“Cuando era pequeña, el grueso de la población entendía que ser nazi estaba mal”

La escritora y periodista Lucía Mbomío recoge en Cantabria testimonios de personas africanas mayores para Afromayores, un proyecto que reivindica dignidad, memoria y representación fuera de la “narrativa del dolor”.
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Algo extraño, rozando el absurdo, sucede en las formas en que se cuentan las vidas de las personas migrantes: cuando están en África, es un “allí son felices con nada”, pero en cuanto vienen a España, a Europa, pasan a ser “menas” (el acrónimo despectivo con el que se deshumaniza a niños, adolescentes y jóvenes migrantes en casas de acogida). Con las mujeres, como siempre, se gira un poco más la rosca: las madres coraje pasan a ser unas irresponsables.

Son narrativas sobre las que, en conversación con EL FARADIO, nos pone sobre la pista Lucía Mbomío, periodista afrodescendiente, especializada precisamente en este tema, las narrativas migrantes, que está estos días en Cantabria: el lunes en el instituto José Zapatero en Castro Urdiales, de la mano de la Coordinadora Cántabra de ONGDs, y además está realizando entrevistas a personas migrantes mayores, una de las grandes carencias que viene detectando en los relatos mediáticos.

Íbamos a usar la palabra lógicas, pero según vamos escribiendo, vemos que es la menos apropiada, porque las narrativas contra los migrantes rozan el absurdo.

-Hablando de institutos, de períodos educativos en general, cualquier familia entiende que situaciones como un divorcio o la pérdida de un familiar influyen en el rendimiento académico y en el estado anímico general de niños o adolescentes, pero no se piensa en la ‘mochila’ que arrastran familias que han cruzado continentes enteros, que se mueven en la precariedad, que sufren rechazo o insultos, y que viven con el miedo a un control de documentación, la tengan o no: “El rendimiento académico tiene que ver con lo que sucede fuera de las aulas”, enfatiza Mbomío.

-Y los mismos padres y madres que acompañan a sus retoños a hacer la matrícula en la universidad y que hasta piden cita con los profesores universitarios, en definitiva, que infantilizan a jóvenes, a la vez exigen a adolescentes migrantes un nivel de perfección académica y comportamiento difícil de cumplir y cuyo incumplimiento disculparían a los propios. “Una exigencia perpetua que no deberían soportar unos hombros tan estrechos como los de la infancia”, advierte.

Todo entronca con la forma de contar sus historias (“no hay personas no blancas en el audiovisual, y eso tiene consecuencias en el día a día”), dos grandes polos entre los que oscilan las narrativas en torno a personas extranjeras, descendientes y/o racializadas: el “buen migrante” (al que se alaba cuando salva vidas o consigue logros) o el criminal. Nuevamente, en las mujeres, hay un giro, la buena es “la que limpia o cuida” y los valores negativos se aceptan cuando se las reduce a un papel de víctimas.

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“Si has nacido aquí, la ‘prioridad nacional’ nos recuerda que con eso no basta»

Hay una tercera opción en el relato mediático, que la propia Mbomío conoce muy bien: el de “la negra única”, aquella a la que se recurre casi en exclusiva, limitando el abanico de referentes con los que se cuenta, y, de paso, obligándola a ser una “todóloga” con conocimiento total de todas las áreas del mundo.

El caso es que nunca es suficiente, como recuerda Lucía Mbomío, nacida en España, residente aquí toda su vida y con un trabajo que implica visibilidad mediática. “Si has nacido aquí, la “prioridad nacional” –el concepto que ha introducido Vox y asumido el PP en sus pactos por el cual se quiere excluir a migrantes y descendientes del acceso a ayudas o viviendas protegidas, un criterio etnicista por encima del de la necesidad– nos recuerda que no basta”, advierte, incidiendo en que en base a ese criterio “no vale con que mi madre sea española y blanca y yo haya nacido aquí”. Al final, “van buscando motivos para no considerarte de aquí”.

Hay otro racismo que se produce desde la condescendencia, desde una aparente positividad y educación que esconde una percepción de inferioridad: como esas felicitaciones por cosas normales –el “qué bien hablas español” en su caso–, que supone que en realidad “no esperan nada de ti”.

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“Cuando era pequeña, el grueso de la población entendía que ser nazi estaba mal”

Toda esa mezcla de falta de referentes, de actitudes interiorizadas, más el despliegue de los últimos años, la avalancha de odio en las redes sociales y su eco en medios de comunicación, más los propios sesgos y tics que ya se arrastraban, están llevando a un contexto muy difícil para las personas migrantes y/o racializadas, convertidas cada una en una representante de todo el colectivo al que se las quiere adscribir.

