Clandestino: la catarsis de mirar de frente a quienes la sociedad ha dejado en la calle

El teatro social, la aporofobia y el derecho a pertenecer. Fotos: Enrique Gutiérrez Aragón
Tiempo de lectura: 10 min

Cuando el escenario nos devuelve la imagen de una sociedad que no puede seguir convirtiendo a las personas sin hogar en invisibles.

Hay un teatro que entretiene. Otro que emociona. Y existe un teatro revolucionario, que hace algo mucho más profundo: nos desarma, nos interpela y nos obliga a mirar de frente aquello que hemos aprendido a esquivar.

Clandestino, a cargo del grupo de teatro comunitario Zenbatu, y su director Iván Iparraguirre nos invitan a atravesar esa frontera. Su representación en Torrelavega, dentro de la Semana contra la Pobreza 2026, nos acercó a las historias de quienes sobreviven entre el sinhogarismo, la violencia y la exclusión social.
Historias que no siempre encuentran espacio en las agendas políticas, en los medios de comunicación ni en nuestras conversaciones cotidianas.

La experiencia de Zenbatu con Clandestino tiene un precedente en Cantabria. En diciembre de 2019, EAPN Cantabria impulsó un proyecto de teatro inclusivo en la Escuela de Artes Escénicas del Palacio de Festivales, en el que participaron personas vinculadas a sus entidades sociales y personas en situación de vulnerabilidad o exclusión social, poniendo en valor sus capacidades, su participación activa y su derecho a ocupar espacios culturales. Ambas propuestas comparten una misma convicción: el teatro no solo sensibiliza a quienes observan, sino que también puede fortalecer la autoestima, la expresión personal, la autonomía y el sentimiento de pertenencia de quienes suben al escenario, transformando la experiencia artística en una herramienta de inclusión y reconocimiento social.

El teatro tiene algo de embriagador cuando consigue romper nuestras defensas. Nos hace reír, sentir rabia, llorar, indignarnos y reconocer nuestros propios prejuicios. Nos enfrenta a la incomodidad de descubrir que, detrás de cada persona a la que hemos pasado de largo, existe una vida entera.

Esa es su capacidad catártica: no solamente conmovernos, sino remover aquello que parecía asentado, cuestionar nuestras certezas y dejar una pregunta incómoda cuando se apagan las luces: ¿qué hacemos nosotros, qué hace nuestra sociedad, para que alguien termine viviendo sin un hogar?

Para quienes interpretan estas historias, el proceso creativo puede convertirse también en una experiencia de expresión, reconocimiento y pertenencia. Para quienes las contemplan, puede abrir una oportunidad de comprender realidades que permanecían lejos de su experiencia. El teatro social no sustituye a la intervención psicológica ni a las políticas públicas, pero puede contribuir a generar conciencia, fortalecer vínculos y devolver protagonismo a quienes tantas veces han sido ninguneados y reducidos a su situación de vulnerabilidad.

Cuando las personas dejan de ser únicamente destinatarias de la intervención social para convertirse en protagonistas de su propio relato, recuperan algo fundamental: la posibilidad de ser escuchadas.

Un hogar es mucho más que un techo

El pasado 22 de octubre, el teatro Concha Espina en Torrelavega se emociona y comparte escalofriantes historias que remueven las conciencias y los corazones sintiendo rabia, vergüenza, soledad, frío y humillación.

La exclusión prolongada desgasta. El frío no es solamente meteorológico: también es el de las puertas que no se abren, las llamadas que no se devuelven, los trámites que no encuentran respuesta y las miradas que atraviesan a una persona como si no estuviera allí.

La reivindicación va más allá de disponer de un espacio donde dormir. Un hogar significa seguridad, intimidad, descanso, estabilidad y la certeza de tener un lugar al que regresar. Significa poder guardar las propias pertenencias, cerrar una puerta, recibir una visita, cuidar la salud y construir un proyecto de vida, cumplir sueños, sin que cada día comience con la incertidumbre de dónde pasar la noche.

