Solo bajo la lluvia

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(Foto: Aúrero Gómez)

Un texto, un director, un actor, y el teatro es posible. Si el texto es de Bernard-Marie Koltés, el director se llama César Barló y el actor es José Gonçalo Pais, entonces el buen teatro es una realidad, como la que AlmaViva Teatro ofreció, con el título “La noche justo antes de los bosques”, que tomó forma el día 26 de marzo en La Teatrería de Ábrego, donde se viene desarrollando la VII Muestra de Teatro Internacional SOLO TÚ.

Autor, director, actor, y la lluvia, que anega, en la noche de un viernes, las calles de una ciudad, por la que vaga, empapada su alma de rabia, un personaje cuya no-identidad es la de extranjero, extraño, diferente, que le haría invisible incluso a la luz del sol.

Un personaje, que busca un lugar en el que pasar lo que queda de la noche, no bajo la lluvia, sino bajo techo, y encontrar a alguien con quien compartir iras, soledades y desesperanzas.

No es una búsqueda menesterosa, tampoco exigente, pero sí tan acuciante, como improbable de encuentros, si no consoladores, sí de desahogo, lo que le lleva a hablar consigo mismo, convirtiendo el monólogo en un falso diálogo, mediante un juego de espejo, en el que caben los destinatarios de sus imprecaciones, y una cámara de mano, con la que proyecta su propio rostro, frente a frente, pero al otro lado del escenario, lejos, como si distanciándose de sí mismo el eco de su voz llegara a quienes considera culpables de su soledad en una noche lluviosa, sabedor de que solo va a encontrar a iguales en la diferencia, que aparecen un momento, cuerpos y almas solitarios, de igual lamentable condición.

Descartada la bondad, el personaje sueña con la belleza, que no puede ser sino la de la mujer ideal, a la que le está vedado su amor, y que no es la que encuentra al borde de un puente, con la que el sexo es, para el personaje, una suerte de amor verdadero, que, como no podía ser de otra manera, desaparece más allá de la noche y de la lluvia, como si nunca hubiera aparecido.

El texto de Koltés es de 1977. Se ha venido representando con frecuencia, y podrá seguir siendo representado muchas veces más, porque la realidad socio-político-económica, no solo lo hace posible, sino también necesario.

He leído a algún crítico que lo que hace Koltés es una radiografía del asfalto, de las ciudades, en cuyas calles y plazas encuentra la mancha del tumor del diferente, del extraño, del extranjero, que se multiplica, y hay que erradicarlo, expulsarlo, pero que resiste y se rebela, por muy agresivo que sea el tratamiento, que lo es.

Tengo para mí que bien podría tenerse, el texto de Koltés, por una autopsia a unos poderes muertos a la compasión “con” el otro, mal que se contagia a amplios sectores sociales, que tienen su coartada redentora en las asociaciones solidarias y humanitarias, que se compadecen “de” los damnificados, y actúan en consecuencia.

Pero la búsqueda del personaje sin un nombre, porque son muchos los nombres que puede tener, es un grito, no por la caridad, sino por la justicia; por la humanidad, no por el humanitarismo; por la aceptación, no por el paternalismo, en el menos malo de los casos.

El autor ha compuesto una poética de la soledad, del desamparo, de la desolación, pero no de la resignación, con un lenguaje poderoso, sin concesiones a la condescendencia.

Una poética dura, en cuya dureza el director ha puesto el énfasis, incluso en momentos, breves, en los que asoma el lirismo de las ensoñaciones del `personaje, en los que amaina el ritmo trepidante de una interpretación poderosa, acorde con la poderosa palabra que dice, ni siquiera cuando con el torso desnudo y las manos como atadas, quieto de espaldas contra una pared, este espectador ha querido ver a un Ulises, que oyendo un aria sublime, se resiste a caer en su bello engaño, cantos de sirena con los que anular su voluntad de perseguir sus sueños en un mundo mejor posible, por más que improbable, pues los espacios para la libertad, los espacios verdes y los bosques están cerrados y protegidos por francotiradores, como amargamente constata el personaje.

José Gonçalo Pais hace pasar a su personaje por un repertorio de estados de ánimo, todos ellos presididos por la exasperación de una frustración, contra la que se revuelve en una, tan agitada como portentosa actuación, incluso cuando parece estar como recogido en sí mismo, y a sí mismo se habla, a falta de un interlocutor buscado y no encontrado.

La intensidad que se vivió en el escenario caló en la conciencia y la sensibilidad del espectador, no solo en la de este espectador, a tenor de la lluvia de aplausos, que cayó sobre el actor, en representación del autor y del director. Lluvia amable al actor, en la noche de otro viernes, y que para sí habría querido su personaje en la soledad de la noche de aquel viernes -de tantos viernes-, de lluvia implacablemente agresiva. Lluvia que, en La Teatrería, acompañó. Nos acompañamos.

 

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