“Cuando era pequeña, el grueso de la población entendía que ser nazi estaba mal, que un fascista era “de mierda”, tenía apellido. Ahora hay demasiada gente que no lo condena, lo justifica o lo frivoliza”, concluye. “Siento rabia, pena y a ratos miedo (…) No lo vi venir”. “Esperaba que los pasos que habíamos dado no se pudieran perder”, asevera, si bien destaca también la existencia de grupos organizados de apoyo.

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Afromayores: “Muchos no han vuelto a sus países”

Del instituto a las personas mayores, porque Lucía Mbomío se encuentra estos días en Cantabria realizando entrevistas del proyecto Afromayores, una iniciativa que documenta las vidas, recuerdos y experiencias de personas africanas mayores migrantes en España.

Afromayores surge, explica la periodista y escritora Lucía Mbomío, de una idea que llevaba tiempo rondando dentro del activismo afrodescendiente. Recuerda especialmente al histórico activista afromadrileño Yast Solo, quien insistía en que había que mirar siempre a la gente afromayor, a esas personas que migraron hace décadas y que hoy envejecen en España, muchas veces en soledad.

“Muchos no han vuelto a sus países y están en sus residencias solos”, relata Mbomío, que inició el proyecto cuando su propio padre, de Guinea Ecuatorial, empezó a mostrar síntomas de demencia y a ella le surgieron preguntas e inquietudes.

“¿Quién me va a trasladar mi guineanidad? ¿Quién me va a hablar de mi familia de allí?”, se preguntó, en lo que vive como una sensación compartida por muchas personas afrodescendientes.

Afromayores combina entrevistas, fotografía, exposición, redes sociales y archivo documental, cuenta con un canal de YouTube, presencia en Instagram y una muestra expositiva que busca trasladar estas historias al espacio público. Es un proyecto autofinanciado, que cuenta con el apoyo de Fundación PEM (Patronato Europeo del Mayor) y Legado Cantabria, la iniciativa de recuperación de la memoria de personas mayores en Cantabria impulsada por UNATE, la Universidad Permanente.

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“Normalizamos el dolor en los cuerpos negros”

Mbomío insiste en que el proyecto busca alejarse de la representación habitual de las personas negras desde el sufrimiento o el paternalismo. Critica especialmente lo que define como “narrativa del dolor”, esa mirada que asocia automáticamente los cuerpos negros con la guerra, el hambre o la tragedia.

“Normalizamos el dolor en los cuerpos negros”, sostiene, porque existe una tendencia a asumir esas imágenes como naturales. Frente a ello, Afromayores plantea “todo lo contrario”: consentimiento, dignidad y control sobre la propia imagen, obra del fotógrafo  Laurent Léger.

Eso en cuanto a la presentación. Respecto al fondo, en las conversaciones aparecen cuestiones relacionadas con la nostalgia, el desarraigo o el envejecimiento lejos de casa, pero también con la alegría, la memoria y la transmisión cultural.

“Se cuelan un montón de cosas”, cuenta. Entre ellas, “la nostalgia que no cesa”, las preguntas sobre “cómo es cumplir años lejos de casa” o las reflexiones sobre aquello que hijos e hijas nacidos en España “se están perdiendo” de las culturas de origen de sus familias, además del relato deliberadamente olvidado sobre el colonialismo español.

Las entrevistas recogen igualmente reflexiones sobre los cuidados y el envejecimiento, y la falta de adaptación a las personas migrantes. Un ejemplo: la posibilidad de que una persona con algún tipo de demencia asociada a la edad pierda el conocimiento del idioma español al centrarse en los primeros recuerdos y en su lengua materna. Una realidad que no se contempla en las residencias.

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“Las residencias tienen que ser espacios seguros”

El proyecto también aborda hasta qué punto los espacios públicos son seguros para las personas racializadas. “Las escuelas, el transporte o las residencias tienen que ser espacios seguros” para todos, defiende. Y señala que las experiencias cambian mucho dependiendo de los territorios o generaciones.

Habla de “cuerpos rotos” por la repetición constante de movimientos o por la inhalación de productos tóxicos asociados a la precariedad de sus trabajos. También de autoestima dañada, trayectorias laborales invisibilizadas y pensiones muy bajas por las circunstancias de su cotización.

Por eso reivindica el valor comunitario del proyecto. “Nuestras historias se han contado en un entorno doméstico, familiar”, explica. Y considera importante convertir ahora esos relatos en memoria colectiva compartida.

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