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Arantxa, la fotógrafa que se adaptó tras la crisis

21 de junio de 2018. POR

Arantxa Varela empieza a responderme preguntas justo cuando acabo con su amiga, que se excusa unos minutos. Mientras lo hace, siempre tiene un ojo puesto en su hijo que, si le habla, lo hace en voz baja, hablándole al oído y sonriendo con timidez.

Me cuenta que está casada de segundas, con dos hijos mellizos de ocho años. Su pareja tiene otro hijo con el que también viven. Al ver que el niño está solo con ella, reconozco que me dejo llevar por mi experiencia, al recordar a dos amigas mellizas que van siempre juntas a todas partes, y le pregunto si él es el hijo de su marido. “No, el suyo es mayor, tiene 19 años”, me aclara acariciándole la cabeza al niño.

Arantxa, la segunda a la izquierda, con dos de sus compañeras despedidas y representantes de CCOO en una protesta contra el nombramiento de Alfredo Pérez como presidente del Racing.

Le pregunto al niño si hace algún deporte en el Complejo y me cuenta que realiza patinaje artístico y fútbol. Ella me dice que su otro hijo compite. “Este es el primer año”, apunta.

Arantxa me confiesa que le encanta la fotografía. “¿Y qué te gusta fotografiar?”, le pregunto. “Especialmente a mis hijos”, me dice. “Seguro que te has convertido en la madre oficial que hace las fotografías del equipo de los niños”, averiguo. “Pues algo así”, me confiesa sonriendo.

Ochos años son muy pocos para que los niños sepan la realidad del despido de su madre en Aon Mobile, las condiciones de trabajo que tenían y todo lo que ha conllevado el escándalo. “Ellos están contentos porque me ven más en casa, les llevo y traigo más. ¿Qué van a suponer ellos?”.

Anteriormente estuvo años trabajando en un par de estudios de fotografía, de ayudante y llevando la tienda. “Es lo que más me gusta hacer”, me confiesa. “¿Y qué pasó?”. “Pues que el último estudio era una empresa familiar y, cuando llegó la crisis, la que sobraba era la única que no era familia”.

Me confiesa que claro que le encantaría retomarlo y volver a ese sector, aunque sabe que “la situación del mercado laboral es la que es”. Ella se adaptó, lo que han hecho miles de españoles en los últimos años.

“EN OTRAS EMPRESAS TIENEN MEJORES CONDICIONES QUE NOSOTROS”

Como han venido juntas, la conversación con Arantxa y Marta es fluida e incluso se interrumpen entre ellas para contarme las experiencias que tienen en común.

Son las que viven más cerca, además de Sonia, que últimamente está bastante ocupada preparando las oposiciones y ocupándose de sus tres hijos. Así que, además de ir juntas a trabajar, son las que más se ven.

Sin embargo, en Aon Mobile, Arantxa trabajaba en otro departamento diferente, el de Televentas. Éste último quizá es el más conocido de los servicios que realizan las teleoperadoras, aunque no es, ni mucho menos, el único.

De las 9 de Aon, solo Arantxa e Isabel López trabajaban en este departamento, que cambia de cliente periódicamente. Los sectores que contratan este servicio no siempre son de telefonía, al contrario de lo que muchos opinan. De hecho, las empresas que rotan al contratar el servicio son de todo tipo de productos, perecederos y no.

Arantxa me cuenta que estuvo siete años en Aon Mobile. “Realmente los habría cumplido en mayo pero no me los dejaron hacer”. Anteriormente, estuvo más de año y medio en otra empresa del sector, en Teleperformance, en Santa Cruz de Bezana. “Allí todo fue bien y sin problemas”, me asegura. “El problema es que se acabó el contrato”.

Ésta es una empresa diferente, se rige por el convenio del sector, que se actualizó el año pasado tras más de dos años de negociaciones y con muchos encontronazos sindicales. “Allí estaba conforme con todo, los descansos, las horas médicas, las vacaciones…”.

Pero ella, lo que percibió, fueron grandes diferencias. “Tienen mejores condiciones que nosotros”, me asegura. “Nosotros tenemos convenio interno, que lo firmaron en 2012, justo cuando echaron a los compañeros que trataban de hacer una lista sindical”.

