La madre de Samir

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Olvidé preguntarle cómo era pero,  tras escuchar a Samir, la dibujo en mi mente con las pinceladas de los sentimientos de su hijo, de la forma de hablar de ella, de su voz entrecortada donde las pausas improvisan comas, puntos y comas, o seguidos, pero ningún punto y aparte. Necesita coger aire, dejar ese espacio, una especie de gramática de lo emocional que obedece a a la gramática de su sentir. Y así su madre toma la forma del cariño y del amor con el que Samir habla de ella. Y no podría ser mas hermosa, “como todas las madres del mundo para sus hijos continúa Samir”. Y al decirlo hace universal lo que debería serlo y poco mas o nada hay que decir a eso.

La madre de Samir es muchas cosas, es un recuerdo de niñez lleno de tantas emociones amontonadas que cuesta ponerle espacio, lugar, y momentos. Al hacerlo la madre de Samir aparece cuidando de él y de sus dos hermanos, yendo a trabajar y dividiéndose entre el trabajo, la casa, los estudios. Cada pedazo de ella convirtiéndose en un todo como lo hacen todas las madres del mundo, no solo en Afganistán se dice Samir. Y de nuevo sientes esa afirmación como incontestable al sentir desde donde lo dice y como lo dice, al escucharle, no al oírle, al escucharle.

La madre de Samir vuelve en un recuerdo, sentada junto a su padre y sus hermanos todos juntos. Y al decir la palabra “todos juntos” otro espacio, otro silencio, otro apunte en la gramática de los sentimientos, de la ausencia, de la pérdida. Tanto ella como su padre les cuentan como se conocieron, como su padre fue a verla a la universidad donde estudiaba y, al hacerlo, sus compañeros de clase vinieron a preguntarle qué hacia allí un joven en pleno servicio militar. Su padre les contestó que había ido allí para pedirla que se casara con él. La madre de Samir tenía 20 años y su padre 22. Estaban enamorados como cualquier pareja enamorada en el mundo, se dice Samir. A punto estoy de decirle, pero no, siento de nuevo esa verdad en su sentir…

Hasta la llegada de los talibanes Samir se recuerda junto a su madre, junto a su familia, feliz, de esa felicidad que sabe de los avatares de la vida. Sin embargo con la primera llegada de los talibanes, cuando Samir tenía unos 5 años, la madre de Samir, su padre, él y sus hermanos abandonaron el país. Esa fue la primera vez que recuerda a su madre hablar del miedo. Ese miedo se veía reflejado en las fotografías y las mismas fotografías le hablaban de su madre y de como esa amenaza empezó a formar parte de su día a día, hasta convertirse en una especie de segunda piel que se guardaba para ella.

Con la vuelta de los talibanes la madre de Samir ya no salía sola a la calle. Samir y su padre la acompañaban al trabajo e iban a buscarla a la salida. Y las fotografías se convierten en testigos y cronistas mudos del cambio, de los cambios. Ya no aparecían en ellas hombres y mujeres juntos. Y la palabra “juntos” se convierte en una palabra proscrita perseguida, lapidada, porque llegaron los talibanes y la convirtieron en culpa, en Sharia, en vergüenza, en prohibido. Hombres por un lado, mujeres por el otro. Y la palabra separados era imposición, sumisión, segregación, distancia, barrera, muro.

Cuando la madre de Samir volvió a Afganistán la fotografía era completamente diferente, y su mirada la sentía como desenfocada, no se reconocía en ese lugar y ese lugar no le reconocía, las mismas caras, diferentes personas. Y tampoco las mismas caras, cuerpos cubiertos, no solo con tela, escondidos, tapados, prohibidos, separados, no todos, pero era difícil ver lo que había detrás de tantas capas.
Pese a eso la madre de Samir comenzó a trabajar, era maestra de Dari, su idioma, y profesora de Historia. Nunca hasta ahora ha tenido que rendirle cuentas a nadie “Nunca mi padre le pidió dinero a mi madre, mi madre era, es, una mujer libre y trabajaba con mas mujeres, con mas maestras y profesoras libres”

Para Samir su madre es su “mundo” su amiga, su confidente, ese un todo hecho de cientos de momentos, enseñanzas y muestras de amor irreemplazables. “Es mi madre y todo el mundo tiene un amor para su madre”, y de nuevo su verdad se me presenta como incontestable.
Samir habla y es como si su madre recorriera su verbo, como si le asaltara la garganta anudando y desanudándola al antojo de la nostalgia, de una gramática irregular que la única regla que sigue es sentir junto a ese dolor que acompaña el recordar.

“Si ojalá tenemos suerte mi madre vendrá aquí, a España, y vivimos juntos y yo puedo devolverles todo lo que ellos hicieron por mi….y cuidarles”. (Y en  el próximo artículo podamos titular algo así como «El hijo de Suraya»  o «Suraya«;  o aún mejor no haga falta ningún artículo).

“Mi madre siempre me dijo que hay que tener respeto para mujeres como tienes respecto para mi, Feliz día de la mujer para ellas”.
(……)

Nota: Samir es ciudadano afgano residente en Cantabria y lleva 5 años luchando por reunirse con sus padres.

El 99,9% del artículo es de Samir, gracias a Samir, a nuestra conversación a su honestidad, a su fuerza y corazón, a su generosidad en nuestra conversación. GRACIAS….

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