Las dificultades para llegar a las mujeres son aún mayores, cuya situación puede permanecer oculta y estar atravesada por riesgos específicos, como la violencia sexual.

Unas 300 personas se encuentran en situación de sin hogarismo en Cantabria y detrás de las cifras hay trayectorias vitales, pérdidas, rupturas y dificultades que no pueden explicarse mediante etiquetas.

También hay capacidades, deseos y posibilidades de recuperación que necesitan oportunidades reales.

Porque el sinhogarismo no comienza siempre en la calle. Puede comenzar con la pérdida de un empleo, una ruptura familiar, una enfermedad, una salida del sistema de protección, una situación de violencia o la imposibilidad de asumir un alquiler. Y puede mantenerse durante años cuando a esas circunstancias se suman la ausencia de apoyos, la discriminación y las barreras de acceso a los recursos.

La aporofobia: cuando la pobreza convierte a las personas en invisibles

Hay una violencia que no deja moratones, pero que desgasta cada día: la indiferencia.

La aporofobia, entendida como el rechazo hacia las personas pobres, contribuye a que el sufrimiento de quienes viven en la calle se normalice. Sus cuerpos se convierten en parte del paisaje urbano; sus necesidades dejan de sorprendernos y sus historias parecen no merecer nuestra atención.

A veces, la respuesta social consiste en apartar la mirada. Otras, en atribuir la situación exclusivamente a decisiones individuales, como si todas las personas dispusieran de las mismas oportunidades y redes de apoyo.

La exclusión residencial se agrava cuando concurren barreras estructurales: discriminación por origen étnico, problemas de salud mental, adicciones o patología dual, desarraigo prolongado y ausencia de vínculos familiares y comunitarios.

Estas circunstancias requieren apoyos especializados, continuados y coordinados. No justifican que se cierren puertas ni que se exija a las personas superar por sí solas unas dificultades que, precisamente, limitan su capacidad para acceder a los recursos.

La invisibilidad también puede instalarse en las instituciones cuando la respuesta se limita a desplazar a las personas de un lugar a otro, sin resolver las causas que las mantienen en la calle.

La pobreza no desaparece porque dejemos de verla. El sinhogarismo tampoco se resuelve convirtiendo a quienes lo sufren en personas incómodas para el paisaje urbano.

Housing First, y Housing Led son enfoques que sitúan la vivienda en el centro de la intervención.

Housing First, la vivienda primero plantea el acceso prioritario a una vivienda estable, acompañado de apoyos individualizados, sin imponer la superación previa de todas las dificultades personales.

Ambos parten de una idea esencial: disponer de un hogar puede ser el punto de partida para recuperar la autonomía, no únicamente la meta final de un proceso.

Pero ¿cómo acceder a una vivienda cuando los precios del alquiler resultan inasumibles, no se dispone de garantías económicas o se sufren prejuicios por el origen, la situación social o los problemas de salud?

La realidad evidencia una contradicción: mientras se reconoce la vivienda como un derecho, el mercado puede convertirse en una barrera prácticamente insuperable para quienes más necesitan protección.

Existen crecientes dificultades para acceder a pisos temporales, pensiones y habitaciones compartidas, con una disponibilidad limitada de alternativas. La falta de hogar dificulta el acceso al empleo, la atención sanitaria, los trámites administrativos y las relaciones personales.

Por eso, no basta con disponer de una estrategia escrita. Hace falta ampliar el parque público y social de vivienda, prevenir los desahucios, garantizar alternativas habitacionales y sostener los apoyos profesionales que permitan mantener el hogar.

La vivienda no puede convertirse en un premio reservado a quienes consiguen demostrar que ya no necesitan ayuda. Para muchas personas, tener un hogar es precisamente lo que permite comenzar a reconstruir su vida.

Frente a la intemperie y el desarraigo, existen iniciativas que trabajan desde una convicción sencilla: nadie debería perder el derecho a imaginar un futuro por haber perdido su hogar.

