Cuando muere un marinero 

El Barrio Pesquero recuerda a Fali, Kofi y Walter
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Algo raro pasa cuando te mueres en plena Semana Santa, la fecha en la que parece que sólo puede morirse Dios. Y no únicamente, por ejemplo, porque al ser Jueves Santo, la última cena, no hay Eucaristía: los mensajes de la misa, incluida la lectura, que siempre por definición aluden a la resurrección, en esta ocasión, hablan de una vuelta a la vida que se antoja, cuanto menos, inoportuna, literalmente, cuestión de fe.

Es más difícil la muerte cuando dentro de la iglesia todo se prepara para hablar de resurrección y cuando fuera todo habla de vacaciones, hace sol, y los restaurantes del barrio, el barco que no puede parar, preparan las brasas y los camareros, muchos de ellos vecinos, brillan, como si fueran vasos, las sonrisas para recibir a los visitantes.

No podía ser la de Paco Faliato, Fali, una despedida normal, la rutina de un funeral, qué pena, hasta eso llega un momento en que es rutina.

Porque cuando muere un marinero algo se remueve en todos los barcos, en todas las casas. En todo un barrio. Hasta las Voces del Mar que cantan en la misa las canciones que sólo suenan en las iglesias de los pueblos de la mar, las que salen en automático, saben lo que es perder a alguien y aún así logran sacar adelante ese ‘Rema mar adentro marinero’.

La gente de la mar sabe que puede pasar, entre otras cosas, porque ya ha pasado. Por eso las manos sostenían las espaldas de las parejas en los bancos; por eso las más jóvenes hicieron una piña en torno a su amiga, por eso una mujer que lleva tres días mordiéndose la lengua se tuvo que salir de la misa un par de veces. Cuando muere un marinero, se vuelven los ojos llorosos en las personas más fuertes que conoces.

El Barrio Pesquero es como un barco, en el que todos saben lo que puede pasar, en el que hay que cuidarse entre todos porque lo que le pasa a uno les pasa a todos, porque el trabajo no acaba al volver a puerto, porque la cadena de la mar se extiende a rederas, hosteleros, al colegio y la guardería.

Algo pasa en el Pesquero cuando muere un marinero: la misa de despedida está llena de amigos, de caras de toda la vida. Entre las coronas está la del bar de Jose, y en el libro de firmas se mezclan desde los apellidos repetidos de las familias de todas las vidas hasta un evocador Tonetti pasando por un Abderramán que nos recuerda que en los barcos, en los barrios, hace tiempo que faenan juntos personas de todos los países.

No ha sido, definitivamente, una despedida normal. Faltan tres hombres en tres casas. Fali aquí (hace tiempo que vivía en Maliaño, aunque era del Pesquero porque en realidad nunca te vas del Pesquero), Kofi en la suya –aunque hace tiempo que falta en la de su familia, en Ghana- y Walter, el cocinero peruano, en la de Laredo.

Pero ni siquiera en eso ha podido ser lo que debía haber sido, la normalidad de la despedida a los tres, qué normalidad es esa, un funeral con tres féretros, los tres tripulantes que faltan del Vilaboa Uno. Ni siquiera eso ha podido ser: la falta de familia aquí ha atrapado a Kofi en una red burocrática que dificulta no sólo su repatriación, sino ya simplemente que salga del anatómico forense. Y a Walter le siguen buscando. Su mujer y su hija, tras unas noches durísimas en la Casa del Mar, el lugar que acoge a los tripulantes cuando necesitan un camarote en tierra, estaban allí, y por momentos llegó a formarse casi una segunda cola de pésames.

El recuerdo a los tres estuvo presente entre los asistentes a la misa, a los momentos de después, en ese interminable aplauso.

A ellos se refería el párroco, que recordaba cómo en el Barrio, casi un pueblo aparte con sus propias normas, manda la mar, debajo de las casas, responsable de la humedad, en una homilía presidida por una virgen, la del Carmen, omnipresente en el Barrio, en los bares, las pegatinas de los coches y balcones.

Es una estatua que se aleja de la clásica imagen señorial y erguida, que parecería que estuviera moviéndose con los vaivenes de un barco y a la que se encomiendan creyentes y no creyentes porque es algo más que una virgen, es algo especial, una especie de diosa del mar como Yemaya, como Mamiwata, las diosas a las que miran los marineros africanos, en cuyos pueblos también saben lo que sucede cuando muere un marinero.

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