CUIDADOS
Quizás la forma más honesta de reivindicar el gesto que se asocia al cuidado sea desenvolver el momento convertido en recuerdo y mostrarlo. La mayor parte de las veces, aunque no siempre, ese gesto lleva nombre de mujer. Pero de mujer en plural. De la que es madre y de la que no quiso serlo, de la que llegó de fuera para cuidar lo de dentro, de la que cuida con papeles y de la que cuida sin ellos, de la que lo hace por amor y de la que lo hace porque no le queda otra. Una cadena que necesita romperse con nombre de hombre para crecer. Y así, quizás, ser hombre sería ese algo más que necesitamos para poder ponerle una mayúscula al principio.
Recuerdo las horas pasadas, cuando las horas no tenían medida, en ese lugar indeterminado que con el pasar de los años solo mantiene las coordenadas de la niñez. Es increíble cómo el tiempo tenía la capacidad de pasar tan rápido y tan lento a la vez. De masticar los momentos, de alargarlos sin más medida que no hacerle caso.
Ahora que el tiempo ha pasado y no dejamos de mirar qué quiere hacer de nosotros. Nos volvemos a encontrar en ese mismo lugar donde fuimos, aunque no por mucho tiempo, eternos.
Qué pena darte cuenta tan tarde, por más que nos lo decían nuestros mayores: “disfruta de estos momentos, porque no volverán”. Inconsciente como sólo lo es quien se cree hecho de un para siempre, no le hacías caso. Cada día te sentabas en ese brazo de la butaca que ella dejaba libre, mientras su mano levantada no dejaba de temblar al señalarte. Con la cachava cerca por si tenía que levantarse a estirar un poco las piernas, acercarse a la fregadera y otear por la ventana quién rondaba por la cuesta. O para avivar el fuego y mantener caliente la chapa; o simplemente por esa necesidad de levantarse y sentir que aún podía hacerlo. Con los años cada vez menos, y del sofá a la cama, ya no había brazo, ni tampoco cachava, sino silla de ruedas que te llevaba y que te traía. Y era nombre de mujer, de Blanca, de Mili, de Marisol cuando estaba, pero también nombre de familia, de Sardo, de Óscar, de Héctor…
Y en ese ir y venir, los cuidados; esa palabra en la que caben las úlceras, las caricias, las palabras de cariño, la tensión, el peso de los días, los miedos, el amor y la incertidumbre, todo mezclado de tal manera que sólo lo entiende quien lo vive, quien lo ha sentido. Y me acuerdo de más nombres de mujer, me acuerdo de Belén y de Juanita, de Mónica, de Raquel. Me acuerdo de Lorena, me acuerdo, cómo no, de ti y de Severina. Me acuerdo de Yoly, de María Jesús y de Esti. Y también de ellos, de vosotros…
Me acuerdo de tantos me acuerdo que no puedo nombraros a todos, perdonadme. Pero todos cabéis en ese gesto del cuidado a quien un día necesitó de vosotros. De Manoli y su familia…
El paso del tiempo hace que los recuerdos reivindiquen su lugar. Un lugar que no siempre coincide con las fechas del calendario, porque se mide de una manera diferente. Con forma de cogerte la mano cuando temblaba por el párkinson y tú decías que era tu forma de tocar la guitarra. Tu mirada que ya sólo reconocía con la retina del amor, más allá del rostro al que nombrabas con otro nombre, y aún así era el mismo. La misma mano que acompañaba al baño y limpiaba el culo cuando no llegabas a tiempo. La misma que te daba las friegas de alcohol de romero, que también era la mano que apretaba la tuya en la cama del hospital o en la habitación de casa, o en la sala de espera. O la misma mano levantada para un adiós que llegaba demasiado pronto. Porque siempre es demasiado pronto.
Esa mano que es capaz de abrirse cada día para despertar, asear, acercar una cuchara a la boca, de acariciar aunque no siempre sea fácil, porque es mucho lo que cuida, y pesa mucho ser tan frágil. Esa mano que cambia las sábanas, ventila la habitación, que recoge la baba que se cae y la coloca en el pañuelo. Hay tanta dignidad en cada uno de esos gestos. Por eso es tan importante que a cada mano la acompañe otra para que no se vuelva dura, cansada e indolente, para que ese gesto de cuidado se multiplique más allá del nombre de mujer que siempre ha estado ahí.
Esa mano que no forma parte de tu familia, pero que ha elegido un trabajo en el que va mucho más allá de la nómina, siempre insuficiente para todo lo que hace, que llega a fin de mes. Esa mano que también necesita de manos que la puedan recoger. Porque no siempre es fácil. Y de nuevo los recuerdos reivindicando sus propios calendarios; el nombre de Eva, de María, de Pepe, el nombre de Ana…
Y como no, tu nombre. Siempre tu nombre.