Que una persona, independientemente de dónde haya nacido, tenga derechos. Que no haya que ganarse la condición de ser humano en una frontera. Que el racismo no sea una política ni una forma aceptable de entretenimiento colectivo.
La concentración fue pacífica.
Al otro lado aparecieron los insultos, los cánticos, las intimidaciones, los saludos neofascistas y las banderas. Hasta tal punto que la Policía tuvo que escoltar a los manifestantes antirracistas por el centro de Santander.
Es una imagen que debería hacernos pensar. Y quizá también entristecernos.
Porque algunos de los que estaban al otro lado eran jóvenes.
Jóvenes que han descubierto que gritar un insulto en grupo produce una sensación bastante inmediata de pertenencia. Que levantar una bandera puede ahorrarte el incómodo trabajo de explicar qué piensas. Que un cántico de instituto, repetido veinte veces, puede hacerte sentir parte de una causa sin necesidad de haber leído demasiado sobre ella.
Es una herramienta política extraordinariamente eficiente. No requiere libros. No requiere argumentos. No requiere matices. Sólo hace falta aprenderse la letra, con la complejidad intelectual de una nana de guardería.
Y quizá ahí esté una de las cosas más tristes de la escena: contemplar cómo entre algunos jóvenes la hostilidad hacia el migrante puede estar convirtiéndose en una especie de válvula de escape.
¿Un escape de qué, exactamente? Esa es una pregunta bastante más incómoda.
De una educación cada vez más pobre en pensamiento crítico. De un entorno político que recompensa el exabrupto. De redes sociales diseñadas para convertir cualquier conflicto en una guerra tribal. De una conversación pública en la que comprender al otro parece una señal de debilidad y donde tener razón importa menos que demostrar que perteneces al grupo correcto.
No es una excusa. Es precisamente por eso por lo que debería preocuparnos.
Porque resulta demasiado sencillo mirar a un grupo de chavales haciendo saludos neofascistas y despacharlos como una anomalía. Mucho más difícil es preguntarnos qué ha ocurrido para que un joven encuentre en el desprecio, el insulto y la estética neofascista una forma de identidad.
Y aquí entra la bandera.
La bandera de España.
Una bandera es un trozo de tela al que una sociedad ha decidido cargar de significado. Puede significar familia, territorio, memoria, orgullo, historia, pertenencia. Puede significar cosas distintas para personas distintas. Y no hay nada particularmente problemático en ello.
El problema empieza cuando la bandera se convierte en un argumento.
España. Y ya está.
Como si pronunciar el nombre del país resolviera una discusión. Como si llevarla sobre los hombros proporcionara automáticamente una superioridad moral. Como si quien no comparte nuestra interpretación del patriotismo tuviera que demostrar primero que merece estar aquí.
La bandera puede representar una idea de país. Lo que no puede hacer es pensar por él.
Y cuando la bandera no alcanza, siempre podemos recurrir a los Tercios.
Los Tercios aparecen entonces como una especie de comodín histórico. La carta comodín del patriota sin bibliografía.
No importa demasiado qué se esté discutiendo: migración, racismo, convivencia, Ceuta, derechos humanos.
Tercios.
Siempre se puede sacar a los Tercios, como quien saca una carta de la baraja cuando ya no quedan argumentos. Es una solución estupenda porque los Tercios no pueden contestarte. Llevan siglos muertos. No pueden preguntarte qué tienen que ver con el inmigrante que tienes delante, ni con el racismo, ni con una concentración en Santander en 2026.
La historia debería servirnos para comprender el presente. Convertirla en decoración ideológica sirve exactamente para lo contrario.
Y luego está el cántico.
Ese maravilloso mecanismo por el cual veinte personas pueden decir exactamente lo mismo durante cinco minutos y salir de allí convencidas de haber mantenido un debate.
No hay que subestimar su poder. El cántico simplifica el mundo. Elimina las dudas. Borra los individuos. Divide la realidad entre nosotros y ellos.
Y eso resulta muy cómodo. Porque pensar es incómodo.
Pensar significa aceptar algunas cosas terriblemente incómodas. Que alguien puede envolverse en una bandera española y no ser un fascista. Que defender al migrante no nos convierte automáticamente en santos, del mismo modo que gritar contra él no convierte a nadie en patriota. Que se puede discutir una política migratoria sin convertir al ser humano que tenemos delante en el problema.
Pero todo eso exige un esfuerzo. Hay que escuchar, distinguir, matizar.
Es mucho más sencillo aprenderse cuatro palabras, gritarlas en grupo y sentir durante cinco minutos que uno acaba de resolver la historia de España.
Pensar significa asumir que el mundo es demasiado complejo para caber en un cántico. Y quizá ese sea precisamente el problema: que el cántico no necesita que pensemos.
Por eso la escena del 2 de septiembre debería producirnos algo más que indignación. Debería producirnos pena.
No por los símbolos. No por la bandera. Ni siquiera por los Tercios. Por los jóvenes que parecen estar encontrando una identidad en el desprecio.
Por la facilidad con la que el migrante se ha convertido en un recipiente sobre el que descargar frustraciones que probablemente tengan poco que ver con él. Por una sociedad que parece enseñar a sus jóvenes a identificar enemigos antes que a comprender personas.
Porque hemos conseguido algo bastante extraordinario: que recordar que un ser humano merece dignidad, derechos y protección, independientemente de dónde haya nacido, pueda presentarse como una postura política radical.
La Policía tuvo que escoltar a unos manifestantes que defendían los derechos humanos. A la persona que estaba intentando marcharse mientras otros le gritaban.
Y esa debería ser la imagen que recordásemos.
No la bandera.
No el saludo.
No el cántico.
El ser humano.
Ese pequeño detalle que, entre tanta España, tanta historia y tanta épica de instituto, parece que hemos olvidado.