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Marta Pellón, la última que entró en la lista

20 de junio de 2018. POR

Marta Pellón me llama por teléfono para intentar ponernos de acuerdo sobre si hacer la entrevista en persona o no. Me pregunta dónde me encuentro y le cuento que nuestro estudio está en Cazoña. “Yo estoy en la Albericia”, me responde. Y me pide un minuto para ver si Arantxa también está libre y puedo reunirme con las dos a la vez.

Al poco me llama y me cita en el Complejo Deportivo de La Albericia, el mismo en el que días después se formó esa inmensa fila para apuntar a los niños y niñas a las actividades de verano porque el método de inscripción online es demasiado confuso y defectuoso.

Marta Pellón, abajo, entre Marta Fernández y Eva Berodia.

Le digo que tardaré un poco, que tengo que ir a buscar la grabadora, pero que llegaré en un cuarto de hora. Veinte minutos después, tras lograr aparcar en un lugar que a media tarde se llena de coches que entran y salen, entro corriendo por la puerta del Complejo.

Es inmenso, no había entrado nunca dentro. Había pasado y lo había visto desde fuera, pero no me había percatado de que era tan grande y completo. Y reconozco que me encanta.

Marta y Arantxa me esperan en el bar, el cual consigo localizar tras preguntar a un par de personas. Ambas me ven de lejos y me agitan las manos, guiándome a la mesa que han escogido en la terraza, en la zona cubierta por un toldo.

La temperatura es agradable y todas vamos con ropa ligera. Uno de los hijos de Arantxa está con ellas, tomando también un refresco. Recuerdo que el día de la protesta en Cartes ninguna de las dos pudo quedarse para contarme su historia porque tenían que ir a recoger a sus hijos a la salida del colegio y ambas viajan juntas en el coche.

Junto a Sonia, son las que viven en la zona de la Bahía de Santander, por lo que compartían transporte hasta el trabajo. Hasta el pasado año, el coche tenía una cuarta ocupante que también trabajaba en Aon Mobile. A ella la despidieron meses atrás, por quejarse de que les obligaran a llevar a cabo tareas que no correspondían a su contrato, según me cuentan ambas.

De hecho, me confiesan que esos viajes, todas juntas, casi eran lo mejor del día; compartiendo charlas y risas durante todo el trayecto.

Volviendo a la terraza del Complejo Deportivo, las miro a ambas, sentadas una a cada lado, y les pregunto con quién hablo antes. Entonces las dos se miran entre sí, sonríen apuradas y suspiran. “Acabemos con esto”, murmura Marta, mirando de reojo la grabadora que dejo encima de la mesa. “A mí es que esto no se me da bien…”. Le digo que no la mire e incluso tapo la grabadora con una bolsa para que no entre en su campo de visión.

COSTÓ COMPLETAR LA LISTA SINDICAL: “LA GENTE SE ECHABA PARA ATRÁS”

A pesar de los nervios y apuros, enseguida veo que Marta es de las tranquilas, e incluso tímida. O al menos eso parece con su media sonrisa y su cara de agobio. Aunque veo que afrontar juntas la entrevista les envalentona.

De hecho, ella me confiesa que su carácter le ha ayudado tanto en el trabajo como en la situación posterior. “Afortunadamente tengo otra forma de ser…”. Aunque me apostilla que “esto va por rachas y hay momentos malos, claro”. Esos malos tragos, por ejemplo, fueron cuando las echaron y ella tuvo que contarlo en casa, me dice.

Marta tiene 42 años, está separada recientemente y tiene dos hijos, de 12 y 15 años. “Ellos lo saben todo y explicarles el despido fue duro porque no lo entienden”, asegura. La situación, obviamente, no es fácil para ella.

Quizá por eso me confiesa que fue la última en entrar en la lista. “¿No lo tenías claro?”, le pregunto. “No del todo”, duda, pero asiente con la cabeza. “No estábamos haciendo nada malo, al contrario, pero es que la gente se echaba para atrás”.

Ella era consciente de que la posibilidad del despido estaba ahí pero, finalmente, el día a día y las injusticias observadas a otras compañeras, como su amiga despedida meses antes, le movieron a completar la lista que necesitaba un número concreto de integrantes. Es más, al crecer últimamente la plantilla, había crecido el número necesario de representantes para el Comité de Empresa.

Marta llevaba más de seis años trabajando en Aon Mobile, primero a través de empresas temporales y después, tras casi cinco años, ya en la plantilla de PITMA. No era la primera vez que trabajaba como teleoperadora pero su anterior experiencia había sido corta. “De un mes o mes y pico”, me especifica.

Y, antes de ello, estuvo varios años trabajando como administrativa en una empresa de armarios empotrados que era propiedad de su madre. Le pregunto qué pasó con la empresa, si es que el negocio fue mal, pero me cuenta que su madre lo vendió al jubilarse. “Yo es que no lo quería”, me responde cuando le pregunto.

LAS ECHARON A UNA HORA QUE NO SOLÍA SER LA HABITUAL: “QUERÍAN QUE LOS DEMÁS NOS VIERAN”

Marta me cuenta que trabajaba, junto a Patricia, Virginia, la otra Marta y Asun, en el departamento de Fidelización, el cual cuenta con entre 50 y 60 empleados.

El día que las despidieron les llamaron a las cinco a la vez, separadas de las compañeras de otros departamentos. “Nos dijeron que dejáramos todo y nos pusiéramos en formación, que nos fuéramos a la sala”, recuerda.

Por la hora que era no se planteó que se tratara de un despido, ya que estaban a media jornada, sobre la una de la tarde. “Cuando despiden a personas, normalmente lo hacen al acabar el turno, de modo que no te enteras de que tu compañero ya no está hasta pasados unos días cuando ves que no vuelve”.

Pero, en vez de esperar a las tres y media, que es la hora de salida en el turno de mañana, les rompieron la rutina y lo hicieron a la una de la tarde. “Creo que querían que nos vieran”, me confiesa.

De este modo, tuvieron que entrar en el departamento y recoger sus cosas a la vista del resto de sus compañeros. Ya saben, un modo de advertir a los demás, de demostrar las consecuencias si haces algo que no les gusta, aunque esto sea completamente legal y legítimo como formar una lista sindical para acceder al Comité de Empresa.

Aunque su carácter tranquilo le ha ayudado a Marta a sobrellevar bien el estrés del trabajo de teleoperadora, en sus planes no estaba que fuese el empleo de su vida. Me cuenta que, igual que Sonia, estaba preparando las oposiciones que han salido el día 9 para Personal de Servicios en el Gobierno de Cantabria.

“¿Y qué tal lo llevas?”, le pregunto, pues estamos hablando apenas unos días antes del examen. Ella se encoge de hombros. “Llevamos preparándolo desde septiembre. Si me lo preguntas antes del despido te diría que bien pero, ahora, con todo esto…”. Esperemos que esa tranquilidad innata le haya ayudado también en las pruebas.

Conoce mejor a Las 9 de Aon en este reportaje de Eva Mora

I – Virginia, la delineante de la construcción que quiere que su hija la vea luchar

II – Isabel, la más antigua y a la que le rebajaron el puesto tras su embarazo

III – Eva, la más joven que fue despedida con un mensaje de texto

IV – Patricia, la diseñadora de interiores que quiere regresar “por dignidad”

V- Marta Fernández, la auxiliar administrativo que espera volver a bailar


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