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Los de ahora no sé

27 de abril de 2016. POR

“Las nuevas energías de las masas saliendo de su largo sueño transformarán vuestros lúgubres termiteros de cemento armado en lujosos monumentos transformables, siempre cambiantes”

Giuseppe Pinot-Gallizio

El otro día realicé una deriva urbana por los barrios delimitados entre la calle San Celedonio y la calle San Sebastián. Atravesé, sin pretenderlo, lo que hasta hace poco algunos vecinos conocían como la “plaza de las focas”, por la forma peculiar de sus columpios.

De repente, creí verme dentro de un cuadro de El Bosco. Ante mí, una ancha rampa desciende en espiral; su barandilla es un grueso tubo de acero galvanizado del que asoman por abajo una línea de focos de una luz blanca cegadora y del que cuelgan a su vez, más abajo, una fila de columpios, sobre un blando suelo de caucho (al parecer, los juegos de los niños de hoy deben ser acolchados).

 

Microespacio de la calle San Sebastián

Microespacio de la calle San Sebastián

 

Al lado de los columpios, sobre un pequeño montículo de tierra, reposa un viejo árbol que, sitiado por la solera de hormigón, no parece querer estar ahí. A pocos metros, bajo el pavimento superior hay unos bancos y una fila de pequeños arbustos; esa debe de ser la “zona verde” con el “arbolado” que el Ayuntamiento dice haber “mantenido”. Un muro perimetral de hormigón rodea todo, sirviendo de contención a la calle superior y bloques adyacentes. En fin: una Smart Plaza más…

A un paseante no avisado le sucederá lo que a mí: se quedará boquiabierto y pensará que acaba de ser abducido por una nave extraterrestre.

Había olvidado que aquel es ya uno de esos lugares a evitar en los paseos; un lugar destruido por la delincuencia institucional como lo son la duna de Zaera, el parque de Las Llamas o la plaza de San Martín de la Mar. La lista es larga.

Por desgracia en Santander cada vez hay más lugares de esos que dejaron de ser lo que eran para convertirse en angustiosos encofrados de argamasa de nula utilidad pero de un coste desorbitado.

Árbol en el microespacio

Árbol en el microespacio

Como sabemos, la arquitectura vanguardista es cara y autocomplaciente. La nueva plaza de la calle San Sebastián nos ha costado a todos 144.958 euros. Si la cosa se detuviera ahí, ni tan mal.

Por desgracia gran parte de ese barrio está pendiente de ser modificado; el Ayuntamiento ya ha informado de que habrá nuevas intervenciones -con una inversión de unos 50.000 euros- que lo transformarán en un entorno mucho más codiciado.

Si no lo evitamos veremos desaparecer de esa zona -y de otros barrios cercanos como Prado San Roque- callejones añejos que invitan a la pérdida, casetas y cobertizos, y pequeños prados llenos de huertas, gatos y maleza salvaje, que según nuestros gobernantes no son “vanguardismo” y por ello deben convertirse en bloques de viviendas caras con las que especular.

En esta ciudad, el urbanismo “innovador” salta con gran facilidad de los viales innecesarios a las placas de granito, de los estanques artificiales a las plazas amuralladas.

Antes de irme de allí me crucé con una señoruca que paseaba a su perro. Coincidimos a pocos metros de uno de los potentes focos LED de la barandilla.

Ella lo contemplaba todo con la misma estupefacción que yo. Cuando se dispuso a descender la rampa, de repente, se detuvo y dijo: “¡Ay!, que no se puede entrar con perros” y dando media vuelta, agregó: “al menos así nos vemos las caras”. Intuyo que el perro, bajo aquella espantosa elipse de luz, no se hubiera sentido realmente cómodo.

Si se contempla el monstruo por la noche y desde lejos, la instalación se asemeja a un espejismo de cemento y luz, a la carpa de un circo futurista, a un OVNI abatido, a un scalextric gigante y monstruoso… Su infografía, por otro lado, es igualmente grotesca.

Los niños de nuestra generación jugaban a destrozar los parques infantiles; lanzaban los columpios todo lo fuerte que podían para hacerlos girar sobre sí mismos y esperar a que, con el golpe final, los anclajes de las cadenas se soltasen. Los niños de nuestra generación saltaban tapias y verjas. Cazaban insectos y lagartijas. Se colaban en cobertizos.

Los de ahora no sé.

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