El impacto de nuestros viajes

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Por ESTHER ROMERO ||

Reportaje del colapso en el Everest publicado en National Geographic

Con la llegada de la temporada estival y de las vacaciones cada vez más personas se van de viaje y por lo tanto, este puede ser un buen momento para plantearnos el impacto de nuestros viajes en aquellos lugares  que visitamos.

Las imágenes de centenares de alpinistas a finales del pasado mes de mayo haciendo cola para subir al Everest han dado la vuelta al mundo y deberían hacernos reflexionar. Ya que lo lamentable de que haya tantas personas que intenten subir al Everest no es el número de muertes a causa del mal de altura y la falta de oxígeno que esto causa, sino la degradación que el Parque Nacional de Sagarmatha (nombre en nepalí del techo del mundo) está sufriendo y que hay que frenar si no se quiere acabar con su rica biodiversidad. Según datos del Departamento de Parques Nacionales y Conservación de la Vida Silvestre de Nepal en el año 2016-2017 este parque fue visitado por  45.112 turistas provenientes del extranjero. Esta inmensa afluencia se traduce en que las inmediaciones del Everest se están convirtiendo en uno de los vertederos de basura más altos del planeta en el que se pueden encontrar desde botellas de oxígeno, pilas, baterías, tiendas de campaña, material de escalada, material de cocina, bombonas de camping gas hasta excrementos humanos. Lo paradójico de esta situación es que probablemente muchas de estas personas que dejan su huella ecológica latente sean las mismas que ponen el grito en el cielo cuando ven que en las zonas más remotas de Nepal se están construyendo carreteras para que la población local pueda tener un mejor acceso a los servicios básicos como la salud y la educación.

Hoy en día, el número de turistas está en alza en los lugares más recónditos del planeta como la Antártida, que en 2018 recibió más turistas (56.000) que investigadores (4.400). Este subcontinente, lo mismo que la región del Everest cuenta con una biodiversidad muy frágil. Por tanto, considerando todos los lugares maravillosos y fascinantes que tiene el planeta, quizás podamos escoger otros destinos vacacionales en los que el medio ambiente no se resienta tanto.

Las imágenes que llegan desde el Everest y la Antártida me hacen acordarme de otro lugar único en el planeta que también está siendo víctima del turismo masivo y que visité hace unos años, el Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta, en Australia. Supuestamente, este espacio es gestionado conjuntamente desde 1985 por la Oficina australiana de Parques Nacionales y los aborígenes Anangu (sus pobladores originales). Sin embargo, estos últimos poco beneficio reciben de la media anual de 400.000 personas que lo visitan (tan solo el 25% del precio de la entrada del parque). Esto se percibe claramente en la comunidad aledaña de Mutitjulu, donde la inmensa pobreza se siente a cada paso. Además de que apenas se benefician de las ganancias que su propio territorio genera, para que el  gobierno australiano  les devolviese sus tierras en 1985, tuvieron que aceptar las condiciones que el primero les puso como que se pudiese escalar la roca sagrada de Uluru, lo que para los aborígenes constituye una ofensa. Además los turistas irrespetuosos que deciden subir a sabiendas de que es una ofensa, suelen dejar su rastro en la cima en forma de basura, pis y heces que contribuyen irremediablemente al deterioro de esta frágil formación geológica.

Otro destino, que tras el festival de Eurovisión está más en boga que nunca y al que conviene plantearse cómo viajar, esta vez por razones políticas es Israel. Si no queremos ser partícipes de las violaciones de Derechos Humanos que dicho Estado ejerce sobre las poblaciones palestina y siria podemos seguir los consejos del  grupo BDS (Campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel). Estas  recomendaciones consistirían en no viajar a la región con compañías del sector turístico que se benefician de la ocupación de los Territorios Palestinos (Booking.com, Airnbn, Expedia, TripAdvisor); no visitar los enclaves ilegalmente controlados por las autoridades israelíes de acuerdo al derecho internacional (incluyendo Jerusalén Este, la Ciudad Vieja de Jerusalén y los Altos del Golán); y no acudir a eventos promovidos por el Estado de Israel que son utilizados para ofrecer una cara “amable” de la ocupación.

Algo que está mucho más al alcance de cualquiera a la hora de viajar es considerar la forma en qué nos desplazamos y el lugar en el que nos quedamos. En cuanto a los desplazamientos, conviene tener en cuenta cierta información referente a uno de los medios de transporte estrella hoy en día: el avión. Si bien es relativamente cómodo y rápido, sin embargo, el dióxido de carbono (CO2) y los óxidos de nitrógeno (NOx) que los aviones liberan a la atmósfera, al hacerlo a grandes altitudes, esto tiene un mayor impacto en el calentamiento global que si ocurriese a nivel del suelo. Por tanto, siempre podemos plantearnos usar otro medio de transporte alternativo y también si de verdad es necesario hacer tantos desplazamientos aéreos como se hacen hoy en día. Ya que cada minuto, hay unos 11.000 aviones volando en nuestro planeta.

En lo que respecta al alojamiento, hay que tener en cuenta que cuando recurrimos a plataformas de alquiler temporal para turistas como Airbnb, estamos contribuyendo al aumento del costo del alquiler en ciertos barrios y esto está provocando que muchas personas tengan que abandonar los lugares en los que llevan tiempo viviendo por no poder permitírselo.

Por tanto, si este verano o en el futuro queremos disfrutar de los viajes, está en nuestras manos decidir qué impacto social, ambiental y político queremos que tengan nuestras vacaciones.

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