Paso a la Vida

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Aunque la ilustración de Walter Molino no predijera como iba a ser la vida en el 2022, sino que buscaba dar una solución al problema del tráfico allá por 1962,  siempre que pasa algo que saca la naturaleza del ser humano, que nos quita el disfraz con el que pasamos desapercibidos, o con el que creamos esa imagen de un nosotros mismos hecha a la medida del ego, y de una perfección totalitaria, se nos ofrece la oportunidad de darnos cuenta de la fragilidad que nos habita. A la vez nos invita a transitar por un espacio diferente, ese en el que convive el dolor, el miedo, la tristeza, con la Vida.

Que nos muestra que, pese a todo, pase lo que pase vida es capaz de abrirse paso con esa arrogancia, contundencia, con esa irreverencia  de quien no necesita pedir permiso para SER. Simplemente es lo que hay.  Y así somos capaces de enfrentar con una sonrisa a la guerra, al hambre, a la barbarie. No digo que siempre sea posible, pero ese espacio está ahí. Tampoco se trata de no ver esa realidad, ni de negar o edulcorar, simplemente de observar cómo la vida es capaz de abrirse paso en el peor de los escenarios.

Porque somos imperfectos hay algo en nosotros que necesita mostrarse sin fisuras, las lágrimas necesitan arrugas para recorrer el camino hacia la barbilla y así hacer sus equilibrios en la zona de los labios hecha que expresemos lo que llevamos dentro. ¿Puede haber espacio para el fresco de una sonrisa en la antesala del matadero?

No había acabado la Segunda Guerra Mundial y el nazismo aún se resistía a darse por vencido cuando el filósofo alemán de origen judío  Theodor Adorno escribió algo así como que creer que tras las atrocidades de esa guerra creer que se podría recuperar la vida que habían vivido antes o continuar “normalmente”  la que ya tenían era de imbéciles. Quizás de ahí vino la tan manida frase “No es posible la poesía después de Auschwitz”. Sin embargo, se escribía poesía en Auschwitz, en Mauthausen-Gusen, en los campos de concentración nazis se escribía poesía, hubo personas, por increíble que parezca en un escenario solo hecho para la muerte, que se enamoraron, es como esa flor capaz de crecer entre escombros. Y después también. Y ahora.

Así es como se abre paso la vida, incluso pese a nosotros, pese a los verdugos, la vida se abre paso y nos abre ese espacio, lo reclama como propio, lo conquista o lo defiende. Se escribe poesía en los campos de refugiados como nos recordaba la refugiada Somalí Warsan Shire en su  poema “Home”. En la calle Alta como homenaje a su amigo sin techo alguien ha escrito una poesía de despedida rodeada de velas y flores que hacen de altar improvisado a la entrada del cajero del Banco donde quizás pasó muchas de sus noches.

En su libro «Amor y horror nazi»: Mónica G. Álvarez relata siete  historias de amor en los campos de concentración. En una entrevista la autora dice: “gracias a esta emoción tan intangible e irracional que cuando llega nos revuelve por dentro, muchos de los personajes del libro encontraron un motivo por el que luchar. Sin amor, seguramente hubiesen terminado sus días en la cámara de gas.”[1]

Así la vida desde su pilar más irracional, el Amor, se abrió paso en aquellos campos que fueron denominados de exterminio. La vida en sus múltiples expresiones le arrebataba su espacio al miedo, a la desesperanza, al dolor, en una batalla diaria y en forma de batallas cotidianas. Y también el Humor se hacía un hueco entre el horror y la mueca de las cámaras de gas. En “El hombre en busca de sentido” Viktor Frankl   prisionero, entre otros, en Auschwitz y Dachau menciona como el humor podía ser un recurso a la hora de afrontar la realidad que vivían.

Y también, entre otras muchas, recuerdo la historia que siempre cuenta el rescatador Nicolás Calzada en las charlas sobre refugiados. Un joven eritreo que en su periplo por llegar a lo que para él representa el “nuevo mundo” lleno de oportunidades donde dejar atrás tanta guerra y destrucción, perdió a sus nueve hermanos, el último de ellos justo antes de ser rescatados. Y, pese a eso, no había odio en su mirada, pese a tanta masacre había vida en su mirada. En la anciana enferma de ELA que escribía poesía con los párpados, el único músculo que podía mover, había vida.  Había vida, en la retina de mi abuela aquejada de Alzheimer que me miraba sin verme y aun así me reconocía en el abrazo de amor incondicional. Había vida, en ese rincón donde aún no había llegado el Olvido. Hay tantos ejemplos como situaciones vividas y por vivir.

Y es que  la vida siempre se abre paso. Por cada rendija, por muy pequeña que sea, aunque tenga el tamaño microscópico de un virus, aunque venga en forma de pérdida, de tumor, de disparo, aunque venga en forma de desgarro, la vida, si, la vida, siempre se abre paso.

 

 

NOTAS:

[1] Enlace  a la noticia y entrevista: https://www.bbc.com/mundo/noticias-42945441

 

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