El legado de Cruyff en Santander

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Cruyff, encarado con ‘los grises’ en el Bernabeu, se convirtió en un icono de las ansias de democracia en la España del final de la dictadura de Franco.

«Tenemos la pelota; la vamos a perder». La consigna es de Laureano Ruiz, exdirector de la Escuela Municipal de Fútbol de Santander.

Le otorgaba tal gravedad a la afirmación que he llegado a pensar que no era fútbol, que era filosofía, porque es de aplicación para otros ámbitos de la vida. Por ejemplo, en política: «Tenemos el poder, lo vamos a perder». No les iría mal, como forma de mantener los pies en el suelo, a los políticos/partidos con responsabilidad de Gobierno.

Aquella filosofía de la pelota, como centro de poder en el fútbol, era núcleo central del programa didáctico de aquella Escuela en la que se formaron – nos formamos- varias generaciones de chavales y algunos futbolistas de importancia – Iván de la Peña, los Helguera, Munitis…

La mejor acción de un delantero es indiscutible: meter gol ¿Y la peor? Caer en fuera de juego ¿Por qué? «Porque supone perder la pelota», aleccionaba Laureano.

Primero la filosofía y luego los conceptos, con los que todavía bromemos en los reencuentros, de tan machaconas que eran aquellas clases de Laureano: dar luz al pase, la pared, el pasillo, la cobertura, el desmarque…

EL DESMARQUE DE CRUYFF

El desmarque. Cuenta Luis Ruiz, sociólogo y exfutbolista del Racing B, en una tribuna-homenaje a Johan Cruyff en El Diario Montañés, que el excapitán del Barça, Juan Carlos Pérez, les enseñaba a desmarcarse como lo hacía Cruyff: amagando pedirla en corto para salir corriendo al espacio; amagando salir corriendo al espacio para acercarse a recibir en corto. Igual que lo enseñaba Laureano.

La influencia de Cruyff en España es difícil de calcular. Algunos ligan su llegada al Barça con el origen de la hegemonía culé actual e incluso con los éxitos recientes de la Selección Española.

Hay casas donde esa influencia ha tenido que ser superior. Como en la de Judith Pérez, exportavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Santander; la hija de Juan Carlos Pérez, excompañero de Cruyff en el Barça. De casta le viene al galgo, porque Juan Carlos sale en el libro ‘futbolistas de izquierdas’ de Quique Peinado.

Su padre convivió con el carácter de Johan, desde el primer día que llegó a Barcelona. Cuenta Judith, en una entrevista en BUENAS TARDES CANTABRIA, que Cruyff reunió en el vestuario a la plantilla, a sus compañeros, sus teóricos iguales, para informarles de las novedades: «A partir de ahora vais a cobrar todos el doble. Y yo el doble que el que más. Porque soy la estrella». De ahí, tal vez, su fama de pesetero.

Un líder con contradicciones, huelga decir. Porque luego, en su etapa de entrenador impuso el tope salarial en el Barça. Y después de adoctrinar con la defensa de tres, cambiaba el sistema para jugar – y a menudo perder- en el campo del eterno rival. A veces hay que traicionar los principios para reafirmarlos.

TRASCENDIÓ LO FUTBOLÍSTICO…

«Siempre ha sido un referente, trascendía lo futbolístico», recuerda Judith. «Decía mi padre que no es lo mismo ser del Barça ahora que entonces».

El equipo de España era indiscutiblemente el Real Madrid. No hace tanto que el merengue jugaba en casa en Santander. Muchos racinguistas cantaban los goles del Madrid, jugara donde jugara aquella tarde de domingo. Muchos cambiaban de chaqueta para recibir la visita del equipo hegemónico. No hace tanto, o tal vez sí, de la Quinta del Buitre.

El ‘equipo del Gobierno’, para aquella afición del Barça tan acostumbrada al victimismo. «Cuando llegó -Cruyff- se encontró a un grupo humano de origen humilde acostumbrado a ser los eternos segundones», rememora la hija de Juan Carlos.

Aquí empieza la importancia de Cruyff, el futbolista que empezó a invertir las tornas. Fue la fase beta del equipo hegemónico que es hoy el Barça en el Mundo.

Cruyff liderando un grupo de jugadores magníficos, de mucha clase, como su compatriota y tocayo, Johan Neeskens, Marcial, Sotil, Reixach, Asensi… el propio Juan Carlos.

Cruyff, la estrella de la Naranja Mecánica, la selección que enamoró a todos en los 70, profanando el Santiago Bernabeu, el templo del eterno rival (0-5).

Comenta Judith que hasta entonces «había furia», pero que «desde su visión del Ajax no entendía la forma de jugar en España». Con el flaco «llegó el talento».

Eran los últimos años del Franquismo y la mayor parte de aquella selección Orange, subcampeona en los mundiales del 74 y del 78, no quería venir a España. Porque no había democracia.

