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Cómo ser negro en Cantabria

2 de abril de 2019. POR

Me costaba dejar de mirarlo, no podía quitarle los ojos de encima. Nada más verlo me quedé ahí con la mirada clavada en él. Os juro que no lo hacía  para faltarle el respeto, ni nada por el estilo. Era la primera vez que me ocurría algo así, hasta donde yo recuerdo claro, quiero decir que nunca había visto tan de cerca a alguien como él. Los había visto por la tele y  leído en los libros de viajes de mi padre y cómics  de Tintín en el Congo,  a los que les cuesta aguantar una relectura actual enmarcada en los límites de lo políticamente correcto. En fin, había oído hablar de ellos y claro, por supuesto sabía de su existencia pero, como os decía, jamás había visto uno tan de cerca.

No sé si al él le pasaba lo mismo, por un instante pensé que sí, pues nosotros no solemos salir mucho y ni siquiera en nuestra tierra saben muy bien ubicar donde estamos. Ahora imagino que quizás él estaba pensando algo parecido a mí, no sé, cuando no conoces a alguien el prejuicio acecha, no a todos claro. Y es que a veces las miradas llegan hasta donde llegan y ya está. Donde no hay no se  puede pedir que decía mi padre. Pero a lo que vamos; ahí estaba yo de la mano de mi abuelo por las calles de Bilbao. No recuerdo muy bien si era la primera vez que iba, era muy pequeño, no debía de tener más de cinco o seis años, más o menos la edad de mi hijo Lucas. Pero es curioso como hay recuerdos, imágenes, acontecimientos que fijan nuestro calendario personal y nos ubican en un instante preciso de nuestra vida. Como una especie de cronograma de lo vivido, una línea del tiempo marcada por acontecimientos que nos recuerdan un poco quienes éramos, dónde estábamos y nos transportan en un viaje en el tiempo inesperado, de la mano de ese recuerdo, de ese acontecimiento. Y tras ese momento necesitamos completar los huecos que ese paisaje inacabado nos ofrece. En este caso son recuerdos personales que se circunscriben a las fronteras de un imaginario más personal, cuyos límites solo conocemos nosotros o, como mucho, aquellas personas con quienes vivimos ese momento.

 

El valor de la diferencia

 

Sin embargo, hay otras  cuyo horizonte es compartido y que crean lazos invisibles entre desconocidos. El atentado de las Torres gemelas, el asesinato de Miguel Ángel Blanco,  los atentados del 11M son tres ejemplos de memoria compartida entre la muchos de nosotros. Si bien es cierto que la edad influye, y esos recuerdos pueden marcar también un eje generacional que se convierte en marcador de los tiempos que nos han tocado vivir: la muerte de Franco, el 23 F o  la primera vez que el hombre llegó a la Luna, un pequeño paso para Neil Armstrong y un gran paso para la humanidad, -aunque los pasos de la humanidad demasiadas vece  hayan sido hacia atrás-.

Hasta ahora casi todos ellos recuerdos trágicos, otros marcados hitos como la caída del Muro de Berlín, que además simbolizaban un cambio históricos en el que las formas de pensar el mundo se tambaleaban y nos interpelaban a repensar todo lo que hasta entonces habíamos dado por sentado, el surco de la línea que marcaba un antes y un después, un nosotros y un ellos, un “yo” en el mundo. Cada uno de los acontecimientos más allá de cómo los integráramos y acomodásemos en nuestros imaginarios personales nos  llevaban a ese lugar, a ese momento en el que vimos algo y no pudimos quitar la vista porque era como si fuera la primera vez que lo veíamos. Hablar de ello, comentarlo, analizarlo, buscarnos en el acontecimiento para saber que minúsculo papel teníamos en una historia que demasiadas veces nos tiene como meros espectadores  frente a la pantalla del televisor, hacía que tomáramos conciencia de que había un mundo más allá de nuestras narices. Y que, es cierto, habíamos visto catástrofes, sabíamos que la guerra existe, sabemos que unos imperios caen y otros ocupan su lugar y que la historia es ese “deja vu”  constante en el que depende donde mires parece que todo ha cambiado o que todo sigue exactamente igual. Por eso nuestra cara de asombro al verlo, por eso nuestra sensación de estupefacción que se queda marcada en el tiempo y nos hace revivir determinados momentos de nuestra historia personal y conectarlos con lo que pasa a nuestro alrededor. Y  por eso hablamos, escuchamos, intentamos entender lo que pasa que papel tenemos nosotros.

Y pese a que no dejan de suceder cosas a nuestro alrededor, y cada uno vaya a lo suyo, hay momentos en los que nos reunimos en torno a ese recuerdo compartido del ¿Dónde estabas tú? Y miramos la realidad como si fuera la primera vez que lo hacemos, como si nunca antes lo hubiéramos visto, como un niño de pueblo que camina de las manos de su abuelo por el casco viejo de una ciudad, o también, por qué no,  preguntándonos  cómo ser negro en Cantabria.

 

 


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