Santander y la movilidad: el Ayuntamiento sacrifica el paso de vehículos… para favorecer un proyecto del Banco Santander y no por demanda vecinal o peatonal

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Santander se mueve… a impulso del Banco que lleva su nombre (aunque se juegue a la confusión de tal forma que parezca que es la ciudad la que se llama como la entidad financiera, en un juego de relaciones sobre el que recientemente llamaba la atención el colectivo Xtinction Rebellion Cantabria.

La alcaldesa de Santander, Gema Igual, confirmaba este martes en el foro de EL DIARIO MONTAÑÉS que el proyecto Faro (la conversión de la sede original del Banco Santander en un espacio de arte y cafetería que albergará su colección de arte, y que en el camino se ha apropiado también del nombre del faro) va a reducir el paso de vehículos privados y públicos que pasaban por la calle bajo el icónico arco del triunfo. Sobre ese arco se descuelgan en el nuevo proyecto unas escaleras que reducen el espacio para maniobrar en general.

La semana pasada, Izquierda Unida en Santander había advertido de que la actuación bajo el arco suponía una restricción estructural del tráfico no debatida políticamente. Su concejal, Keruin Martínez, reclamó transparencia sobre esta medida, sobre la que no se había hablado. Este miércoles, organizaciones como la asociación de vecinos Pombo-Cañadío llamaban la atención sobre que esta medida afecta a líneas de transporte como el popular 5, de carácter circular que enlaza el centro urbano con el Alto de Miranda y el Paseo de Altamira (histórico paseo del Alta, hasta hace nada con nombre de militar franquista) y muy usada por personas mayores cuando bajan al centro o suben de vuelta a casa..

UNA MEDIDA DE IMPACTO EN MOVILIDAD

La medida –no parece encajarle la palabra decisión, que implica iniciativa propia– tiene un impacto fuerte en movilidad, uno de los puntos débiles  históricos a la hora de diseñar la ciudad del PP en el Ayuntamiento. Aunque luchen por desterrar ese recuerdo, el fiasco del Metrotus todavía genera pesadillas en la Casona, que creó de la nada un problema de retrasos, saturación de líneas y malestar bajo la promesa de un nuevo sistema de transbordos con todo el aval ingenieril con el que se lanzan las cosas en Santander.

Cartel contra el MetroTus en San Román, en la celebración de la Virgen del Mar.

Más recientes están las reticencas del PP a implantar la obligatoria Zona de Bajas Emisiones –obligatorias por Ley–, espacios con restricciones de tráfico y uso que la alcaldesa dilató todo lo que pudo, llegando incluso a cuestionar que tuviera que adoptarlas –sus propias acciones posteriores la desmienten–. O respondiendo en público a cosas que dijo nadie nunca, como que hubiera que cerrar todo el tráfico a todos los vehículos –de nuevo, sus propias acciones delimitando la zona de bajas emisiones como quiso, de una forma muy reducida y limitada, como viene observando la Asamblea Ciudadana Santander Saludable, que agrupa a decenas de organizaciones vecinales y ambientales.

Sin entrar en el aparcamiento disuasorio de El Sardinero, que el PP reformuló para dejarlo como estaba hasta renunciar a él, o el deseo de meter caravanas y coches en pasos peatonales y naturalizados en Mataleñas, incluso en la elevación de precios del servicio de préstamo de bicicletas que implicó el paso a eléctrica, quienes siguen las políticas de movilidad llaman la atención sobre la ancestral tendencia del PP local a implantar los carriles bicis sobre la acera –quitando espacio a los peatones– en lugar de sobre la calzada –lo que se lo reduciría al autómovil y es la tendencia en las cudades de todo el mundo–, salvo alguna excepción.

La movilidad, como todos los aspectos del día a día de una ciudad, genera debates amplios y encendidos porque afecta a como vivimos el espacio público y colectivo. En el equipo de Gobierno del PP lo saben de sobra ante la acumulación de debates, polémicas, fiascos y marchas atrás.

PARA EL BANCO Y NO PARA LA CIUDAD

En este caso, el Ayuntamiento se ha inclinado por una medida que reduce el paso de vehículos bajo el arco –privados, pero también líneas de transporte público–.

Pero no porque fuera una demanda vecinal o una petición-queja de asociaciones, comerciantes o colectivos de transporte, taxistas, etc…; no porque haya habido un debate previo, no porque estuviera en la definición inicial del proyecto Faro –se hubieran podido presentar alegaciones a favor o en contra–, ni siquiera porque estuviera en su programa electoral o como forma de lanzar un globo sondo para ver por dónde respiraba la ciudadanía.

