¿Qué ciudad queremos?

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|| Asamblea Ciudadana Santander Saludable ||

Los lugares en los que hacemos vida deben ser saludables, seguros y habitables.

¿Cuánto vale el espacio que ocupa un coche aparcado? Esa es la pregunta que planteaba recientemente el concejal de Movilidad de Santander. Quizá la pregunta debiera ser otra: ¿Cuánto nos cuesta una ciudad diseñada para que el coche sea imprescindible? Costes en tiempo, salud, seguridad, ruido, contaminación y calidad de vida que hemos terminado asumiendo como inevitables, cuando en realidad son también consecuencia de decisiones urbanísticas y de movilidad.

La movilidad en las ciudades es uno de los grandes asuntos pendientes que debemos abordar y debatir. El modelo desarrollado en el siglo XX defendía ciudades funcionales y segregadas por usos, fomentando la dispersión y obligándonos a recorrer distancias cada vez mayores para trabajar, estudiar, comprar e incluso relacionarnos. Las consecuencias de ese modelo tienen mucho que ver con el aumento del tráfico motorizado, que ahora satura calles que no se concibieron para ser ocupadas por el automóvil.

Este modelo de ciudad tiene consecuencias, menos espacio para caminar, jugar o simplemente estar, además de problemas de inseguridad vial y siniestralidad. La ciudad adaptada al coche condiciona otras formas de movilidad, los peatones tienen dificultades para cruzar la calle y los ciclistas tienen miedo a utilizar la calzada.

Santander es un ejemplo de todos estos problemas. Barrios tan densos y populosos como Castilla-Hermida destinan casi todo su espacio público al tránsito diario de decenas de miles de vehículos y al aparcamiento. Calles dominadas por el asfalto que acumula calor en verano, con escasa vegetación y pocas zonas de estancia o de juego infantil. A ello se suman episodios recurrentes de contaminación y muchas calles con niveles de ruido superiores a los límites legales.

Entre 2022 y 2024, las calles de Santander registraron 1.285 accidentes de tráfico con víctimas, de los cuales 124 requirieron hospitalización y 9 tuvieron resultado mortal.

1. Si comparamos estos datos con los de la ciudad de Bilbao, que tiene más del doble de habitantes, la probabilidad de sufrir un accidente grave en nuestra ciudad, con heridos hospitalizados, incluso con resultado de muerte, es más casi dos veces superior.

El coche protege a quien va dentro, pero no a quien está fuera. Entre 2022 y 2024, de 583 heridos que viajaban en coche, solo 7 fueron graves. En cambio, 8 de cada 10 víctimas graves iban a pie o en moto. El peatón es el más expuesto cuando resulta herido: una de cada cinco víctimas acaba fallecida o requiere hospitalización, el doble que un motorista y 16 veces más que quien va en coche.

Y, sin embargo, ni siquiera se ha abordado lo más básico: cinco años después de que el Pleno aprobara en 2021 estudiar la creación de caminos escolares seguros, el plan de entornos escolares sigue pendiente. Tampoco hay un solo aparcamiento disuasorio en las entradas de la ciudad: el del Sardinero, que contaba con fondos europeos, se abandonó en 2024, y los de La Marga y Monte siguen siendo anuncios pendientes de hacerse realidad.

¿Queremos una ciudad donde cada desplazamiento cotidiano obligue a utilizar el coche? ¿O una ciudad donde sea agradable caminar o ir en bici, donde el transporte público sea eficaz, y el espacio público invite a vivir y convivir?

Necesitamos recuperar espacio para estar. Una ciudad que nos cuide, con más árboles de sombra que nos refugien del cada vez más intenso calor veraniego, con niños jugando en la calle y personas mayores que puedan desplazarse con autonomía. Una ciudad en la que se pueda vivir sin depender del coche y de los costes y obligaciones que conlleva.

Lograrlo exige abandonar dogmas y simplificaciones. No se trata de declarar una “guerra al coche”, sino de aprender de las ciudades que han sabido encontrar un equilibrio entre los distintos modos de transporte y, al mismo tiempo, mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

Pero, sobre todo, exige visión de futuro. No basta con gestionar el espacio disponible, hay que decidir para qué queremos utilizarlo. Antes de preguntarnos cuánto vale el espacio de un aparcamiento, deberíamos plantearnos cuánto vale una ciudad más saludable, segura y habitable.

El momento de abrir ese debate es ahora. Y hay que afrontarlo con la voluntad política de la alcaldesa y de los concejales, junto con la participación de una ciudadanía que quiere contribuir, desde su experiencia cotidiana, a construir un Santander mejor para todas las personas.

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