Los servicios sociales, los centros de acogida de Torrelavega y Santander y entidades sociales como EAPN Cantabria, Caritas, Nueva Vida, Movimiento por la Paz proporcionan formas de acompañamiento que comienza por acercarse a la persona, escucharla y reconocerla. Profesionales y voluntariado recorren las calles, establecen vínculos con quienes llevan años viviendo situaciones de exclusión y acompañan procesos en los que recuperar la confianza y el sentido de pertenencia puede resultar tan importante como cubrir las necesidades materiales.

Una carta puede parecer un gesto pequeño frente a la magnitud del sinhogarismo. Pero puede transmitir algo decisivo: alguien piensa en ti, tu historia importa y sigues formando parte de la comunidad.
Para quien lleva años viviendo sin una red de apoyo, volver a sentirse reconocido puede abrir un espacio desde el que expresar deseos, identificar objetivos y comenzar a construir un proyecto vital.

No se trata de idealizar la solidaridad ni de atribuir a un gesto simbólico la capacidad de resolver un problema estructural. Se trata de comprender que las políticas de vivienda y las prestaciones sociales son imprescindibles, pero que la inclusión también necesita relaciones humanas, continuidad y confianza.

El acompañamiento profesional y el voluntariado pueden sostener procesos de recuperación, facilitar el acceso a recursos y contribuir a reconstruir vínculos. Su labor, sin embargo, debe contar con el respaldo de unas administraciones que garanticen derechos y recursos suficientes.

Sembrar esperanza significa acompañar a las personas para que puedan construir sus propios sueños, no decidir por ellas cuáles deben ser.

Que la emoción se convierta en compromiso

La Semana contra la Pobreza nos recuerda que la desigualdad no es una fatalidad ni una responsabilidad exclusivamente individual. Es una realidad que exige respuestas colectivas, debate respetuoso, salir del despacho a la calle, decisiones políticas y recursos adecuados.

El verdadero alcance de una estrategia contra el sinhogarismo no se mide únicamente por los actos celebrados, sino por su capacidad para prevenir la pérdida de vivienda, garantizar alternativas residenciales y acompañar a las personas hasta que puedan desarrollar una vida digna.

Necesitamos más vivienda asequible, prevención, atención integral y coordinación entre servicios sociales, salud, vivienda y entidades del tercer sector. Necesitamos combatir la aporofobia y evitar que la enfermedad, la procedencia o la ausencia de vínculos se conviertan en motivos adicionales de exclusión.

Y necesitamos espacios culturales capaces de sacudir nuestra indiferencia.

Cuando termina Clandestino, el público dialoga y debate con los protagonistas, se proponen mejoras, se comparten sentires y emociones, aplausos y sensaciones agridulces. Afuera siguen las personas que buscan un lugar donde dormir, quienes esperan una habitación que nunca llega y quienes han aprendido a sobrevivir sin saber dónde estarán mañana.

La catarsis solo adquiere toda su fuerza cuando deja de ser una emoción pasajera y se convierte en una manera distinta de mirar y actuar.

Que el teatro nos conmueva. Que nos haga sentir rabia, ternura, tristeza y esperanza. Que nos recuerde que nadie es solamente su diagnóstico, su pobreza o su situación residencial.

Y que, al día siguiente, cuando nos crucemos con alguien que vive en la calle, no apartemos la mirada.

Gracias a EAPN Cantabria y a su grupo de incidencia política, por su incansable labor de sensibilización y por acercarnos a este grupo de maravillosos actores, protagonistas de sus vidas que han dejado una huella indeleble en el escenario y en la vida, porque la vida es puro teatro.

Porque nadie debería ser clandestino dentro de su propia sociedad. Porque un hogar es mucho más que un techo: es seguridad, intimidad, vínculos y pertenencia. Y porque una sociedad verdaderamente inclusiva es la que trabaja para que ninguna persona quede condenada a ella.

Que se cierre el telón, pero no la conciencia.

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