Ha sido consecuencia de las obras de un proyecto emblemático del Banco, para cuyo encaje se llegó a cambiar el Plan Especial de Protección del Paseo Pereda, que es un espacio de la ciudad icónico, identitario e histórico.

EL BANCO DISEÑA LA CIUDAD

Y no es la primera vez que una decisión trascendental para el día a día de la ciudad se toma a instancias o por agradar al Banco Santander –para cuya satisfacción se llegó recientemente a desalojar a personas sin techo de los Jardines de PeredA el día que visitaba el espacio la presidenta de la entidad, Ana Patricia Botín–.

Muchas de ellas, por supuesto, vinculadas al Centro Botín, el equipamiento cultural impulsado desde la Fundación Botín.

-En los primeros momentos, el diseño inicial del edficio afectaba a la Grúa de Piedra, un rescoldo del antiguo puerto, querídisimo por los santanderinos, e incluía una pasarela elevada desde ahí a la acera de enfrente, al propio Banco (paradójicamente, la zona tuvo cerca un puente desaparecido décadas atrás en el furor liberador urbanístico del siglo pasado). No constó referencia pública del Ayuntamiento a estos planes más allá del aplauso general. Fue Renzo Piano el que cambió de opinión tras escuchar a la ciudad y a profesionales de la arquitectura locales. El diseño actual del Centro Botín no es el mismo que el primero que vimos

-Ligado al Centro, y en el afán de seducir a la ciudad, se soterró el tráfico de vehículos –con la intención de sobre esa obra ganar espacio para los Jardines de Pereda y ‘vender’ una ampliación como consecuencia del proyecto cultural. Ese tráfico acabó trayendo más vehículos al centro urbano. Desapareció la gasolinera, que tenía su valor arquitectónico (hoy es un complemento a la cafetería de los Jardines), y se expulsó a las mujeres que ejercían la prostitución. Ninguna de esas acciones fue impulso municipal, sino acción decidida del Banco o consecuencia de su proyecta.

-Como decimos, los propios Jardines de Pereda cambiaron su fisonomía, siendo más grandes. En el camino, se perdió estética al aparecer nuevamente el efecto cementado que tanto gusta al Consistorio. Este espacio verde pasó de ser el lugar popular que de hehco nació por donaciones de los santanderinos a aparecer como un complemento que rodea y da centralidad al Centro Botín, que además sumó sus propios puntos de encuentro (la cafetería, muy popular, y el amago de anfiteatro exterior).

-Todo se asentaba sobre una liberación de espacios portuarios para usos culturales que tuvo una tramitación exprés sin necesidad de Ley de agilidad administravia, afectando a varias instituciones. El suelo que pertenecía al puerto pasó de usos industriales a culturales. Antes de que el Banco pusiera allí sus ojos, nadie había mirado a ese espacio para usos urbanos más allá de convertirlo en aparcamiento para las compras navideñas.

EL AYUNTAMIENTO SE ENTREGÓ AL DISCURSO DEL TURISMO CULTURAL QUE ABRIÓ EL BANCO

Más aún, el propio discurso cultural que ahora abandera el PP con el furor del converso –25 años despúes de que aquí al lado, en Bilbao, se abriera el Gugenheim– sobre cultura y turismo como elementos vertebradores de las ciudades no fue fruto de una reflexión interna de la propia derecha santanderina, sino una adaptación de sus planteamientos a los hechos asentados que les ofrecía el Banco Santander.

Esa onda expansiva quedó reforzada por otras actuaciones de otras instituciones: el MUPAC (el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, con las obras muy avanzadas, es competencia del Gobierno de Cantabria y empezó la pasada legislatura, la función del Ayuntamiento es darle licencias y recaudar tasas e impuestos). Y el Archivo Lafuente en el Reina Sofía son fondos de un empresario privado que luego ha comprado el Estado, y que irán a un edificio que cedió el Estado opresor. Las obras son sufragadas –y licitadas y adjudicadas– por el Ayuntamiento, con apoyo del Gobierno de Cantabria, y la gestión será compartida. Hasta las fiestas de Santander o las navidades se empiezan a ver ya como un revulsivo turístico, sin valor por sí mismas.

Nada de este discurso sobre turismo y cultura viene de antes: la Fundación Santander Creativa, que apoya decenas de proyectos de creadores cada año, no se ligó al turismo ni a una apuesta global –y en ella influye también el banco–, mientras que los espacios de cultura de barrio y comunitarias afrontan sin muchos apoyos públicos la difícil lucha contra el  insaciable gigante de la turistificación que se come locales vaya donde vaya.

 


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