Pero Johan se desmarcó de la dictadura como lo hacía de sus rivales y dejó una foto como evidencia, porque era «mediático»: la imagen de los grises – la policía de Franco- retirándole, entre protestas, del Santiago Bernabeu. Protestar, no diremos que fuera único, pero desde luego no era cosa fácil en aquellos tiempos.

…A LA HEGEMONÍA POR EL FÚTBOL

En su segunda etapa en el Barça, Cruyff recorrió el camino inverso. Seguía siendo aquel flaco despierto, intenso y ágil que se metía en todos los charcos, también de la política. Seguía siendo mediático y no olvidó nunca aquello del enemigo exterior (Madrid). Pero, chico listo, etiquetó también al enemigo interior, aquel entorno cainita impregnado de victimismo.

De alguna manera, modificó la cadena de ADN del Barça. A lo político, a aquel Més que un club que no sólo había entendido y apoyado, sino que había dotado de significado para mucha gente, le superpuso el gen del fútbol.

Primó la paciencia, el pase, el último pase. De la mano de la belleza llegaron los goles y los éxitos. La admiración, el Dream Team, el cambio de hegemonía.

En el banquillo, Cruyff pasó de fumar como un carretero a devorar Chupa Chups. Y el Barça pasó de verter aquel humo victimista que abrasaba al barcelonismo a saborear el dulce de la victoria. Aprendió a ganar.

En el vestuario de Wembley, en la final de la Liga de Campeones de 1992, Cruyff dijo aquello de: «salid y disfrutar». Se hizo esperar pero llegó en la prórroga el gol de Koeman, la primera Copa de Europa, el título que se le había resistido históricamente. La igualdad, mirar de tú a tú a los grandes del continente (incluido el Madrid).

Sí, ¿Pero cuántas Copas de Europa tenéis? Era el discurso del madridismo que se resistía a reconocer el cambio de hegemonía en el fútbol español; pues bien, desde la memoria de uno que ha nacido en 1980: el Barça ha conquistado cinco Copas de Europa por cuatro del Real Madrid. La diferencia (10-5) es en blanco y negro.

El barcelonismo perdió todos los complejos y años después, con Pep Guardiola – que había sido la extensión del entrenador en el terreno de juego- en el banquillo, el Barça se jugaba la cuarta Champions en el mismo escenario, Wembley. De alguna manera, el mosaico de la grada consagró la creación de Cruyff. ‘We love football’. Y el Barça se apropió del todo del deporte Rey.

EN SANTANDER, LAUREANO

En Santander era difícil ser un niño futbolero a principios de los años 90 y no admirar el juego del Barça. El Racing empezaba a recuperarse de un periplo por las catacumbas del fútbol español; el Dream Team enamoraba. Los niños imitaban las cuerdas de Laudrup, el carácter y la pegada de Stoitchkov, el fútbol aseado de Guardiola y de dibujos animados de Romario.

Laureano Ruiz era un entrenador enamorado e influenciado por la figura de Johan Cruyff, a quien entrenó una temporada en el Barça. Se habla mucho de los entrenadores que influyen en los jugadores y poco de los futbolistas que cambian todos los esquemas.

Laureano explicaba el fútbol en 3-4-3 antes de que Cruyff volviera a Barcelona para hacer grande el fútbol. Y Laureano aprovechó aquella etapa, el Dream Team, para ganar legitimidad. Era más fácil explicar el pasillo un martes después de cada domingo que Laudrup, vestido de frac, eliminara rivales en diagonales de vértigo hacia la frontal del área.

De alguna manera, con la llegada de Cruyff al banquillo del Barça, Laureano Ruiz dejó de ser un científico loco del fútbol para ser un teórico avanzado del fútbol moderno. De aquella salieron Iván de la Peña, los Helguera, Munitis, Colsa…

El Racing tuvo que meterle una manita al Barça (5-0) en la decadencia de aquel Imperio Cruyffista para que muchos niños dejaran de ser del Barça (el Madrid llevaba un lustro dando disgustos sonados, sobre todo en Tenerife).

Y el Racing, que es de aquí, recuperó la exclusiva de la afición. No tanto por ser de aquí, que lo había sido siempre, sino porque volvía a ser de Primera. Volvía a golear a los grandes y entonces el que recuperó la legitimidad fue el abuelo, que nos hablaba del infranqueable Huerto del Francés.

Pero el fútbol ya nunca sería un corner que suponía medio gol en los antiguos Campos de Sport. El fútbol moderno era filosofía, la filosofía de la pelota. Y la posesión de la pelota como símbolo de poder en el fútbol. Es el legado de Cruyff, de aquella manera, en Santander.

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1 Comentario

  • Luis Ruiz Aja
    29 de marzo de 2016

    Muchas gracias por tu completo artículo. Siempre es de agradecer un periodismo deportivo de calidad ( veraz, riguroso, bien informado..)como el de Martí Perarnau, por ejemplo, por desgracia no abunda mucho y a menudo se acaba mezclando con el amarillismo de otras secciones periodísticas. Un saludo

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