Entonces las cosas cambiaron para peor. Ambas me cuentan que la situación se volvió más asfixiante para los empleados, como si desde la dirección quisieran demostrar su poder. “Nos pasaron a todos a una ETT, porque es de lo que nos quejábamos”.

Arantxa me cuenta cómo recuerda la charla que les dieron tras el despido de sus otros compañeros, que los tribunales declararon nulos porque ya habían formalizado la lista sindical. “Recuerdo su actitud, diciéndonos que si eso es lo que queríamos, es lo que tendríamos”.

Después formaron el Comité de Empresa con mandos intermediarios afines a la dirección, con quienes hicieron el convenio que se rige en su caso, bastante más restrictivo que en otras empresas.

Entre Arantxa y Marta me ponen el ejemplo de las visitas al médico. “En el otro convenio vienen recogidas 35 horas al año pero en el nuestro no existen. De hecho, te hacían recuperarlas”. “¿Te hacían o te daban la opción de no cobrarlas?”, les pregunto. “No, no, es que te incitaban a recuperarlas”, interrumpe Marta.

“Y cuando nuestros hijos son mayores de cierta edad, esas visitas no entran tampoco dentro del convenio”, me añade Arantxa.

“LAS COSAS SE PUEDEN DECIR SIN FALTAR AL RESPETO, PERO SE VEÍA DE TODO”

Arantxa me confiesa que ella tampoco había estado nunca en ninguna lista sindical, como la mayoría de sus compañeras.

Cuando le pregunto qué le motivó a entrar, más o menos me cuenta lo mismo que las demás. Me habla de un convenio cada vez más restrictivo, un trato por parte de superiores que a veces dejaba que mucho desear y el estrés y la tensión vivida día a día. “Hay momentos mejores y peores”, relata. Me puntualiza que ella no ha sufrido situaciones desagradables pero que sí las ha visto en otros compañeros. “Entre notros la relación es muy buena, el ambiente con los compañeros es de lo mejor del trabajo”, me dice. Pero confiesa que es diferente cuando se trata de algunos mandos intermedios. “Las cosas se pueden decir y hacer sin faltar al respeto, pero la verdad es que se veía de todo”.

“La gran mayoría hemos sido agentes”, añade, aunque cree que ha habido casos en que “algunos, quizá, cuando les pasaron a coordinadores se les subió el cargo a la cabeza”, lamenta. Aunque me vuelve a recalcar que es algo de lo que más bien fue testigo, pero no lo sufrió en primera persona.

Cuando tocamos el Día D –de despido, irónicamente-, Arantxa cuadra hombros y yo tomo un sorbo del refresco. “Ese día no me lo esperaba”, me confiesa. “Sí que es verdad que el miedo de que podría suceder estaba ahí pero no me imaginé que podría ser así”.

Su relato coincide con el de las demás. A media jornada la llamaron junto a Isabel y las reunieron a las dos en una sala diferente, donde empezaron a contarles que el cliente no estaba satisfecho, que si habían bajado rendimiento, etc. “Pero eran salas divididas por cristales, así que miré a la de al lado y de repente vi a Sonia. Entonces se me encendió la bombilla y vi que no era lo que estaban tratando de venderme”.

Como las demás, trató de profundizar a qué se debía el despido, firmado con nueve cartas idénticas el mismo día, pero no hicieron más que encerrarse en argumentos que no les encajaban, cuando trabajaban en departamentos y campañas diferentes.

La última palabra la tendrá el juez, en un juicio que las chicas esperan que llegue cuanto antes, aunque aún queda un mes. Mientras, el tiempo pasa y Arantxa puede seguir fotografiando a sus niños. Cuando nos despedimos aparece el segundo mellizo con un balón en la mano, recién acabado el entrenamiento de fútbol. En éste, Arantxa no ha sacado las fotos.

Conoce mejor a Las 9 de Aon en este reportaje de Eva Mora

I – Virginia, la delineante de la construcción que quiere que su hija la vea luchar

II – Isabel, la más antigua y a la que le rebajaron el puesto tras su embarazo

III – Eva, la más joven que fue despedida con un mensaje de texto

IV – Patricia, la diseñadora de interiores que quiere regresar “por dignidad”

V- Marta Fernández, la auxiliar administrativo que espera volver a bailar

VI – Marta Pellón, la última que entró en la lista sindical


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