Tributo a “La Revoltosa” en el Palacio de Festivales. Una enredadora zarzuela invitó a otras a su estreno: ¿Por qué?

La Revoltosa – Zarzuela de Ruperto Chapí (1897) – Sala Argenta – 24 y 25 abril – 19:30 horas
La sala principal del Palacio de Festivales se llenó viernes y sábado; más de tres mil personas con lentas colas de una entrada atascada; lo habitual cuando se completa la sala y no se aumentan los controles. La Revoltosa era la vuelta de la zarzuela, del género chico, a Santander en una producción de origen levantino, cantantes escogidos aquí y allá, coro cántabro y orquesta asturiana. Los sainetes con música tienen ahora muchos protagonistas que necesitan tiempo de preparación y conjunción. Lo visto y oído se quedó a medias, con demasiadas descompensaciones, estética pretérita y una alabanza general y personal a la orquesta Oviedo Filarmonía dirigida por Lara Diloy (Madrid, 1986) que imprimió con gestos suaves y una naturalidad particular -que desde el preludio conectaba con las armonías de ese Madrid que bien conoce musicalmente- una sonoridad con momentos brillantes (una trompista que es Lara impulsando con precisión los metales). Gustó su dirección musical. Gustó al público el volver a tener esos referentes castizos de Felipe y Mari Pepa o un Caballero de Gracia proclamando que no tiene abuela.
Incongruencias 1: La Revoltosa es una zarzuela con un acto único y veintiséis escenas llenas de diálogos. Su representación tal y como la ideó Chapí dura poco más de una hora. Solución en Cantabria: traer otros temas y zarzuelas para estirar la duración. Toda una gala lírica no anunciada que hace poco comprensible una romanza en tiempos de Felipe V y la guerra de sucesión donde una doncella clama ante su protector marqués “Ay, yo me vi en el mundo desamparada” (El Juramento de Gaztambide, 1858). Lo mismo sucede con un Caballero de Gracia -dandy y milord, lo más fino de todo Madrid- que es lo opuesto al Felipe de La Revoltosa. Ídem de lo mismo con El chotis del Eliseo, el lugar de baile del Madrid de Chueca y Valverde, alejado de lo que es una corrala.
Veteranos al poder: Tres actores y cantantes descollaron en la representación. Su saber estar en escena, su gracia retrechera y su buen decir hicieron las delicias del público. Su vis cómica es grande, inmensa en el caso de la soprano Milagros Martín y su recreación de Gorgonia. Polo Falcón hizo creíble un guasón Candido y José Luis Gago fue un Candelas cambiante y protagonista.
Duo principal: Rocío Ignacio fue la soprano que actuó como Mari Pepa. César San Martín el barítono que hizo de Felipe. Más creíble actoralmente César, también fue el que llenó de matices sus papeles (incluido el de un Caballero de Gracia extemporáneo, que cantó seguro y bailador). Rocío fue asentando su voz y luciendo su calidez en la romanza de El Juramento (otra canción extemporánea).
Atrezzo: Muy visto, arcaico, de otros tiempos. Un patio de una casa de vecindad que parecía la plaza del pueblo (perdón, del castizo Madrid de 1897).
Coreografía: Muy mejorable. Cuerpo de baile femenino en primeras clases de danza conjunta encima de un escenario. El preludio con telón bajado y sin un baile en el escenario indica prisas o falta de efectivos masculinos o, peor, falta de ideas.
Pantallita superior: Los sobretítulos -con varios fallos- parecieron prescindibles; vas a ver actores/cantantes que digan el texto con propiedad, ¡para que lo estropeas con cartelitos! La escena a telón echado de Gorgonia y Candido fue de lo más aplaudido: se entendía todo sin que hubiera que leer nada, disfrutando de un humor castizo que 129 años más tarde sigue haciendo gracia.
Solución habitacional del siglo XIX: El libreto sitúa la acción en una corrala madrileña donde cada inquilino tiene su vivienda arrendada con espacios comunes. Mari Pepa se enamora de Felipe -y viceversa- y este le propone una solución habitacional: “Oye tú. ¡Mañana mismo ya estás cogiendo las planchas y cambiando de vivienda, que esta atmósfera es malsana!” (Escena XXVI). Solución que viene del siglo XIX: arrejuntarse.
“Y aquí da fin el sainete”: Palabras de Felipe antes que Mari Pepa rematase la obra con “Perdonad sus muchas faltas”. Perdonadas.