El puñetazo del ladrillo

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Una visión poética diría algo de una hoja de un árbol mecida por el viento que acaba siendo depositada en un punto concreto de la ciudad.

Un postmodernito hablaría de la doctrina del shock y de como un cowboy con fondos de inversión acaba derivando su dinero a un fondo buitre que da crédito a una inmobiliaria que acaba construyendo en un barrio del norte de España.

Nosotros no, a nosotros todo esto nos parece más fuerte, más agresivo. Más violento. A esa hoja de viento la mece un viento sur, hostil, cruel y desatado.

Vistas desde el Prado San Roque

Vistas desde el Prado San Roque

Lo vemos todo más como un puño gigante y caprichoso, de hierro, que golpea barrios, que los sacude, que lo cambia todo. Su onda expansiva, sus réplicas, echan a la gente de sus casas.

Con toda la corrupción financiera y política y con toda la crisis se nos había olvidado que el urbanismo puede ser una seria amenaza para la democracia.

Lo decía, ya en 2005, un estudio de la Fundación Alternativas. Con el título ‘Urbanismo y democracia’ advertía de las consecuencias en las instituciones de una agresiva permisividad hacia el hormigón.

(Inciso: el autor de este texto colaboró en aquel informe, recopilando experiencias cántabras de urbanismo y corrupción).

No es nada descabellado decirlo: vivimos en la comunidad autonóma de las sentencias de derribo (casi 500, firmes, en la costa cántabra).

Si la democracia es cumplir la ley, como se nos ha dicho con Cataluña, en Cantabria se están incumpliendo sentencias dictadas en aplicación de la ley. Es más: la tolerancia, o complicidad, o lo que queráis, con el ladrillo, ha llevado a cambiar leyes. Y en el camino se ha destrozado lo de todos.

Mirad el Alto de Cuco la próxima vez que cojáis la Autovía. Y acordaros de Piélagos y del homenaje de despedida al alcalde al que la justicia le impidió seguir presentándose a las elecciones en las que, seguramente, lo sabemos todos, hubiera ganado.

Antes de la burbuja pasó “lo del Cabildo”. Murieron tres personas. Los vecinos, los ciudadanos del Cabildo, llevaban años diciéndolo: un día los cascotes acabarán cayendo en la Plaza del Ayuntamiento.

Pintada en homenaje a los fallecidos en el derrumbe del Cabildo de Arriba, hace siete años

Pintada en homenaje a los fallecidos en el derrumbe del Cabildo de Arriba, hace siete años

Entonces no estábamos educados: paseabas con ellos por el barrio, oías hablar de suciedad, de desatención, de solares vacíos, y pensabas “qué pena”.

Y te llegaba la historia del tendero que dimitía de la asociación de vecinos, y los relevos en una asociación, y que se había contratado a no sé quien en no sé qué oficina municipal, y tú pensabas que porqué con todo esto que ha pasado no arde el barrio. Y poco más. Nadie había escrito ‘El cielo está enladrillado’ y no sabías que existía el mobbing inmobiliario, el que sufrió ese chico de la calle Alta cuando la propietaria de su bloque dejaba de arreglar su edificio. Cristales rotos, escaleras hundidas y yonkies en el portal.

Es como con Gürtel: hasta que un juez no llegó a la conclusión de lo que pasa con los contratos fraccionados siempre a las mismas empresas no lo relacionamos directamente con la financiación de los partidos políticos.

Ahora sí.

Ahora sabemos más. Sabemos que algunos ya han terminado nuestra crisis. Sabemos a qué se dedicaban, y sabemos que lo vuelven a hacer. Ya saben cómo.

No nos fiamos. Y por eso ahora, al pasear por el Prado San Roque, ya no sólo nos da pena que esté sucio, que haya solares y que haya proyectos, ni que vaya a haber expropiaciones.

Ahora hemos dado el siguiente paso. Nos ha costado, pero nos hacemos preguntas.

¿Quién ha comprado esos solares? ¿Por qué se actúa ahora y antes no? ¿Por qué no entran los vecinos en el reparto? Como diría Quique González, ¿dónde está el dinero, quién será el primero en hablar?

Porque ya hemos visto más veces actuar al puñetazo.

Golpeó en la Cuesta del Hospital. Golpeó a Juana en el Prado San Roque, que dejó un piso en el que nunca le dejaron hacer las reformas y por eso no verá el Nuevo Prado San Roque del Nuevo Santander. El puñetazo se ha hecho fuerte sin más problemas en San Martín y está golpeando con saña a Amparo.

Lo bueno es que se le ve venir: siempre pega por el mismo sitio.

Comienza localizando una zona. Una con valor (en el centro, o con vistas), a la que nadie se lo había dado. Espera con paciencia a que se deteriore. A eso siempre ayuda la inacción institucional. Que es quien le corresponde la limpieza y la seguridad. Luego actúa el viento. Lo derriba. Hay vecinos que se van, hay otros que ya se han ido. Y el viento cambia de signo. Entonces es cuando toca levantar. Y eso ayuda también la institución: te adecenta la zona, te pone un parque. Te hace las mejoras que no hizo entonces. Te las hace AHORA. A medida.

El puño se siente fuerte porque lo ha hecho más veces y nunca ha tenido nada enfrente. Ahora el puño se detiene en el Prado San Roque. Sube el funicular, mira las vistas. Todo está listo. Sólo hay un pequeño estorbo: los vecinos. El puño coge impulso. Da un paso hacia atrás para coger fuerza. Y se dispone a actuar. Otra vez.

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